La luz del mundo


“Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22).

Erin estaba en la Manzana del Templo de Salt Lake City mirando las estatuas de tamaño real de la natividad y esperando que comenzaran la música y el relato. Las luces de Navidad brillaban a su alrededor, pero no le parecía que fuera Navidad.

“¿Estás bien?”, le preguntó su mamá.

Erin asintió, pero no estaba del todo segura.

Hacía sólo unos días, un niño de la clase de Erin había fallecido en un accidente automovilístico. Había visto a mucha gente llorar en el funeral, y ella también había llorado mucho. No conocía al niño muy bien, pero Erin sabía que la familia de él lo amaba tanto como la suya la amaba a ella. Le asustaba saber que algo así le podía ocurrir a alguien de su edad.

Ahora no estaba entusiasmada por la Navidad. Siembre estaba preocupada, y le daba miedo subirse a un automóvil, separarse de sus padres o salir de la casa por las dudas de que algo malo le pasara mientras estaba fuera. Todas las luces navideñas de la Manzana del Templo no podían borrar la preocupación que llevaba dentro. ¿Cómo podía ser feliz en un mundo en el que no siempre estaba a salvo?

“Está a punto de comenzar”, dijo su papá, apuntando al pesebre.

Los altavoces se encendieron y una voz comenzó a hablar. Sonó la música y los focos iluminaron las estatuas de los pastores, los magos, María y José. Erin escuchó la conocida historia: el bebé Jesús nació, se lo acostó en un pesebre, los ángeles cantaron, los pastores adoraron y los magos se regocijaron.

Erin miró las caras de sus padres y de la multitud que estaba alrededor de la escena de la natividad. Todos parecían felices. Pero, ¿por qué estaban todos tan contentos por el nacimiento del niño Jesús si éste no impedía que pasaran cosas malas? A Erin no le gustaba la pregunta que le daba vueltas en la cabeza. Lo único que quería era dejar de tener miedo.

La historia terminó y en los altavoces sonó la grabación de la voz del profeta. Compartió su testimonio y leyó un pasaje de la Biblia: “Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22).

El corazón de Erin comenzó a latir más rápido; repitió las palabras en su mente, tratando de recordarlas. Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados.

La Escritura decía que todos morirían: jóvenes y ancianos; todos. Eso Erin lo sabía, claro, pero no había pensado mucho en ello antes. Creía que era muy pequeña para pensar en esas cosas. Pero no era muy pequeña para tener un testimonio de la verdad: gracias a Jesucristo, todos vivirían de nuevo. Era por eso que los pastores y los magos se regocijaron; entendían lo que Jesús había venido a hacer a la tierra.

Erin dirigió la mirada del pequeño establo a la ventana del centro de visitantes que quedaba detrás del pesebre. Dentro del edificio, una luz alumbraba una gran estatua de Jesús extendiendo Sus manos heridas. Erin pensó en el pequeño bebé en el pesebre, y en cómo llegó a ser alguien que tenía todo el poder. Aun así, escogió sacrificar Su vida por ella. Él había nacido para que ella pudiera volver a vivir. Sin importar lo que ocurriera, Erin podía hallar seguridad en el amor de Jesús.

La inundó un sentimiento de paz. No sabía explicar cómo, pero la preocupación desapareció. Cuando miró la estatua de Jesucristo, que resplandecía más que las brillantes luces de Navidad, casi no notó el cielo oscuro. Estaba demasiado ocupada sintiendo la calidez de la esperanza que ardía en su interior.

Élder Dallin H. Oaks

“Jesucristo es… la Luz del mundo, porque Su ejemplo y Sus enseñanzas iluminan el camino por el cual debemos andar para regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial”.

Véase élder Dallin H. Oaks del Quórum de los Doce Apóstoles, “La luz y la vida del mundo”, Liahona, enero de 1988, pág. 61.