La seguridad y la paz que vienen de guardar los mandamientos


Gary E. Stevenson
Los modelos y las verdades que se encuentran en el Libro de Mormón son claros e instructivos, sencillos y preciados. Si comenzamos con rectitud y obediencia, terminaremos con bendiciones y gozo.

En nuestra era de información digital, da la impresión de que la cobertura de noticias de 24 horas no pasa sin que se emitan una y otra vez los segmentos de un reportaje conocido. Los personajes de la familiar trama por lo general han alcanzado la celebridad y prominencia gracias a sus talentos extraordinarios como actores, atletas, políticos o líderes de negocios. Los años de práctica o dedicado servicio y sacrificio que han sido el vehículo a la cúspide de su éxito en un oficio o profesión particular quedan destrozados en medio de un escándalo.

La escena final con frecuencia es una imagen sombría del personaje, que suplica en lágrimas a un juez, accionistas, electores, familias, amigos o admiradores el perdón por sus acciones erróneas. El resultado generalmente conlleva una amplia gama de consecuencias inesperadas —entre ellas el dolor, la vergüenza y el sufrimiento— tanto para ellos, como para sus seres queridos y sus colegas.

Las palabras sencillas pero profundas de Alma, un antiguo profeta del Libro de Mormón, al exhortar a su hijo, parecen tener tanta relevancia en el siglo XXI como la tenían hace dos mil años: “La maldad nunca fue felicidad” (Alma 41:10).

En prácticamente todo escándalo de hoy en día, el conocimiento y la obediencia a los mandamientos que se encuentran en el Evangelio restaurado hubieran sido suficientes para evitar la catástrofe personal y profesional.

Una fórmula para la felicidad

Una fórmula incorporada en el evangelio de Jesucristo revela el camino hacia la felicidad. Es una verdad sencilla y preciosa que se encuentra a lo largo de todo el Libro de Mormón. Se describe particularmente bien en las enseñanzas del profeta Lehi a sus hijos cuando se acercaba el final de su vida. Al hablarle a su hijo Jacob, le enseñó: “…porque es preciso que haya una oposición en todas las cosas” (2 Nefi 2:11). En unos versículos más adelante agregó: “…existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25).

Las enseñanzas de Lehi en este sermón a Jacob pueden resumirse en forma sencilla: la obediencia y la rectitud traen bendiciones, las cuales conducen al gozo; por el contrario, la desobediencia y la maldad conducen al castigo, lo cual produce sufrimiento. El Salvador es el gran Mediador de toda la humanidad y el promotor del camino hacia la felicidad y la vida eterna. El diablo es el vil padre de las mentiras y el instigador del camino a la cautividad y la muerte.

Obviamente, el adversario sabe que no escogeríamos la cautividad y la muerte a sabiendas; sin embargo, debido a que él será desdichado para siempre, también procura la desdicha de toda la humanidad (véase 2 Nefi 2:27). Para lograrlo, distorsiona las consecuencias del pecado y de la desobediencia. Ésa es una de las razones por las que lo llaman el padre de las mentiras.

El presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) dijo: “Todos ustedes… saben acerca de Satanás, el padre de las mentiras. Saben que presenta la verdad como una mentira, adorna la maldad para que aparente ser hermosa, agradable, fácil e incluso buena”1.

Satanás quiere hacernos creer que la fórmula para la felicidad comienza con la maldad y el pecado. Se nos ha advertido que sus tentaciones están tan hábilmente encubiertas que a veces parece “casi [un] ángel de luz” (2 Nefi 9:9). El Señor describe la caída y el objetivo de Satanás:

“Pues, por motivo de que Satanás se rebeló contra mí, y pretendió destruir el albedrío del hombre que yo, Dios el Señor, le había dado, y que también le diera mi propio poder, hice que fuese echado abajo por el poder de mi Unigénito;

“y llegó a ser Satanás, sí, el diablo, el padre de todas las mentiras, para engañar y cegar a los hombres y llevarlos cautivos según la voluntad de él” (Moisés 4:3–4).

El camino hacia la felicidad comienza con la rectitud, mediante la obediencia a los mandamientos. Se nos han dado los mandamientos como una guía divina para alejarnos de muchas de las calamidades de la vida mortal. El Señor expresó esto a comienzos de la Restauración: “Por tanto, yo, el Señor, sabiendo las calamidades que sobrevendrían a los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, y le hablé desde los cielos y le di mandamientos” (D. y C. 1:17; cursiva agregada).

Guarden los mandamientos

Algunas personas consideran ilógico que los mandamientos se encuentren al comienzo del camino hacia la felicidad en lugar de ser algo que se extienda a lo largo del camino. La siguiente historia de mi servicio como presidente de misión en Nagoya, Japón, hace ya algunos años, ilustra este punto.

Mi esposa Lesa y yo conocimos a una joven poco después de que fue a la capilla a asistir a una clase de inglés que enseñaban los misioneros. Era extrovertida, vibrante y estaba en control de su vida: tenía un buen trabajo, un pretendiente de hacía muchos años, y a su familia. Relacionarse con los misioneros y los miembros por medio de las clases de inglés despertó su interés en la Iglesia y comenzó a recibir las lecciones de los misioneros. Su testimonio de la veracidad del Evangelio restaurado parecía florecer cada vez que se reunía con los misioneros. Al leer el Libro de Mormón, meditar y orar sobre él y las cosas que le estaban enseñando, ella supo que eran verdad.

Cuando los misioneros comenzaron a enseñarle los mandamientos, supo que debía obedecerlos. Terminó su relación con su novio, dejó su trabajo porque le exigía trabajar los domingos, comenzó a vivir la Palabra de Sabiduría y aceptó la ley del diezmo. Su fe era tan intensa que empezó a guardar los mandamientos casi en el momento en que supo de ellos.

Cuando expresó a su familia el interés que tenía por la Iglesia y su estudio del Evangelio restaurado, sus padres le dijeron que la relación entre ellos se vería comprometida como resultado de ello. Pocas semanas después de aceptar los mandamientos se encontró sin trabajo, sin apartamento y sin el apoyo de su familia. Claramente, las consecuencias de ser obediente afectaron su vida en lo que parecía ser una forma devastadora.

Me preocupaba mucho su situación. Una noche, muy tarde, al final de un día atareado, Lesa y yo salimos de la casa de la misión para ir a caminar, procurando unos momentos de tranquilidad juntos. Al llegar a una transitada bocacalle, nos sorprendimos de ver a esa radiante joven investigadora acercarse a la esquina en su bicicleta. Nos saludó con una sonrisa y un abrazo. Sorprendidos de que estuviera en la calle tan tarde de noche, le preguntamos qué estaba haciendo.

“Voy camino a mi nuevo trabajo donde trabajo el turno de noche en la ventanilla de un restaurante de comida rápida”, nos dijo alegremente.

Ese trabajo significaba una reducción considerable de sueldo, responsabilidad y horas comparado con el que tenía antes. Pero, a pesar de las grandes pruebas y contratiempos en los asuntos temporales de su vida, irradiaba felicidad. Entonces nos dijo que ya habían establecido la fecha de su bautismo. De regreso a la casa de la misión, Lesa y yo nos maravillábamos de cómo la fe de esa joven y su obediencia a los mandamientos que recién había aprendido la habían colocado en el camino hacia el verdadero gozo.

Unas semanas después se bautizó. Al pasar un tiempo, se reconcilió con su familia y encontró un empleo mejor. Unos pocos años después de su bautismo se selló en el Templo de Tokio, Japón, a un ex misionero que conoció en una actividad de jóvenes adultos solteros. Recientemente, ya como familia eterna, recibieron la bendición de tener un hermoso hijo varón. Un himno corto y dulce describe lo que ocurrió en su vida como resultado de guardar los mandamientos:

Siempre obedece los mandamientos;
tendrás gran consuelo y sentirás paz.
Dios te promete Sus bendiciones
si eres justo en tus acciones;
Él te dará consuelo y paz2.

Los modelos y las verdades que se encuentran en el Libro de Mormón son claros e instructivos, sencillos y preciados. Si comenzamos con rectitud y obediencia, terminaremos con bendiciones y gozo.

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    Notas

  1.   1.

    Spencer W. Kimball, “The Blessings and Responsibilities of Womanhood”, Ensign, marzo de 1976, pág. 70.

  2.   2.

    “Siempre obedece los mandamientos”, Canciones para los niños, págs. 68–69.