El Libro de Mormón: Compártelo


Juan A. Uceda
Supe que el Libro de Mormón era verdadero por tres cosas que sentí al leerlo.

Cuando tenía dieciocho años, vivía en Lima, Perú, donde nací y me crié. En esa época, mi padre se encontró con un buen amigo al que no había visto desde hacía mucho tiempo.

Mi padre se quedó asombrado de ver que su amigo parecía más joven y estaba bien vestido, por lo que le preguntó qué le había sucedido que estaba tan cambiado. “¿Sacaste la lotería?”, le preguntó. El amigo le contestó: “No, me pasó algo mejor: ahora soy mormón; y quiero compartir el Evangelio contigo y con tu familia”.

Mi papá pensó que estaba bromeando, así que le dijo: “¡Ah, qué bien! Si quieres, mándanos a tus misioneros”. Pero el hombre hablaba muy en serio y, a las pocas semanas, los misioneros llegaron a casa y llamaron a la puerta. Ése fue el principio de una magnífica experiencia.

Nos enseñaron sobre el Libro de Mormón y nos dejaron un ejemplar para leer. Era verano y yo tenía un par de meses de vacaciones después de haber finalizado mi primer año en la universidad. Esa tarde, después de la charla, tomé el libro y empecé a leerlo.

Leí, leí y leí, una página tras otra, y no podía parar. Del libro emanaba algo como una magia. Me encantaba leer y había leído muchos libros, pero ése era diferente. El libro me había cautivado y después de leer por varias horas mi madre me dijo: “Juan, ¡apaga la luz! Tus hermanos quieren dormir”, a lo que le respondí: “Sí, un momento, un momento”, y continué leyendo. Aun después de muchas horas de leer, no tenía ni hambre ni sed ni deseos de dormir.

young man reading in bed

Antes de terminar de leerlo ya sabía que contenía algo especial. Obtuve un testimonio por tres cosas que sentí mientras lo leía por primera vez.

Lo primero que me sucedió durante aquellas horas fue que me invadió un profundo sentimiento de paz, distinto a cualquier otra cosa que hubiera sentido antes. Ese sentimiento de paz permaneció conmigo por varias horas.

Lo segundo que sentí mientras leía fue regocijo. No era la felicidad que solía sentir cuando estaba con mis amigos o cuando había comprado algo que realmente me gustaba; no era sólo alegría, era un sentimiento de gozo. Durante la lectura empecé a llorar y pensé: “¡Qué increíble; esto me gusta!”.

Y la tercera cosa que experimenté fue entendimiento. Cuando comencé a leer, tuve dificultad para comprender, porque había nombres y palabras que no conocía, como Nefi y Expiación; pero después de unas horas de estar leyendo, mi mente se abrió y fue como si le hubiera entrado luz; puede comprender más y más al continuar con la lectura del libro.

Tiempo después, supe que esas tres experiencias son algunas de las formas en que el Espíritu se nos manifiesta. Yo había sentido el Espíritu y estaba listo para bautizarme, pero tuve que esperar a que el resto de mi familia recibiera un testimonio. Por fin, el 6 de abril de 1972, mi madre, mi hermana y yo fuimos bautizados; mi papá y mis otros dos hermanos estuvieron presentes y atentos a lo que sucedía, y pocos meses después también se bautizaron.

La Iglesia y el Evangelio llegaron en el momento preciso de mi vida. Durante mi primer año en la universidad había estado expuesto a muchas filosofías de los hombres y a nuevas ideas y estilos de vida que eran muy diferentes de aquellos a los que estaba acostumbrado. Las nuevas ideas que me presentaron pusieron en duda muchos de los valores que había aprendido de niño en mi religión anterior.

Me resultaba muy difícil porque estaba confundido; había tantas cosas nuevas que yo no consideraba correctas pero que eran totalmente normales para los demás; y el conocimiento que tenía no me era suficiente para defender mis valores.

Después de bautizarme, fue muy diferente volver a la universidad. Ahora tenía algo que decir para responder con amabilidad a los demás; podía afirmar con confianza: “No, gracias; no creo que eso sea para mí”, y sabía por qué lo decía. La Iglesia y el Libro de Mormón me llegaron en el momento oportuno; y estoy verdaderamente agradecido porque me cambiaron la vida.

A causa de mi decisión de unirme a la Iglesia, fui bendecido. En la Iglesia conocí a mis mejores amigos. Había sido muy tímido y prefería estar a solas, estudiar, leer libros y sentirme a gusto; pero una vez que conocí la Iglesia, aprendí lo que es un verdadero amigo. Allí encontré a una maravillosa joven que llegó a ser mi esposa; encontré líderes del sacerdocio y gente que se preocupaba por mí. En la Iglesia del Señor encontré lo que me hacía falta.

Hay muchas personas que también encontrarían en la Iglesia lo que necesitan. No tengan temor de abrir la boca cuando estén con sus amigos y de decirles: “Esto es lo que creo; quiero compartirlo contigo”. A veces ustedes oyen a los mayores decir lo que está bien y lo que está mal, pero cuando un amigo de su edad les dice lo mismo, siguen a esa persona; por alguna razón, la voz de nuestros amigos suena más fuerte que la de los adultos que nos rodean. Así que, sean un buen ejemplo, pues no saben si habrá un Juan Uceda a la espera; y nunca lo sabrán a menos que abran la boca y digan: “Juan, quiero invitarte a ir conmigo a la Iglesia; y quiero que leas este libro”. Si hacen esa cosa tan simple, quizás le cambien la vida a alguien.