Las bendiciones del diezmo


Pagar los diezmos trae grandes bendiciones, especialmente al ayudarnos a reconocer de mejor forma la mano del Señor en nuestra vida.

El Señor nos ha mandado pagar el diezmo. A cambio, Él promete que “abrir[á] las ventanas de los cielos y [derramará]… bendición hasta que sobreabunde” (Malaquías 3:10). Sus bendiciones, sin embargo, llegan a la manera de Él, en el momento de Él, y pueden ser espirituales o temporales.

En tiempos de dificultades económicas o familiares, las bendiciones prometidas del Señor a aquellos que fielmente pagan el diezmo podrán parecer muy distantes. Pero, como lo indican los siguientes Santos de los Últimos Días, pagar el diezmo ayuda a los miembros de la Iglesia a reconocer de mejor forma la mano del Señor en sus vidas.

El diezmo aumenta la fe

Lourdes Soliz de Durán, Bolivia

Poco después de casarnos, mi marido y yo nos mudamos a un pueblo lejano en el este de Bolivia, donde éramos los únicos miembros de la Iglesia. Mi esposo era un converso nuevo, y deseábamos cumplir con todos los mandamientos del Señor.

Cada mes guardábamos los diezmos en un sobre hasta que pudiéramos dárselos a nuestro obispo. Mi esposo tenía la firme convicción de que si cumplíamos con esa ley, seríamos bendecidos y protegidos.

Mientras buscábamos una casa para alquilar, vivíamos en un cuarto de hotel caluroso, caro e incómodo. Durante muchos días nuestra búsqueda resultó infructuosa, y la única casa que pudimos encontrar fue una pequeña y bonita cuya dueña vivía en otra ciudad. Mucha gente de fuera del pueblo había tratado de alquilar esa casa, pero nunca lograban dar con la dueña.

Una mañana, en el momento en que terminábamos de orar en cuanto a nuestra situación, un joven tocó a nuestra puerta y nos dijo que la dueña de la casa estaba de regreso para una visita breve. Mi marido salió a toda prisa a encontrarse con ella mientras yo seguía orando para que consiguiéramos la casa. Al regresar me informó que la señora nos acababa de alquilar la casa a un precio increíblemente bajo. Nos aumentó la dicha el que la casa ya estuviese amueblada, porque en esa época lo único que teníamos eran dos cajas grandes y una maleta con todas nuestras pertenencias.

La ley del diezmo no es un asunto de dinero sino de fe. Mi esposo no ganaba mucho, pero al pagar los diezmos con fidelidad, el Señor nos bendijo para que halláramos una buena casa y nos permitió proveer de lo necesario para nosotros mismos.

El diezmo brinda paz

Ricardo Reyes Villalta, El Salvador

Siempre he confiado en el Señor y en Sus mandamientos. Sin embargo, cuando la economía empeoró, perdí las horas extras de trabajo y mi sueldo se redujo. Dejé de pagar los diezmos y me dije que el Señor lo entendería. No obstante, las deudas aumentaban, y lo que cobraba era cada vez menos.

Al ver mi lucha, varios parientes me dijeron que ante todo debía pagar los diezmos porque ello me ayudaría a superar mis pruebas; pero en vez de ello, yo siempre terminaba pagando las cuentas. Estaba dispuesto a pagar el diezmo cuando mis mares económicos estaban calmos, pero temía cuando mi situación financiera era tempestuosa (véase Mateo 14:28–31).

Al regresar a casa una tarde después de cobrar mi salario, pensé en todas mis deudas y, cerrando los ojos imploré: “Padre, ¿qué voy a hacer?”. En ese momento abrí los ojos y vi en el techo del autobús una lámina de Pedro hundiéndose en el tempestuoso mar con el Salvador estirando el brazo para rescatarlo. Al pie del cartel aparecían las palabras “Fe imperturbable”. Me di cuenta de que tenía que pagar los diezmos si quería llegar a saldar mis deudas.

Cuando llegué a casa, busqué un sobre de diezmos y puse en él mi diezmo. Al sellar el sobre, escuché las palabras: “Todo está bien”, y sentí un gozo que trajo paz a mi alma.

Sé que Dios derramará Sus bendiciones en mi vida cuando Él lo considere prudente. Hasta entonces, puede que el mar siga tempestuoso, pero la paz que siento por causa de la obediencia es más que suficiente.

El diezmo lleva a la conversión

Ol’ga Nikolayevna Khripko, Ucrania

El tema de pagar el diezmo surgió en nuestra familia cuando nuestra hija se unió a la Iglesia. En ese entonces, ni mi esposo ni yo éramos miembros. Ella ganaba su propio dinero, pero dado que vivía con mi marido y conmigo, todos compartíamos los ingresos. No imaginaba cómo íbamos a lograr pagar todo sin el diez por ciento de sus ingresos que ella había decidido pagar como diezmo; pero, poco a poco me acostumbré a la decisión de mi hija. Siempre que traía el cheque a casa, lo primero que le preguntaba era: “¿Ya apartaste tus diezmos?”.

Con el tiempo, comenzó a interesarme el saber acerca del Evangelio, pero decidí no unirme a la Iglesia porque tendría que pagar los diezmos. ¡Dos pagos del diezmo de un mismo presupuesto familiar era simplemente demasiado!

Tras asistir a la Iglesia por más de un año, empecé a sentirme incómoda e insatisfecha. Al reflexionar y orar, me di cuenta de que quería pagar los diezmos. En vista de mi oposición previa, me sorprendió que tuviera el deseo de hacerlo.

Al domingo siguiente le pedí una papeleta de diezmos al presidente de rama, pero me desilusionó el enterarme de que no podía pagar los diezmos hasta que fuese miembro. Podía, no obstante, hacer un donativo; así que doné diez por ciento de mis ingresos a la Iglesia del Señor. De inmediato sentí consuelo, dicha y satisfacción. No veía la hora de que llegara el día de mi bautismo para poder pagar un diezmo real.

Sé que las bendiciones temporales de las que goza nuestra familia provienen de pagar el diezmo; pero las bendiciones más grandes son los sentimientos incomparables que experimentamos cuando obedecemos al Padre Celestial: la satisfacción de ser obedientes, la confianza de que nuestro Padre Celestial no nos abandonará y los sentimientos de paz y felicidad.

El diezmo bendice a las familias

Sandie Graham, Nueva York, EE. UU.

Me crié en la Iglesia, pero durante la adolescencia me alejé de ella. Cuando regresé, mi marido Dale me apoyó, pero no le interesaba reunirse con los misioneros.

Después de volver a la actividad, me entrevisté con el obispo a fin de recibir la recomendación para el templo. Me preguntó si pagaba un diezmo íntegro, y tuve la alegría de informarle que sí. El obispo me sorprendió al preguntarme: “¿Sabe tu esposo que pagas diezmos?”. Quedé anonadada; ¿qué importancia tenía? El obispo me pidió con cordialidad que regresara después de haberle dicho a Dale que yo pagaba el diezmo.

Un domingo por la mañana finalmente tuve el valor de decirle a mi marido que yo pagaba diezmos. Dale me sorprendió al contestar sencillamente: “Ya lo sé”. Ése fue el primero de muchos milagros relacionados con los diezmos.

Poco tiempo después, Dale me dejó a cargo de las finanzas familiares. Cuando le expliqué que iba a pagar un diezmo íntegro de todos nuestros ingresos, estuvo de acuerdo porque veía las bendiciones que podíamos recibir al pagar el diezmo.

Ahora tenemos las despensas siempre llenas, hacemos la oración familiar a diario, recibimos a los misioneros por lo menos una vez al mes, y mi marido participa de la noche de hogar. Creo que un día Dale se unirá a la Iglesia y que su conversión habrá tenido como punto de partida nuestra decisión de pagar juntos un diezmo íntegro.

El diezmo abre las ventanas de los cielos

Jacqueline Kirbyson, Inglaterra

Hace unos años, mi marido se quedó sin trabajo. Era difícil pagar las cuentas y comprar alimentos con la pequeña pensión que yo recibía, pero lográbamos salir adelante.

Aunque me apoyaba en mi dedicación a la Iglesia, a mi marido le frustraba que yo pagara los diezmos cuando a duras penas podíamos pagar las cuentas. Sin embargo, yo consideraba que debía seguir obedeciendo ese mandamiento.

Aunque teníamos muy poco dinero, teníamos un pequeño huerto. Cuando llegó la primavera, plantamos zanahorias, papas, arvejas [guisantes], tomates, pimientos [morrones] y hierbas, además de otras verduras. En el verano, el huerto floreció y tuvimos una cosecha abundante. Nuestros ciruelos casi se vinieron abajo con el peso de la fruta, y pasé el verano ocupada envasando y congelando frutas y verduras, haciendo mermelada, horneando pasteles y compartiendo con los vecinos los productos extras de la huerta.

Un día en que caminaba por nuestro pequeño huerto, recordé la promesa de Dios de abrir las ventanas de los cielos y “[derramar] sobre [nosotros] bendición hasta que sobreabunde” (Malaquías 3:10).

Al pensar en mi congelador completamente lleno de frutas y verduras, me di cuenta de que el Padre Celestial ciertamente nos había bendecido. Nuestro pequeño huerto había producido lo suficiente para sustentarnos en nuestra época de necesidad; lo suficiente y de sobra. Estoy muy agradecida de que Dios nos bendice cuando obedecemos Sus mandamientos.