La obediencia a la ley es libertad


L. Tom Perry
Los hombres y las mujeres reciben el albedrío como un don de Dios, pero la libertad y, a su vez, la felicidad eternas provienen de la obediencia a Sus leyes.

La Navidad pasada recibí un regalo especial que me trajo muchos recuerdos. Me lo dio mi sobrina. Estaba entre las cosas que yo había dejado en nuestra vieja casa de familia, un lugar del que me mudé después de casarme. El regalo era este librito marrón que tengo en la mano. Es un libro que se les daba a los militares SUD que ingresaban a las fuerzas armadas durante la Segunda Guerra Mundial. Personalmente, lo consideré un regalo del presidente Heber J. Grant y de sus consejeros, J. Reuben Clark, Jr., y David O. McKay.

Al comienzo del libro, esos tres profetas de Dios escribieron: “Los eventos de las fuerzas armadas no nos permiten mantener una comunicación personal constante con usted ya sea directa o por un representante. Nuestra mejor opción es poner en sus manos tales porciones de revelación moderna y de explicaciones de los principios del Evangelio, los que le brindarán, en dondequiera que esté, una fe y esperanza renovadas, además de consuelo, solaz y paz de espíritu”1.

Hoy nos hallamos en otra guerra. Ésta no es una guerra de armamentos. Es una guerra de pensamientos, palabras y hechos. Es una guerra contra el pecado, y necesitamos más que nunca que se nos recuerden los mandamientos. El secularismo se está volviendo la norma, y muchas de sus creencias y prácticas están en conflicto directo con aquellas que fueron instituidas por el Señor mismo para el beneficio de Sus hijos.

En el librito marrón, inmediatamente después de la carta de la Primera Presidencia, hay una “Nota de prefacio para militares”, titulada La obediencia a la ley es libertad”. En la nota se compara la ley divina con la ley militar, la cual “existe para el bien de todos los que están en el servicio”.

Dice: “También en el universo, donde Dios está al mando, existe una ley —universal y eterna— con ciertas bendiciones y castigos inmutables”.

Las palabras finales de esa nota se centran en la obediencia a la ley de Dios: “Si desea regresar a sus seres queridos con la cabeza erguida… si usted desea vivir una vida abundante— entonces observe la ley de Dios. Al hacerlo, puede sumar a las valiosas libertades que usted se esfuerza por preservar, otra sobre la cual las demás podrían depender, la libertad del pecado; ya que en verdad, ‘la obediencia a la ley es libertad’”2.

¿Por qué la frase “la obediencia a la ley es libertad” en ese momento tuvo sentido para mí? ¿Por qué tiene sentido para todos nosotros ahora?

Quizás porque tenemos un conocimiento revelado sobre nuestra historia premortal. Reconocemos que, cuando Dios el Padre Eterno presentó Su plan al principio de los tiempos, Satanás quería alterar el plan. Satanás dijo que redimiría a toda la humanidad. No se perdería ni una sola alma y él confiaba en que podría cumplir con su propuesta. Pero había un costo inaceptable: la destrucción del albedrío del hombre, que era y que es un don otorgado por Dios (véase Moisés 4:1–3). Respecto a ese don, el presidente Harold B. Lee dijo: “Después de la vida misma, el albedrío es el mayor don de Dios al género humano”3; por lo tanto, no fue algo pequeño que Satanás despreciara el albedrío del hombre. De hecho, se convirtió en el asunto principal por el que se peleó la Guerra de los Cielos. La victoria en la Guerra de los Cielos fue una victoria para el albedrío del hombre.

No obstante, Satanás no había terminado. Su plan de respaldo, el que ha estado ejecutando desde la época de Adán y Eva, era tentar a los hombres y a las mujeres, esencialmente para probar que no merecemos el don divino del albedrío. Satanás tiene muchas razones para hacer lo que hace. Quizás la más poderosa es el motivo de la venganza, pero también desea hacer que los hombres y las mujeres sean miserables como él es. Ninguno de nosotros debe subestimar jamás cuán motivado está Satanás para tener éxito. Su función en el plan eterno de Dios crea la “oposición en todas las cosas” (2 Nefi 2:11) y pone a prueba nuestro albedrío. Cada decisión que ustedes y yo tomamos pone a prueba nuestro albedrío: si decidimos ser obedientes o desobedientes a los mandamientos de Dios es en verdad una elección entre la “libertad y la vida eterna” y la “cautividad y la muerte”.

Esa doctrina fundamental se enseña claramente en 2 Nefi, capítulo dos: “Así pues, los hombres son libres según la carne; y les son dadas todas las cosas que para ellos son propias. Y son libres para escoger la libertad y la vida eterna, por medio del gran Mediador de todos los hombres, o escoger la cautividad y la muerte, según la cautividad y el poder del diablo; pues él busca que todos los hombres sean miserables como él” (2 Nefi 2:27).

En muchos sentidos, este mundo siempre ha estado en guerra. Creo que cuando los miembros de la Primera Presidencia me enviaron mi librito marrón, estaban más preocupados por una guerra mayor que la Segunda Guerra Mundial. También creo que esperaban que el libro fuera un escudo de fe contra Satanás y sus huestes en esta guerra más grande —la guerra contra el pecado— y que me sirviera como recordatorio para vivir los mandamientos de Dios.

Una manera de evaluarnos y compararnos con las generaciones anteriores es siguiendo una de las normas más antiguas conocidas por el hombre: los Diez Mandamientos. Para gran parte del mundo civilizado, en particular el mundo judeocristiano, los Diez Mandamientos han sido la línea divisoria más aceptada y duradera entre el bien y el mal.

A mi juicio, cuatro de los Diez Mandamientos se toman tan en serio hoy como en cualquier época. Como cultura, desdeñamos y condenamos el asesinato, el robo y la mentira y aún creemos en la responsabilidad de los hijos hacia los padres.

Pero como sociedad más amplia, hacemos caso omiso de los otros seis mandamientos en forma rutinaria:

  • Si las prioridades del mundo son un indicio, ciertamente tenemos “otros dioses” que anteponemos al Dios verdadero.

  • Convertimos en ídolos a los famosos, a los estilos de vida, a las riquezas y sí, a veces, a las imágenes o los objetos.

  • Usamos el nombre de Dios en todo tipo de formas profanas, incluso en las exclamaciones y en el lenguaje soez.

  • Usamos el día de reposo para los partidos más importantes, la recreación más importante, las compras más grandes y en casi todo lo demás menos la adoración.

  • Tratamos las relaciones sexuales fuera del matrimonio como recreación y diversión.

  • Y la codicia ha llegado a ser un estilo de vida demasiado común. (Véase Éxodo 20:3–17.)

Los profetas de todas las dispensaciones han advertido constantemente en contra de la violación de dos de los mandamientos más graves, los relacionados con el asesinato y el adulterio. Veo una base común entre estos dos mandamientos críticos: la creencia de que la vida misma es el derecho de Dios y de que nuestro cuerpo físico, el templo de la vida mortal, debe ser creado dentro de los límites que Dios ha establecido. Que el hombre sustituya las leyes de Dios por sus propias reglas en cualquiera de los extremos de la vida es el colmo de la osadía y el más profundo pecado.

Los efectos principales de esas actitudes de menosprecio en cuanto a la santidad del matrimonio traen consecuencias para las familias: la fortaleza de las familias se está deteriorando a un ritmo alarmante. Ese deterioro está causando un daño generalizado a la sociedad. Veo una relación directa de causa y efecto. Si abandonamos el compromiso y la fidelidad al cónyuge, eliminamos el pegamento que mantiene unida a nuestra sociedad.

Una forma útil de pensar en cuanto a los mandamientos es que son consejos amorosos de un Padre Celestial sabio y omnisciente. Su meta es nuestra felicidad eterna y Sus mandamientos son las instrucciones que nos ha dado para regresar a Él, que es la única manera en la que seremos eternamente felices. ¿Cuán importantes son el hogar y la familia para nuestra felicidad eterna? En la página 141 de mi librito marrón dice: “En verdad el cielo es un poco más que una proyección de nuestro hogar en la eternidad”4.

La doctrina de la familia y el hogar se reiteró hace poco con gran claridad e ímpetu en “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”. Allí se declaró la naturaleza eterna de la familia y después se explicó la conexión con la adoración en el templo. En la proclamación también se declaró la ley sobre la cual se basa la felicidad eterna de la familia, a saber: “Los sagrados poderes de la procreación han de emplearse sólo entre el hombre y la mujer legítimamente casados como esposo y esposa”5.

Dios revela a Sus profetas que hay principios morales absolutos. El pecado siempre será pecado. La desobediencia a los mandamientos del Señor siempre nos privará de Sus bendiciones. El mundo cambia constante y dramáticamente, pero Dios, Sus mandamientos y las bendiciones prometidas no cambian, son inmutables e inalterables. Los hombres y las mujeres reciben el albedrío como un don de Dios, pero la libertad y, a su vez, la felicidad eternas provienen de la obediencia a Sus leyes. Como Alma aconsejó a su hijo descarriado Coriantón: “…la maldad nunca fue felicidad” (Alma 41:10).

En esta época de la restauración de la plenitud del Evangelio, el Señor nos ha revelado de nuevo las bendiciones que se nos prometen por ser obedientes a Sus mandamientos.

En Doctrina y Convenios 130 leemos:

“Hay una ley, irrevocablemente decretada en el cielo antes de la fundación de este mundo, sobre la cual todas las bendiciones se basan;

“y cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa” (D. y C. 130:20–21).

Ciertamente no podría haber ninguna otra doctrina que se exprese con más fuerza en las Escrituras que los mandamientos inalterables del Señor y su conexión con nuestra felicidad y bienestar como personas, como familias y como sociedad. Hay principios morales absolutos y la desobediencia a los mandamientos del Señor siempre nos privará de Sus bendiciones. Esas cosas no cambian.

En un mundo en que falla la brújula moral de la sociedad, el evangelio restaurado de Jesucristo nunca flaquea, ni tampoco deben hacerlo sus estacas y barrios, ni sus familias ni los miembros en forma individual. No debemos escoger qué mandamientos creemos que son importantes guardar, sino reconocer todos los mandamientos de Dios. Debemos ser firmes y constantes, y tener confianza perfecta en la uniformidad del Señor y confianza perfecta en Sus promesas.

Ruego que siempre seamos una luz sobre el monte, un ejemplo de guardar los mandamientos, los cuales jamás han cambiado y nunca cambiarán. Así como este librito animó a los militares SUD a ser moralmente firmes en épocas de guerra, que nosotros, en esta guerra de los últimos días, seamos un faro para toda la tierra y en particular para los hijos de Dios que están buscando las bendiciones del Señor. De esto testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.

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    Notas

  1.   1.

    Primera Presidencia, en Principles of the Gospel, 1943, pág. i.

  2.   2.

    Principles of the Gospel, 1943, págs. v, vii, viii.

  3.   3.

    Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Harold B. Lee, 2000, pág. 5.

  4.   4.

    Stephen L Richards, in Principles of the Gospel, pág. 141.

  5.   5.

    “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.