Hasta la próxima

El rescate del campo minado


No podíamos ir hacia la recluta atrapada, pero podíamos alentarla, aplaudir sus esfuerzos y alegrarnos de sus éxitos.

El rescate del campo minado

Durante la Guerra del Golfo, dirigí a un grupo de soldados que debía entrar en Kuwait. Una vez que se quebrantaron las defensas, buscamos las posiciones de ataque del enemigo para asegurarnos de que estaríamos a salvo, y buscamos cualquier cosa que fuera de valor para el servicio de inteligencia.

Acababa de entrar a un puesto de comando recién capturado cuando escuché a un sargento británico gritar frenéticamente: “¡Deténgase! ¡No dé un paso más!”. Al asomar la cabeza desde el refugio subterráneo, vi a una de mis reclutas en peligro inmediato; había entrado en un área despejada para recoger un documento y ahora se encontraba en medio de un extenso campo minado. Cuando oyó el grito del sargento, se detuvo y se dio cuenta del peligro en que se encontraba.

Rodeando el campo minado, nuestro grupo podía ver que la joven recluta tenía tanto pánico que le temblaba el cuerpo. Teníamos que actuar rápido, pero no podíamos mandar a otros soldados a rescatarla sin poner en peligro la vida de ellos al igual que la de ella. Sin debate ni vacilación comenzamos a hablarle, diciéndole palabras de calma, aliento y dirección. Podíamos ver que le caían lágrimas por las mejillas y detectamos temor en sus reacciones, pero comenzó a calmarse un poco al oír nuestras palabras tranquilizadoras.

Después de un momento, tuvo suficiente valor para mirar hacia atrás por donde había caminado, y nos dijo que podía ver sus pisadas que se dibujaban levemente en la arena. Con nuestro aliento, comenzó a volver sobre sus pasos con mucha vacilación. Colocando los pies suavemente sobre cada una de las huellas que había dejado, salió del campo minado, lanzándose a nuestros brazos al dar el paso final. El numeroso grupo de soldados reunido alrededor del campo gritó de alegría en el momento en que la recibimos. Las lágrimas de temor se remplazaron con sonrisas y abrazos.

Pocos de nosotros hemos estado al borde de un campo minado real; pero muchos de nosotros conocemos a personas que han dejado la zona de seguridad espiritual para verse atrapados en los campos minados de la vida. Al igual que esa joven recluta, quizás ellos también se sientan solos, atemorizados e inseguros. Sin embargo, esa recluta nunca estuvo sola; tenía un equipo en la orilla que le daba ánimo, amigos que necesitaban que volviera y que no se dieron por vencidos. Tenía líderes que le ofrecían guía y ánimo. Ella fue quien tuvo que salir del campo minado, pero colectivamente la ayudamos a encontrar el valor para hacerlo. Al final, celebramos su rescate con amor y alegría sinceros.

El rescate espiritual puede ser igual de dramático. Ya sea que tendamos una mano como familia, como amigos o como barrio o rama, nuestros esfuerzos pueden marcar la diferencia. Las palabras oportunas de ánimo y de guía probablemente salvaron la vida de la recluta. De igual manera, podemos ayudar a rescatar a otras personas de los peligros de la oscuridad espiritual al ofrecer ánimo y dirección que, en última instancia, los traiga de regreso. Al hacerlo, grande será nuestro gozo; no sólo por un momento en esta vida, sino también por la eternidad (véase D. y C. 18:15).