Mensaje de la Primera Presidencia

Ha resucitado


Henry B. Eyring

Ha resucitado

Un testimonio de la realidad de la resurrección de Jesucristo es una fuente de esperanza y de determinación; y lo puede ser para cualquier hijo de Dios. Lo fue para mí un día de verano de junio de 1969, cuando mi madre falleció; lo ha sido durante todos los años posteriores, y lo será hasta que la vea de nuevo.

La felicidad remplazó inmediatamente la tristeza de la separación momentánea; era más que la simple esperanza de una reunión feliz. Debido a lo mucho que el Señor ha revelado por medio de Sus profetas, y debido a que el Espíritu Santo me ha confirmado la veracidad de la Resurrección, en mi mente puedo ver cómo será el estar reunido con nuestros seres queridos santificados y resucitados:

“Son quienes saldrán en la resurrección de los justos…

“Son aquellos cuyos nombres están escritos en el cielo, donde Dios y Cristo son los jueces de todo.

“Son hombres justos hechos perfectos mediante Jesús, el mediador del nuevo convenio, que obró esta perfecta expiación derramando su propia sangre” (D. y C. 76:65, 68–69).

Ya que Jesucristo quebrantó las ligaduras de la muerte, todos los hijos de nuestro Padre Celestial nacidos en el mundo resucitarán en un cuerpo que nunca morirá. Por tanto, mi testimonio y el de ustedes en cuanto a esa gloriosa verdad puede quitar el dolor de la pérdida de un querido miembro de la familia o amigo, y reemplazarlo con una gozosa expectativa y una firme determinación.

El Señor nos ha dado a todos el don de la Resurrección, mediante la cual nuestros espíritus son puestos en cuerpos que están libres de imperfecciones físicas (véase Alma 11:42–44). Mi madre aparecerá joven y radiante, habiéndosele quitado los efectos de la vejez y de los años de sufrimiento físico. Eso se le dará a ella y a nosotros como una dádiva.

Sin embargo, aquellos de nosotros que añoramos estar con ella para siempre, debemos tomar decisiones para ser merecedores de esa asociación, para vivir donde el Padre y Su Amado Hijo resucitado moran en gloria. Ése es el único lugar donde la vida en familia puede continuar eternamente. El testimonio de esa verdad ha aumentado mi determinación de que yo, así como aquellos a quienes amo, lleguemos a ser merecedores del más alto grado del reino celestial mediante la expiación de Jesucristo que obra en nuestras vidas (véase D. y C. 76:70).

En las oraciones sacramentales, el Señor ofrece una guía en esta búsqueda de la vida eterna que me ayuda a mí y que puede ayudarlos a ustedes. En cada una de las reuniones sacramentales se nos invita a renovar nuestros convenios bautismales.

Prometemos recordar siempre al Salvador. Los emblemas de Su sacrificio nos ayudan a comprender la magnitud del precio que Él pagó para quebrantar las ligaduras de la muerte, para brindarnos misericordia y para proporcionarnos el perdón de todos nuestros pecados, si nos arrepentimos.

Prometemos guardar Sus mandamientos. El leer las Escrituras y las palabras de los profetas vivientes y el escuchar a los inspirados discursantes en nuestras reuniones sacramentales nos recuerda nuestro convenio de obedecer los mandamientos. El Espíritu Santo revela a nuestra mente y a nuestro corazón los mandamientos que más necesitamos cumplir en ese momento.

En las oraciones sacramentales, Dios promete enviar el Espíritu Santo para que nos acompañe (véase Moroni 4:3; 5:2; D. y C. 20:77, 79). He descubierto que, en ese momento, Dios me concede lo que parece ser una entrevista personal. Me hace notar lo que he hecho que lo complace, mi necesidad de arrepentirme y de ser perdonado, y los nombres y los rostros de las personas a las que Él quisiera que preste servicio en Su nombre.

A lo largo de los años, esa repetida experiencia ha convertido la esperanza en sentimientos de caridad y me ha brindado la seguridad de que la expiación y la resurrección del Salvador han hecho posible que yo recibiera misericordia.

Testifico que Jesucristo es el Cristo resucitado, nuestro Salvador, nuestro ejemplo y nuestro guía perfecto hacia la vida eterna.

Cómo enseñar con este mensaje

Debemos “…[aplicar] todas las Escrituras a nosotros mismos para nuestro provecho e instrucción” (1 Nefi 19:23). Considere leer las oraciones sacramentales que se encuentran en Doctrina y Convenios 20:76–79. Después de leer las enseñanzas del presidente Eyring sobre las oraciones sacramentales, si lo desea, puede invitar a las personas a quienes enseñe a pensar en formas en que estas oraciones pueden ser una guía en sus vidas y pueden ayudarlas a regresar a vivir de nuevo con nuestro Padre Celestial y Jesucristo.

Jóvenes

Tu entrevista personal con Dios

El presidente Eyring enseña que al escuchar las oraciones sacramentales podemos sentir que estamos teniendo una entrevista personal con Dios. El presidente Eyring piensa en los tres aspectos mencionados a continuación. Tal vez podrían escribir estas preguntas en su diario personal y meditarlas cada domingo de este mes. Al meditar y recibir impresiones del Espíritu Santo, también pueden escribir en cuanto a ellas en su diario.

  • ¿Qué he hecho que haya complacido a Dios?

  • ¿De qué necesito arrepentirme o pedir perdón?

  • ¿A quién quiere Dios que preste servicio?

Niños

Siempre recuerda a Jesús

Jacob está tratando de “[recordar] siempre” al Salvador (D. y C. 20:77). Miren en su dormitorio; ¿qué ven que podría ayudarlo a recordar siempre a Jesús?