Voces de los Santos de los Últimos Días

Voces de los Santos de los Últimos Días


Algo le pasaba al avión

Craig Willie, Utah, EE. UU.

Una noche, mientras rodaba el avión lleno de pasajeros hacia la pista de despegue, tuve la sensación de que algo le pasaba al sistema de dirección del avión. A fin de confirmar mi impresión espiritual, salí de la pista de rodaje y di algunas vueltas de 360 grados. Parecía que todo estaba en orden.

Me preguntaba: “¿Debo despegar y llevar a los pasajeros a su destino a tiempo, o regresar a la puerta de embarque?”. Sabía que si regresaba, provocaría una gran demora. Las pistas de despegue van en una sola dirección, por lo cual tendría que esperar hasta que el control de tierra me hiciera un lugar para desplazarme en el sentido opuesto al tránsito. Después tendríamos que esperar a que el personal de mantenimiento revisara el avión. La demora podría causar problemas a la aerolínea y a los pasajeros que tuvieran a alguien esperándolos o que tuvieran que hacer alguna conexión. Además, me preguntaba cómo reaccionaría el departamento de mantenimiento cuando les informara que el avión tenía un problema, sin tener ninguna evidencia salvo una fuerte impresión de que así era.

Como capitán de la nave, era responsable de nuestra seguridad, así que decidí seguir la impresión y regresar.

Cuando llegamos a la puerta, le dije al mecánico que tenía la sensación de que el avión tenía un problema, pero que no sabía dónde. Él no creía que hubiera ningún problema.

“Seguramente sólo era la pista mojada”, dijo. “Probablemente se haya estado resbalando en el asfalto”. De todos modos, accedió a echarle un vistazo al mecanismo de dirección del tren delantero. Tras revisarlo, me pidió que hiciera descender a los pasajeros para llevar el avión a un recorrido de prueba.

Cuando regresó, treinta minutos más tarde, estaba muy preocupado. Durante el recorrido de prueba, oyó un chirrido intermitente. Al aplicar los frenos mientras viraba para volver a la puerta de embarque, perdió el control del avión y casi se sale de la pista.

Una inspección minuciosa reveló que el mantenimiento de los frenos que se había hecho la noche anterior había sido deficiente. De haber aterrizado después de nuestro vuelo, los frenos habrían fallado y yo habría perdido el control del avión.

Me dieron otro avión para pilotear y conduje a mis pasajeros a su destino a salvo con tres horas de retraso.

Me alegra haber escuchado los susurros del Espíritu. Sé que el Espíritu nos dirigirá si procuramos la guía del Señor y escuchamos las impresiones que recibimos.

Me preguntaba cómo reaccionaría el departamento de mantenimiento cuando les informara que el avión tenía un problema, sin tener ninguna evidencia salvo una fuerte impresión de que así era.

Cómo hallar gozo en la vida

Karen Rockwood, Idaho, EE. UU.

En una ocasión, estaba leyendo un discurso del élder Richard G. Scott, del Quórum de los Doce Apóstoles, de una conferencia general. Si bien ya había escuchado y leído el discurso, una frase me llamó la atención y permaneció en mi mente.

Algunas horas más tarde, vino a visitarme mi hijo, quien vivía en un apartamento con sus amigos. Había prestado servicio en una misión de tiempo completo y había asistido a la universidad durante varios semestres. No estaba seguro de cuál era la dirección que debía tomar en sus estudios ni de qué profesión debía seguir. Debido a que se había sentido frustrado y pensaba que la universidad, por el momento, era una pérdida de tiempo y de dinero, suspendió sus estudios temporalmente y empezó a trabajar a tiempo completo.

Me contó que uno de sus amigos le había propuesto que fueran a una isla de las Bahamas o del Caribe, consiguieran un trabajo y se divirtieran durante algunos meses. Mi hijo estaba entusiasmado con esa posibilidad. Me resultaba fácil ver cuán tentadora podía ser para un joven una experiencia libre de toda preocupación.

En ese preciso momento, el impactante mensaje del élder Scott vino a mi mente. Tomé la revista Liahona y le leí esto a mi hijo: “Estás en la tierra con un propósito divino, el cual no es divertirte de continuo ni estar constantemente en busca de placeres. Estás aquí para ser probado, para demostrar que eres digno, de manera que puedas recibir las bendiciones que Dios tiene reservadas para ti. Se requiere el efecto atenuante de la paciencia” (véase “Cómo hallar gozo en la vida”, Liahona, julio de 1996, pág. 27).

Sin decir una palabra, mi hijo tomó la revista, se marchó y leyó el discurso entero. Más tarde, lo único que me dijo fue que no se embarcaría en la aventura de la isla.

Con el tiempo, ingresó a la academia de policía, una resolución que lo condujo a conocer a su futura esposa. Se casaron en el Templo de Mesa, Arizona, y actualmente están criando a tres maravillosos hijos. En 2010, mi hijo obtuvo una licenciatura y realmente está “[hallando] gozo en la vida”.

La aventura que le habían propuesto a mi hijo podría haber sido una experiencia muy buena; por otro lado, podría haber sido una experiencia espiritualmente peligrosa. Cada vez que pienso en esa experiencia, el Espíritu me conmueve el corazón.

Estoy agradecida por las palabras de los profetas y por haber sido inspirada a recordar un discurso que me ayudó a brindar guía. También agradezco el que mi hijo haya escuchado a un mensajero del Señor y que permitiera que el Espíritu influyera en él. Sé que se reciben muchas bendiciones y tiernas misericordias cuando escuchamos y seguimos las enseñanzas del Salvador y de Sus siervos.

Cuando mi hijo me contó que uno de sus amigos le había propuesto que fueran a una isla de las Bahamas o del Caribe para divertirse durante algunos meses, me vino a la mente el mensaje del élder Scott.

Se cortó la llamada

Seda Meliksetyan, Armenia

En marzo de 1997, mientras vivíamos en la ciudad rusa de Rostov-on-Don, mi esposo y yo fuimos bautizados en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Al estudiar las doctrinas de la Iglesia, encontré la respuesta a muchas de mis preguntas. Era interesante aprender acerca del plan de salvación, incluso sobre la práctica del bautismo por los muertos; me sorprendió saber que podíamos bautizarnos por nuestros antepasados fallecidos.

Un año después de nuestro bautismo, el presidente de misión nos invitó a prepararnos para ir al templo. Como parte de nuestra preparación, empezamos a investigar nuestra historia familiar. Un día, mientras pensaba en cuanto a realizar esta obra, sonó el teléfono: era mi suegra. Le pregunté si podía enviarme una lista de los antepasados fallecidos del lado de la familia de mi esposo. Se sorprendió y me dijo que el bautismo por los muertos no era una doctrina de Cristo, sino algo que los mormones habían inventado. Yo no estaba segura de cómo responderle, pues no estaba familiarizada con referencias de las Escrituras que respaldaran esa doctrina.

Mientras pensaba en cómo responderle, se cortó la llamada. Por un momento no supe bien lo que había ocurrido, pero colgué el teléfono y fui a mi habitación. Tomé el Nuevo Testamento entre mis manos, me arrodillé para orar y le pedí al Padre Celestial que me mostrara dónde podría encontrar la respuesta.

Cuando terminé mi oración, abrí la Biblia. Sentí como si alguien me hubiera dicho que leyera el versículo 29 en la página donde la había abierto. Me encontraba en el capítulo 15 de 1 Corintios, que habla acerca de la doctrina del bautismo por los muertos.

Me conmovió y sorprendió el que el Padre Celestial hubiera contestado mi oración en ese preciso momento. Fue una sensación hermosa.

Estaba muy concentrada, pensando en esa experiencia, cuando de pronto el teléfono sonó de nuevo. Era mi suegra, quien me preguntó por qué se había cortado la llamada. Le dije que no sabía, y entonces le pedí que abriera su Biblia y leyera 1 Corintios 15:29.

Pocos días después, había sobre mi mesa una lista de familiares fallecidos. Mi suegra había leído el pasaje de las Escrituras y ahora creía que el Salvador, por medio del apóstol Pablo, había enseñado la doctrina del bautismo por los muertos.

Dios ha prometido grandes bendiciones a aquéllos que realizan esta obra de redención. Sé que así es.

Mi suegra me dijo que el bautismo por los muertos no era una doctrina de Cristo, sino algo que los mormones habían inventado.

¿Dónde puedo conseguir una revista como ésta?

Sharon Rather, Nevada, EE. UU.

Durante un viaje con mi familia desde Nevada, EE. UU., a Alaska, EE. UU., me puse a conversar con una mujer alta, atractiva y amigable que estaba sentada del otro lado del pasillo.

Me preguntó a dónde me dirigía y le dije que estábamos en camino a Juneau, Alaska, para visitar a nuestro hijo y a su familia. Me contó que era de Las Vegas; y luego, conmovida, agregó que se dirigía a Juneau para visitar a sus suegros y realizar un servicio en memoria de su esposo, con quien había estado casada 20 años y que recientemente había fallecido de cáncer.

Miré al otro lado del pasillo y pensé para mis adentros en cuán afortunada era por conocer el plan de salvación y por ser obrera del templo en el Templo de Las Vegas, Nevada. Me preguntaba qué podría hacer para levantarle el ánimo a esa señora.

De repente, recordé claramente una cita del profeta José Smith que yo había repartido en la Sociedad de Socorro. Cuando organizó la Sociedad de Socorro, dijo que las hermanas “se apresurarán a socorrer al forastero con los recursos que tengan a su disposición; derramarán aceite y vino en el contristado corazón del afligido, secarán las lágrimas del huérfano y animarán el corazón de la viuda” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 482).

Volví a mirar hacia el pasillo y vi a una forastera afligida, una viuda de corazón afligido. Recordé que más temprano ese mismo día había leído la revista Ensign de julio de 2011; contenía algunos artículos edificantes que pensé que podrían darle un poco de ánimo y de consuelo.

Me armé de valor, abrí la revista en uno de los artículos y le pedí que lo leyera. La observé con atención y me sorprendió el ver que leía cada línea detenidamente. Al terminar, leyó otro artículo.

Era evidente que algo le había llegado al corazón. Se llevó la revista con fuerza contra el pecho y luego se secó una lágrima.

“¿Dónde puedo conseguir una revista como ésta?”, me preguntó. Le dije que se podía quedar con ella; entonces leyó un poco más.

Cuando llegamos a Juneau, me tomó la mano, me miró fijamente a los ojos y dijo: “Gracias”.

Aprendí una gran lección de esa experiencia. Estamos rodeados de forasteros con corazones contristados que necesitan una palabra amable de aliento y que necesitan saber lo que nosotros sabemos por ser Santos de los Últimos Días.

Me preguntaba qué podría hacer para levantarle el ánimo a esa señora, cuyo esposo había fallecido recientemente.