La integridad: El cimiento de una vida semejante a la de Cristo

Tomado de un discurso pronunciado en un devocional el 6 de diciembre de 2011, en la Universidad Brigham Young. Para leer el texto completo en inglés, visite speeches.byu.edu.


Tad R. Callister
La integridad es el valor para hacer lo correcto a pesar de las consecuencias y la inconveniencia.

La obra clásica de Robert Bolt, Un hombre de dos reinos, es la historia de Tomás Moro, quien se había distinguido como erudito, licenciado, embajador y, finalmente, como Lord Canciller de Inglaterra, y era un hombre de absoluta integridad. La obra se inicia con estas palabras de Sir Richard Rich: “¡Cada hombre tiene su precio!… en dinero también… o placer. Títulos, mujeres, pertenencias, siempre hay algo”1.

Ése es el tema de la obra, y es también el tema de la vida. ¿Hay en este mundo un hombre o una mujer que no se pueda comprar, cuya integridad no tenga precio?

Al desarrollarse la obra, el rey Enrique VIII desea divorciarse de la reina Catalina y casarse con Ana Bolena. Pero hay un inconveniente: el divorcio está prohibido por la Iglesia católica; de modo que el rey, cuyos deseos no se habrían de frustrar, exige que sus súbditos juren que lo apoyarán en su divorcio; pero se presenta otro problema.

Sir Tomás Moro, que goza del amor y de la admiración del pueblo, se niega; su conciencia no le permite firmar el juramento y no está dispuesto a ceder, incluso ante la solicitud personal del rey. Entonces vienen las pruebas. Sus amigos usan todo su encanto personal y presión para convencerlo, pero él no cede. Lo despojan de su riqueza, de su posición y de su familia, pero no firma. Al final, se lo juzga falsamente a riesgo de su vida, pero aun así no se rinde.

Lo han despojado de su dinero, su poder político, sus amigos y su familia, e incluso le quitarán la vida, pero no lo pueden despojar de su integridad; no se vende a ningún precio.

En el punto culminante de la obra, a Sir Tomás Moro se lo acusa falsamente de traición. Sir Richard Rich comete el perjurio necesario para declararlo culpable. Cuando Sir Richard se dispone a salir de la sala de tribunal, Sir Tomás Moro le pregunta: “Ésa que lleva puesta es una cadena oficial… ¿Qué representa?”

Tomás Cromwell, el fiscal, responde: “Sir Richard ha sido nombrado Procurador general de Gales”.

Con gran desdén, Moro mira a Rich a los ojos y responde: “¿Por Gales? Vaya, Richard, de nada le sirve a un hombre dar su alma por todo el mundo… ¡Pero por Gales!”2.

En la vida venidera, sin duda muchos mirarán hacia atrás en medio de sollozos incontrolables y repetirán una y otra vez: “¿Por qué vendí mi alma por Gales, o por el placer físico o fama temporales, o por una buena calificación en la escuela, o la aprobación de mis amigos? ¿Por qué vendí mi integridad por un precio?”.

Los principios de la integridad

Deseo tratar siete principios de la integridad que espero nos inspiren para que este atributo propio de Cristo sea un rasgo de carácter fundamental en nuestra vida.

1. La integridad es el cimiento de nuestro carácter y de todas las demás virtudes. En 1853, los santos iniciaron la construcción del Templo de Salt Lake. Durante la mayor parte de dos años largos y difíciles, los santos hicieron las excavaciones y pusieron los cimientos de arenisca de 2,4 m de profundidad. Un día, el capataz acudió al presidente Brigham Young para darle las devastadoras noticias: los bloques de arenisca tenían rajaduras. Brigham Young se vio ante un dilema: (1) hacer todo lo posible por reforzarlos y edificar un templo de mucho menos peso y grandiosidad que lo que previamente se había esperado o, (2) desechar dos años de trabajo y reemplazar el cimiento con uno de granito que pudiese soportar el magnífico templo que Dios había previsto para ellos. Afortunadamente, el presidente Young eligió esta última alternativa3.

La integridad es el cimiento sobre el cual se edifican el carácter y una vida semejante a la de Cristo. Si en ese cimiento hay fisuras, entonces no soportará el peso de otros atributos propios de Cristo que deben edificarse sobre él. ¿Cómo podemos ser humildes si carecemos de la integridad para reconocer nuestras propias debilidades? ¿Cómo podemos cultivar la caridad hacia los demás si no somos totalmente honrados en nuestros tratos con ellos? ¿Cómo podemos arrepentirnos y ser limpios si sólo le divulgamos al obispo una parte de la verdad? La integridad está a la raíz de toda virtud.

El autor cristiano C. S. Lewis destacó que una vez que cometemos un error en una ecuación matemática, simplemente no podemos seguir adelante: “Cuando he comenzado a hacer una suma incorrectamente, cuanto más pronto lo reconozca, me detenga y la vuelva a comenzar, más rápido podré seguir”4.

Asimismo, no podemos seguir adquiriendo de manera cabal otras virtudes cristianas hasta que en primer lugar hagamos de la integridad el cimiento de granito de nuestras vidas. En algunos casos, eso tal vez requiera que pasemos por el doloroso proceso de arrancar el cimiento actual edificado sobre el engaño y reemplazarlo, piedra por piedra, con un cimiento de integridad. Sin embargo, se puede hacer.

2. La integridad no es hacer solamente lo que es lícito, sino aquello que sea moral o vaya de acuerdo con las enseñanzas de Cristo. Quizás sea lícito cometer adulterio, tal vez sea lícito tener relaciones físicas antes del matrimonio, quizás sea lícito decir chismes; pero ninguna de esas acciones es moral ni propia de Cristo. La integridad no es sólo adherirse al código legal; es también adherirse a un código moral más elevado. Es, como indicó el presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln: vivir de acuerdo con “los mejores ángeles de nuestra naturaleza”5.

Todo joven tiene el deber moral de proteger y preservar la virtud de la joven con la que salga, y toda joven tiene el deber moral recíproco hacia su pareja; es una prueba de la integridad de él o de ella. El hombre o la mujer que se esfuerce por tener integridad cultivará una determinación y una disciplina que trascienden incluso las fuertes pasiones de las emociones físicas. Esa integridad hacia Dios, hacia uno mismo y hacia los demás es lo que los sostiene y les da fortaleza, incluso cuando Satanás desata contra ellos su arsenal de tentaciones morales. El Señor dijo a esa generación: “…levantaré para mí un pueblo puro” (D. y C. 100:16). Dios está contando con que nosotros seamos esa generación.

Hace unos años, mi colega de negocios y yo necesitábamos dar de baja a un empleado. Después de una serie de conversaciones, llegamos a un acuerdo a fin de compensarlo por sus servicios. Yo pensé que el pago era más que justo pero, no obstante, las relaciones quedaron tensas a consecuencia de las negociaciones. Esa noche me embargó un sentimiento de tristeza; traté de disiparlo al razonar que yo había sido justo, pero el sentimiento no se iba. Entonces tuve esta impresión: “No es suficiente ser justo; también debes esforzarte por ser como Cristo”. La adherencia a un código moral más elevado es el sello distintivo de un hombre o de una mujer de integridad.

3. La integridad toma decisiones basadas en implicaciones eternas. Una de las mujeres jóvenes de nuestro barrio estaba tomando un examen en la escuela secundaria local. Cuando levantó la vista, vio que una de sus amigas estaba haciendo trampas. Sus miradas se encontraron; avergonzada, la amiga se encogió de hombros y esbozó con los labios las palabras “necesito una buena calificación”. De alguna manera, esa joven había perdido su perspectiva eterna; nuestro destino no son las buenas calificaciones, sino llegar a ser como Dios. ¿De qué sirve ser aceptados a la universidad de más prestigio, si perdemos nuestra exaltación en el proceso? Cada vez que alguien hace trampas, cambia su primogenitura por un guiso de lentejas (véase Génesis 25:29–34). Con su falta de visión, ha optado tener un billete hoy en vez de una riqueza infinita en la vida venidera.

En una ocasión, un padre desilusionado me contó que su hija adolescente quería “vivir la vida” y después, unos tres meses antes de casarse, enderezaría su modo de vivir a fin de recibir una recomendación para el templo. No conozco ningún presidente de estaca que daría una recomendación bajo tales circunstancias; no obstante, aun cuando se la dieran, sería una maldición y no una bendición. La integridad no es de mira corta; no es sólo un cambio provisional de conducta; es un cambio permanente de naturaleza.

El rey Benjamín nos dijo cómo podríamos cambiar nuestra naturaleza, de la de un hombre natural a la de un hombre espiritual: “Porque el hombre natural es enemigo de Dios, y lo ha sido desde la caída de Adán, y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Santo Espíritu, y se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor, y se vuelva como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre él, tal como un niño se somete a su padre” (Mosíah 3:19; cursiva agregada).

El cambiar nuestra naturaleza, y no sólo nuestro comportamiento, se ve facilitado al tener la perspectiva eterna de que somos hijos de Dios, de que tenemos en nuestro interior una chispa de Su divinidad, y de que mediante la Expiación podemos llegar a ser como Él: el modelo perfecto de la integridad.

4. La integridad es dar a conocer toda la verdad y nada más que la verdad. Creo que el Señor puede tolerar nuestras debilidades y errores, siempre que demostremos un deseo y un esfuerzo por arrepentirnos. De eso se trata la Expiación; pero no creo que fácilmente tolere un corazón engañoso o una lengua mentirosa.

Hace unos años llevé a cabo una gira misional. Algunos de los misioneros estaban teniendo dificultades para obedecer. Esa tarde, el presidente de misión y yo realizamos entrevistas con algunos de los misioneros. A la mañana siguiente, para dar comienzo a nuestra conferencia de zona, el presidente de misión dio un excelente discurso sobre la integridad. Sentí la impresión de hablar más sobre ese tema. Nos dimos cuenta de que en unos momentos estaríamos llevando a cabo más entrevistas, por lo que solicitamos que los misioneros no jugaran el juego en el que alguien sólo divulga la verdad si se le hace la pregunta exacta y específica.

El Espíritu estuvo presente y cuatro misioneros que habían tenido entrevistas la noche anterior se presentaron en privado y dijeron: “Tenemos algo más que revelar”. Uno de ellos dijo: “Quiero ser un hombre honrado”. Ese día cambió su cimiento de arena por el cimiento de granito de la integridad.

5. En la integridad no hay pretextos ni excusas. Hay cierta nobleza en el hombre o en la mujer que reconoce sus debilidades y se responsabiliza de ellas sin excusas ni pretextos. En varias ocasiones José Smith anotó sus debilidades en Doctrina y Convenios para que todos leyeran sobre ellas. Eso nos indica que no era perfecto, pero también indica que no tenía nada que esconder; era un hombre de integridad. ¿En qué forma afecta eso su credibilidad cuando relata la historia de la Primera Visión o el relato de las visitas de Moroni? Nos indica que podemos confiar en él, que podemos creer cada una de sus palabras porque es, en verdad, un hombre de integridad.

6. La integridad es guardar nuestros convenios y compromisos, aun cuando no sea conveniente. La integridad es el valor para hacer lo correcto a pesar de las consecuencias y la inconveniencia. El presidente N. Eldon Tanner (1898–1982), ex Primer Consejero de la Primera Presidencia, contó la siguiente experiencia:

“No hace mucho, un joven vino a verme y dijo: ‘Hice un acuerdo con un hombre y dicho acuerdo exige que le haga ciertos pagos cada año. Estoy atrasado y no puedo hacer los pagos ya que, si los hago, perderé mi casa. ¿Qué debo hacer?’.

“Lo miré y le dije: ‘Cumpla con su compromiso’.

“‘¿Aun a costa de mi casa?’.

“Le dije: ‘No hablo de su casa; hablo de su compromiso; y creo que su esposa preferiría tener un esposo que mantenga su palabra, cumpla sus obligaciones, guarde sus promesas o sus convenios, y tenga que alquilar una casa, que tener una casa con un esposo que no cumple con sus convenios ni con sus promesas’”6.

Tenía una difícil decisión: su casa o su integridad. Un hombre o una mujer de integridad no cede ni se da por vencido simplemente porque es difícil, caro o inconveniente. En ese respecto, el Señor tiene un sentido perfecto de la integridad. Él ha dicho: “¿Quién soy yo… para prometer y no cumplir?” (D. y C. 58:31).

Una de las pruebas determinantes de nuestra integridad es si guardamos los compromisos y las promesas que hemos hecho, o si hay pretextos en el cumplimiento de nuestra palabra.

7. La integridad no depende de la presencia de los demás. Está impulsada por lo interno y no por lo externo. El élder Marion D. Hanks (1921–2011), de los Setenta, contó acerca de un hombre y su hijo pequeño que “se detuvieron en un alejado maizal en un camino remoto de campo” y admiraron el delicioso maíz que crecía al otro lado de la cerca. El padre, después de echar una mirada frente a él, hacia atrás, a su izquierda y a su derecha, “empezó a subir por la cerca” para tomar algunas mazorcas. El hijo lo miró y le dijo con tono reprensible: “Papá, se te olvidó mirar hacia arriba”7.

En la obra de Shakespeare, Hamlet, Polonio le dice a su hijo Laertes:

Sé fiel a ti mismo,
y a eso seguirá, como la noche al día,
que no podrás ser entonces falso para nadie8.

¡Qué consejo tan maravilloso! Tenemos una opción; podemos aprovechar el momento y tomar el control de nuestra vida o convertirnos en simples títeres de nuestro entorno y de nuestros compañeros.

¿Mirarían pornografía enfrente de su madre, su novio(a), su cónyuge o su obispo? Si es algo malo en presencia de los demás, es igualmente malo en ausencia de ellos. El hombre de integridad que es fiel a sí mismo y a Dios elegirá lo correcto independientemente de si alguien lo esté viendo, porque actúa por sí mismo, y no por el control de lo externo.

Ruego que la integridad de nuestras almas tenga un letrero en letras negras de molde que diga: “NO SE VENDE A NINGÚN PRECIO”, para que de nosotros se diga lo mismo que se dijo de Hyrum Smith: “…bendito es mi siervo Hyrum Smith, porque yo, el Señor, lo amo a causa de la integridad de su corazón” (D. y C. 124:15).

Ruego que todos lleguemos a ser hombres y mujeres de integridad, no porque tengamos que serlo, sino porque deseamos serlo. El Señor anunció la recompensa para aquellos que lo son: “De cierto os digo, que todos los que de entre ellos saben que su corazón es sincero… y están dispuestos a cumplir sus convenios con sacrificio… son aceptados por mí” (D. y C. 97:8; cursiva agregada).

Ruego que Dios nos acepte a todos a causa de que nos estamos esforzando por llegar a ser hombres y mujeres de integridad.

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    Notas

  1.   1.

    Robert Bolt, A Man for All Seasons: A Play of Sir Thomas More, 1960, pág. 2. (Traducción libre.)

  2.   2.

    Bolt, A Man for All Seasons, pág. 95. (Traducción libre.)

  3.   3.

    Véase de Richard Neitzel Holzapfel, “Every Window, Every Spire ‘Speaks of the Things of God’”, Ensign, marzo de 1993, pág. 9.

  4.   4.

    C. S. Lewis, Mere Christianity, 1960, pág. 22.

  5.   5.

    Abraham Lincoln, primer discurso durante la inauguración, 4 de marzo de 1861.

  6.   6.

    N. Eldon Tanner, en Conference Report, octubre de 1966, pág. 99.

  7.   7.

    Marion D. Hanks, en Conference Report, octubre de 1968, pág. 116.

  8.   8.

    William Shakespeare, Hamlet, acto primero, escena III. (Wikiquote, la colección libre de citas y frases célebres).