Cómo prestar servicio en los llamamientos del sacerdocio

De un discurso de la conferencia general de abril de 1987.


Thomas S. Monson

¿Han reflexionado alguna vez acerca del valor de un alma humana? ¿Se han preguntado acerca del potencial que existe en cada uno de nosotros?

Una vez asistí a una conferencia de estaca en la que mi ex presidente de estaca, Paul C. Child, abrió Doctrina y Convenios 18 y empezó a leer: “Recordad que el valor de las almas es grande a la vista de Dios” (versículo 10).

El presidente Child entonces preguntó: “¿Cuál es el valor de un alma?”. No le pidió a un obispo, a un presidente de estaca ni a un miembro del sumo consejo que respondiera; en vez de ello, escogió al presidente de un quórum de élderes.

El hermano, sobresaltado, permaneció callado por lo que pareció una eternidad y entonces dijo: “El valor de un alma humana consiste en su capacidad de llegar a ser como Dios”.

Todos los presentes meditamos en la respuesta. El presidente Child prosiguió con su mensaje, pero yo seguí reflexionando en aquella inspirada respuesta.

El allegarse, enseñar y conmover a esas preciadas almas para las que nuestro Padre ha preparado Su mensaje es una tarea monumental. El éxito casi nunca es fácil, y, generalmente, lo preceden las lágrimas, las pruebas, la confianza y el testimonio.

Los siervos de Dios se consuelan con la afirmación del Maestro: “…yo estoy con vosotros todos los días…” (Mateo 28:20). Esta magnífica promesa los sostiene a ustedes, hermanos del Sacerdocio Aarónico, que son llamados a cargos de liderazgo en los quórumes de diáconos, maestros y presbíteros; los alienta en su preparación para servir en el campo misional; y los consuela en los momentos de desánimo que nos llegan a todos.

“Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno”, dice el Señor, “porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes.

“He aquí, el Señor requiere el corazón y una mente bien dispuesta” (D. y C. 64:33–34). Una fe perdurable, una confianza constante y un deseo ferviente han caracterizado siempre a los que sirven al Señor con todo su corazón.

Si algunos hermanos que me estén escuchando piensan que no están preparados o que son incapaces de responder al llamado de servir, de sacrificarse, de bendecir la vida de los demás, recuerden esta verdad: “A quien Dios llama, Dios capacita”.

Ilustración fotográfica por Cody Bell © IRI.

¿Cómo has aplicado esto?

“Saber que el Señor se encuentra a mi lado me sirve para recordar por qué salgo a la misión: para servir al Señor y llevar a otros a nuestro Salvador Jesucristo. Sé que en la misión Él no me hará enfrentar nada que yo no pueda sobrellevar”.

Dilan M., Utah, EE. UU.