Diez formas de saber que estás convertido


Aprendí en las reuniones del sacerdocio que uno de los propósitos del Sacerdocio Aarónico es ayudar a “convertirse al evangelio de Jesucristo y [a] vivir según sus enseñanzas”1. No estaba seguro de lo que quería decir “convertirse al evangelio de Jesucristo”. Le pregunté a mis padres y a mis hermanos mayores qué creían que significaba, y analizamos juntos varias maneras en las que puedes ver si te estás convirtiendo.

Tal vez haya otras, pero a continuación hay diez formas que nosotros descubrimos. Ya que la conversión es un proceso de toda la vida, no tenemos que ser perfectos en cada uno de estos aspectos ahora, pero pueden ayudarnos a saber si estamos progresando.

  1. 1.

    Cuando estás convertido, no sólo sabes lo que debes hacer, sino que también deseas hacer las cosas justas. No es suficiente evitar hacer lo incorrecto porque tienes miedo de que te descubran o te castiguen. Cuando estás verdaderamente convertido, realmente quieres escoger lo justo.

  2. 2.

    Otra señal de que te estás convirtiendo es que no tienes más deseo de hacer el mal. Los anti-nefi-lehitas son un gran ejemplo de esto. Cuando se convirtieron al evangelio de Cristo, “[concertaron] un convenio con Dios, de servirle y guardar sus mandamientos” (Mosíah 21:31). Al igual que los nefitas a quienes el rey Benjamín enseñó, no tenían “más disposición a obrar mal” (Mosíah 5:2). Llegaron a estar verdaderamente convertidos al evangelio de Cristo y las tentaciones de Satanás no tenían poder sobre ellos.

    Para mostrar que serían fieles a su convenio de vivir el Evangelio, los lamanitas convertidos enterraron sus armas (véase Alma 24).

  3. 3.

    Cuando estás convertido, estás más preocupado por lo que Dios piensa de ti que por lo que los demás piensan de ti. En mi escuela en Indonesia, los estudiantes tienden a beber mucho alcohol. A veces puede ser tentador salir a divertirse y beber cuando todos lo hacen y se burlan de ti por no hacerlo. A mi hermano lo invitaron muchas veces a beber alcohol e ir a fiestas, pero nunca lo hizo; se mantuvo firme en lo que creía; fue difícil y pasó muchas noches solo en casa. Durante su graduación, cuando los estudiantes se despedían, varias personas le dijeron lo sorprendidas que estaban de que él había podido resistir la presión social y mantenerse fiel a sus normas. Le dijeron cuánto lo admiraban por ello. Él demostró que estaba convertido al resistir la presión de sus compañeros.

  4. 4.

    Cuando estás convertido, haces todo lo posible por siempre vivir el Evangelio; no sólo los domingos o cuando es conveniente, sino todo el tiempo. Tu forma de actuar no cambia según con quién estés o quién te esté mirando. Cuando tus compañeros dicen un chiste vulgar o quieren ver una película inapropiada, tú no lo aceptas ni lo haces sólo porque nadie te está observando; por el contrario, te mantienes firme en lo que crees.

  5. 5.

    Cuando estás convertido, eres más amable y compasivo al tratar con los demás; no criticas ni dices chismes; estás más atento a los sentimientos de las otras personas y llega a ser natural el buscar maneras de servir y ayudar a los demás. Si caminas por los pasillos de la escuela y a alguien se le caen los libros, ni siquiera tienes que pensar en lo que harás; automáticamente te detienes para ayudar.

  6. 6.

    Cuando estás convertido, tu deseo de orar aumenta y sientes que realmente te comunicas con Dios cuando lo haces; siempre dedicarás tiempo para orar sin importar cómo te sientas o lo que suceda en tu vida. El presidente Ezra Taft Benson (1899–1994) nos dijo: “Si no sentimos el deseo de orar, entonces debemos orar hasta que sintamos el deseo de hacerlo”2.

  7. 7.

    Cuando estás convertido, esperas con gusto el día domingo porque es el día de reposo. Cuando llega el domingo, en lugar de pensar: “Uf, es un día que no puedo pasar tiempo con mis amigos ni ir al cine”, piensas: “¡Qué bien, un día que puedo ir a la Iglesia, centrarme en las cosas espirituales y pasar tiempo con mi familia!”.

  8. 8.

    Cuando estás convertido, guardas los mandamientos y no buscas excusas ni justificaciones para tu comportamiento, ni tratas de encontrar aspectos ambiguos en ellos; no tratas de ir más allá de los límites; simplemente guardas los mandamientos porque sabes que es lo mejor.

  9. 9.

    Cuando estás convertido, quieres pagar los diezmos; lo ves como un privilegio y sientes que el diez por ciento no es tanto, especialmente comparado con las bendiciones y la satisfacción que obtienes. Esas bendiciones valen mucho más que el dinero que pagas.

  10. 10.

    Cuando estás convertido, tienes un fuerte deseo de ayudar a los demás para que sepan la verdad y sientan la felicidad que tú has encontrado. Un buen ejemplo de las Escrituras es el sueño de Lehi, en el cual él tenía un gran deseo de compartir el delicioso fruto del árbol de la vida con su familia. Cuando comió del fruto, lo primero que pensó no fue saciarse del fruto, sino buscar a su familia para que ellos también pudieran comer de él y sentir la misma felicidad (véase 1 Nefi 8:12).

En resumen, sabes que te estás convirtiendo cuando comienzas a vivir una ley superior, el evangelio de Jesucristo. Vives el espíritu de la ley, así como la letra de la ley; vives el Evangelio en todos los aspectos de tu vida. Vives el Evangelio en su plenitud, no porque tienes que hacerlo, sino porque quieres hacerlo. Eres una persona más feliz y más agradable; quieres llegar a ser la persona que nuestro Padre Celestial quiere que seas; quieres ser como Jesucristo y seguir Su ejemplo. Cuando llegas a ser esa persona, realmente estás convertido.

La manera segura de tener felicidad

Élder Donald L. Hallstrom

“El Señor quiere que los miembros de Su Iglesia estén plenamente convertidos a Su evangelio. Ésa es la única manera cierta de tener seguridad espiritual ahora y felicidad para siempre”.

Élder Donald L. Hallstrom, de la Presidencia de los Setenta, “Convertidos a Su Evangelio por medio de la Iglesia”, Liahona, mayo de 2012, pág.15.

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    Notas

  1.   1.

    Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, 8.1.3.

  2.   2.

    Ezra Taft Benson, “Orad siempre”, Liahona, junio de 1990, pág. 4.