Los corderos de Megan


“Debéis trabajar vosotros para serviros unos a otros” (Mosíah 2:18).

“Los animales tienen que ganarse su sustento”. Las palabras de su papá hacían eco en la mente de Megan. Los perros protegían a las ovejas y las gallinas ponían huevos. Las ovejas producían lana para vender. Megan ayudaba a esquilarlas cada primavera, y su espesa lana siempre parecía nieve derritiéndose en el campo verde.

Pero los corderos de Megan eran diferentes. Habían nacido el año anterior y eran muy pequeños, demasiado pequeños para producir la suficiente lana para pagar para su mantenimiento. Su papá quería llevarlos al carnicero, pero los dos corderitos pequeños y frágiles habían capturado el corazón de Megan. Rogó que la dejara quedarse con ellos y por fin el papá accedió. “Pero”, le advirtió, “los tendrás que cuidar tú sola”.

Al principio, todo había ido bien. Megan había usado el dinero de su cumpleaños para comprar heno cuando los corderos comenzaron a comer. Pero ahora se había terminado el dinero del cumpleaños, y su papá dijo que era demasiado caro dejar que los corderos pastaran en el campo que había alquilado a las afueras de la ciudad. Además, Megan sabía que casi no los vería si iban al campo. Suspiró al ver a los corderos mordisquear lo poco que quedaba del heno. Para mañana lo habrían terminado y tendría que encontrar la manera de alimentar a sus corderos.

Megan acarició la blanca lana de la cabeza de los corderos mientras se apoyaba en la valla. A lo largo de la calle podía ver al señor Flowers arreglando sus rosas. Un par de casas más abajo, la señora Wilmot caminaba lentamente para buscar el correo. La señora Wilmot era una viuda que vivía sola. A veces, el hermano de Megan rastrillaba las hojas de la señora Wilmot, pero siempre se quejaba porque ella no tenía dinero para pagarle.

Megan notó lo alto que estaba el pasto de la señora Wilmot. “Le ofreceré cortarlo”, decidió Megan. “Pero ahora no; tengo que encontrar la manera de alimentar a mis corderos”.

De pronto, Megan tuvo una idea. La señora Wilmot tenía pasto, y Megan tenía ovejas que necesitaban pastar; ¡era la combinación perfecta! Megan dio unas palmaditas en las cabezas de sus corderos y corrió a la casa de la vecina. Cuando contestó la puerta, la señora Wilmot le sonrió a Megan, feliz de tener una visita. Las palabras salieron disparadas de la boca de Megan mientras explicaba su idea.

“Señora Wilmot, creo que esto podría ser muy bueno para las dos”, terminó Megan. Contuvo el aliento, esperando la respuesta.

“¡Yo también lo creo!”, dijo la señora Wilmot. “Me gustaría tener compañía, y necesito que me corten el pasto. Trae los corderos a primera hora mañana”. Megan y la señora Wilmot se sonrieron, y Megan sonrió de oreja a oreja todo el camino a casa.

El siguiente día fue el comienzo de una amistad larga y maravillosa. Megan llevaba sus ovejas a la casa de la señora Wilmot todas las mañanas antes de la escuela, y en las tardes se quedaba a hablar con ella por un tiempo antes de llevar los corderos a su casa para pasar la noche. El pasto de la señora Wilmot se mantuvo corto, a la altura perfecta, y las ovejas de Megan se ganaron su sustento.

Mi vecina regresó de su paseo al bosque, donde había recogido setas para comer. Ella le dio algunas a nuestra familia y yo ayudé a mi mamá a limpiarlas. Cuando terminamos, pensé en mi vecina y en cuántas tenía que limpiar ella sola. Llamé a su puerta, me dejó pasar y la ayudé. Si Jesús viviera aquí, Él también habría ayudado a mi vecina.

Jonatan L., 5 años, Suecia