Lo que creemos

El Espíritu Santo consuela, inspira y testifica


El Espíritu Santo consuela, inspira y testifica

El don del Espíritu Santo es una de las bendiciones más grandiosas que podemos recibir en esta vida, ya que el Espíritu Santo nos consuela, nos inspira, nos advierte, nos purifica y nos guía. Él nos “llena de esperanza y de amor perfecto” (Moroni 8:26); y nos enseña “la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5). Por medio del Espíritu Santo, recibimos revelación y dones espirituales de Dios; y lo que es más importante, por medio del Espíritu Santo recibimos nuestro testimonio del Padre Celestial y de Jesucristo.

Antes de bautizarse, usted podía sentir el Espíritu Santo de vez en cuando; pero únicamente al recibir el don del Espíritu Santo, después de su bautismo, pudo disfrutar de Su compañía constante, con la condición de que fuese digno. Este don fue otorgado por un poseedor del Sacerdocio de Melquisedec mediante la imposición de manos (véase Hechos 19:6; D. y C. 33:15). A partir de ese momento, cada día de reposo puede renovar sus convenios bautismales al tomar la Santa Cena y, de ese modo, recibir las bendiciones del Señor a fin de que “siempre [pueda] tener su Espíritu” consigo (D. y C. 20:77).

El Espíritu Santo, a quien con frecuencia nos referimos como el Espíritu, es el tercer miembro de la Trinidad. El profeta José Smith enseñó: “El Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hijo; pero el Espíritu Santo no tiene un cuerpo de carne y huesos, sino es un personaje de Espíritu. De no ser así, el Espíritu Santo no podría morar en nosotros” (D. y C. 130:22).

Ya que “el Espíritu del Señor no habita en templos inmundos” (Helamán 4:24), debemos ser dignos de Su compañía y, para lograrlo, debemos, entre otras cosas, tener pensamientos virtuosos, vivir con integridad y procurar guardar los mandamientos.

  • Orar.

  • Estudiar las Escrituras.

  • Participar dignamente de la Santa Cena.

  • Adorar en el templo.

  • Ver material sano en los medios de comunicación, usar un lenguaje apropiado y tener pensamientos virtuosos.

No debemos dejar de valorar este don

“Al igual que todos los dones, éste se debe recibir y aceptar para poder disfrutarlo. Cuando les colocaron las manos sobre la cabeza para confirmarlos miembros de la Iglesia, escucharon las palabras: ‘Recibe el Espíritu Santo’. Eso no significó que el Espíritu Santo se convertiría incondicionalmente en su compañero constante. Las Escrituras nos advierten que el Espíritu del Señor ‘no contenderá… con el hombre para siempre’ (Génesis 6:3). Cuando somos confirmados, se nos confiere el derecho a la compañía del Espíritu Santo; pero es un derecho al que debemos seguir siendo merecedores mediante la obediencia y la dignidad”.

Véase élder Joseph B. Wirthlin (1917–2008), del Quórum de los Doce Apóstoles, “El inefable don”, Liahona, mayo de 2003, pág. 28.