Nuestro hogar, nuestra familia

La disculpa de mi padre


Fue más poderoso que mil sermones.

La disculpa de mi padre

Tenía dieciséis años y estaba escuchando por primera vez mi nuevo disco de rock and roll. Desafortunadamente, mientras lo escuchaba, me decepcionó oír una palabra vulgar en la última canción. Sentí vergüenza; sabía que mis padres no lo aprobarían, pues el disco no satisfacía las normas de nuestra familia. Sin embargo, me gustaban el resto de las canciones, así que cuando lo escuchaba, bajaba el volumen justo antes de que se cantara la palabra ofensiva.

Mi bien intencionada hermana le contó a mi padre sobre mi álbum y más tarde, cuando él y yo estábamos en el comedor, expresó su preocupación por la palabra inapropiada. A pesar de que hizo su comentario de manera amable, me empeciné en defender mi posición.

Utilicé todos los argumentos que se me ocurrieron para convencerlo de que debía quedarme con el disco: “Yo no sabía que esa palabra estaba en el álbum cuando lo compré y cuando tocan esa canción, bajo el volumen”, dije.

Cuando me dijo que aún debía deshacerme del disco, respondí: “¡Si piensas así, entonces también debo dejar la escuela! ¡Allí oigo esa palabra —y otras peores— todos los días!”.

Él empezó a sentirse frustrado y volvió a insistir en que no debíamos tener música vulgar en nuestro hogar. La discusión se intensificó cuando dije que había pecados peores que podía cometer y que yo nunca utilizaba esa palabra.

Traté de hacerlo sentir mal: “¡Me esfuerzo por ser bueno y tú te centras en esta pequeñez y piensas que soy un pecador malvado!”.

Aun así, mi padre no desistía; ni yo tampoco. Subí las escaleras hacia mi cuarto, di un portazo y me tendí en la cama furioso. Me repetí a mí mismo mi argumento una y otra vez, afianzándome más en mi mal fundado razonamiento y convenciéndome de que tenía razón.

Diez minutos más tarde, escuché un suave golpe en la puerta. Era mi papá. Su rostro había cambiado; no estaba ahí para discutir. “Siento que me enojé”, dijo, “¿me perdonas?”. Me dijo lo mucho que me amaba y que tenía un alto concepto de mí. No predicó ni me dio un consejo. Entonces, dio media vuelta y en silencio salió de la habitación.

Mil sermones sobre la humildad nunca me hubieran afectado con tanto poder. Ya no estaba enojado con él, sólo conmigo mismo por ser tan terco e inaccesible. Fui a buscar el disco, lo partí y lo tiré a la basura. No sé si alguna vez le dije a mi padre lo que hice, pero no importaba. Lo que importaba era que supe que mi papá valoraba nuestra relación más que su propio orgullo, aun cuando él había estado en lo correcto.

Una respuesta suave

“La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor”.