Espero que alguien la quiera mucho

Brittney Pyne, Utah, EE. UU.

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    Cuando mi hijo tenía tres años y mi hija cuatro, formaban parte de un grupo de niños en edad preescolar de nuestro vecindario. Aquel invierno, quienes estábamos a cargo del grupo decidimos hacer un pequeño proyecto de Navidad, que incluía el que cada niño donara un juguete a una familia necesitada.

    Durante las semanas previas, les enseñamos varias lecciones sobre la forma en que estar agradecidos y compartir con los demás nos hacen felices. Les dije a mis hijos que comenzaran a pensar en cuál sería el juguete que iban a obsequiar, pues deseaba que ellos tuvieran la experiencia de escoger lo que regalarían. Nuestra situación económica era muy limitada y yo tenía curiosidad por ver de cuál de los pocos juguetes que tenían estarían dispuestos a desprenderse.

    Un sábado por la mañana les dije a mis hijos que era hora de seleccionar su donativo. Ayudé a Hunter a envolver el camión que había escogido, y luego fui a ver cómo estaba Mikelle. Lo que presencié desde la puerta de su habitación hizo que me brotaran las lágrimas.

    Mikelle tenía en los brazos a su muñeca favorita, Mella, que llevaba puesto su mejor vestido; y le estaba cantando una canción. Entonces, colocó una mantita en el fondo de una bolsa de regalo, sonrió a su muñeca, la abrazó, le dio un beso y con mucho cariño la metió en la bolsa. Al verme, me dijo: “Mella ya está lista, Mami. Espero que alguien la quiera mucho”.

    Me sorprendió que ella quisiera regalar esa muñeca, sabiendo lo mucho que mi hija la quería. Tuve ganas de decirle que no era necesario que se deshiciera de su muñeca favorita, pero me contuve.

    “Ella entiende lo que es dar”, pensé. “Está dando lo mejor que tiene”.

    De repente me di cuenta de que una parte de mí estaba dispuesta a dar, pero no a costa de un sacrificio personal tan grande. Había fijado límites a mi caridad, y sabía que tenía que cambiar.

    Recordé que el Padre Celestial dio a Su único Hijo perfecto y permitió que Él sufriera y muriera por mí. Me imaginé a un amoroso Padre Celestial besando a Su Hijo Amado y enviándolo a la tierra como bebé, esperando que nosotros lo amáramos y lo siguiéramos.

    El Salvador mismo tampoco retuvo nada, y dio todo lo que tenía.

    Me preguntaba si Mikelle cambiaría de opinión antes del programa navideño, cuando se iban a donar los juguetes, pero no lo hizo. Me preguntaba si posteriormente se arrepentiría y se pondría triste, pero no fue así.

    Al ver el ejemplo de mi hija, parecido al de Cristo, decidí que, ya fuera que tuviera mucho o poco para dar, siempre daría alegremente lo mejor que tuviese cuando se me presentara la oportunidad de compartir.