Estas cosas sí sé


Boyd K. Packer
De todo lo que he leído, enseñado y aprendido, la verdad más sagrada y preciada que tengo para ofrecer es mi testimonio especial del Salvador Jesucristo.

En 1992, después de haber servido nueve años como Ayudante de los Doce y veintidós años como miembro de los Doce, cumplí sesenta y ocho años de edad. Tuve la inspiración de comenzar a escribir lo que llamé una “Composición Inconclusa”. La primera parte dice así:

Me vino a la mente la otra noche,
un pensamiento intenso y profundo.
Me vino cuando estaba agotado,
y sin poder dormir por estar tan cansado.
Había tenido un día ocupado
y meditaba sobre mi destino.
Esto fue lo que pensé:
Cuando era joven, ¡no tenía sesenta y ocho años!
Caminaba sin renguear
y no me dolía el hombro.
Podía leer una frase dos veces
y repetirla sin vacilar.
Trabajaba un sinfín de horas
sin necesidad de parar.
Cosas que ahora no puedo hacer
entonces hacía con facilidad.
Si pudiera el tiempo retroceder,
si tuviese esa habilidad,
ser joven otra vez no querría,
pues sería mucho lo que perdería.
Contento estoy de avanzar,
y mi juventud atrás dejar.
Pues lo que perdería si retrocedo
sería todo lo que ahora comprendo.

Diez años después, decidí agregar otras líneas al poema:

Diez años se han ido, quién sabe a dónde
y con ellos mucho dolor que he sufrido.
Una cadera metálica mi renguera corrigió;
y una placa que sostiene los huesos de mi cuello a caminar derecho me ayudó.
¡Qué maravilloso invento!
Redujo los efectos de la polio;
haciéndome de “dura cerviz” en el intento.
Las señales de la vejez son evidentes,
y ellas no mejorarán.
La única cosa que con el tiempo crece
es que mi memoria desaparece.
Se preguntarán si los recuerdo…
Claro que sí, si no han cambiado.
Pero no se vayan a enojar
si sus nombres no puedo recordar.
Reconozco que aprendí
cosas que es mejor no saber,
pero con la edad, la preciada verdad reconocí
que fortaleció el Espíritu dentro de mí.
De todas las bendiciones recibidas,
la mejor de mi vida
es el consuelo y la compañía
que recibo de mi esposa tan querida.
Nuestros hijos se casaron bien;
tienen sus propias familias,
con hijos y nietos también,
que han crecido muy de prisa.
No ha cambiado mi forma de pensar
en cuanto a ser joven otra vez.
Hay un propósito en la vejez,
con ella viene el conocimiento de la verdad.
Se preguntarán: “¿qué me depara el futuro?
¿cuál será mi destino?”.
Sigamos adelante sin reclamos,
¡y pregúntenme cuando cumpla ochenta y ocho años!

Y el año pasado agregué los siguientes versos:

Pues ahora ya tengo ochenta y ocho.
Los años pasaron volando.
Caminé, rengueé, usé un bastón,
y ahora por fin “en ruedas” ando.
Es cierto que duermo la siesta algunas veces,
pero el poder del sacerdocio aún permanece;
y a pesar de perder muchas habilidades
hay grandes beneficios espirituales.
Viajé por el mundo miles de millas,
y un millón más sin parar.
Y con la ayuda de los satélites,
aún no he dejado de viajar.
Ahora puedo decir con seguridad
que conozco y amo al Señor.
Uno mi testimonio al de los de la antigüedad
al predicar Su palabra con honor.
Sé que es casi imposible comprender
lo que en Getsemaní Él sufrió.
Sé que por todos nosotros padeció
y que mejor Amigo no podemos tener.
Sé que Él va a volver
con gran gloria y poder.
Cuando finalice mi vida en la tierra,
sé que lo podré ver.
Me inclinaré ante Sus heridos pies;
y el calor de Su Espíritu sentiré.
Con voz suave y temblorosa diré:
“mi Señor, mi Dios, yo lo sé”1.

¡Y lo sé!

Las ventanas de atrás de nuestra casa dan a un pequeño jardín con flores y árboles que bordean un arroyuelo. La pared que da al jardín está cubierta de una espesa hiedra. Casi todos los años es allí donde hacen su nido los gorriones. Allí los nidos están a salvo de los zorros, los mapaches y los gatos que rondan por la noche.

Un día se oyó una gran conmoción en la hiedra. Los gritos desesperados de angustia hicieron que ocho o diez gorriones de los bosques se unieran al grito de alarma. En seguida vi la causa de la conmoción; una serpiente se había deslizado de la hiedra y colgaba frente a la ventana, lo suficiente para que yo tirara de ella. El cuerpo de la víbora tenía dos bultos, clara evidencia de que se había comido dos gorriones del nido. En los cincuenta años que habíamos vivido en esa casa no habíamos visto algo semejante; era una experiencia única en la vida —o al menos eso pensamos.

Unos días después hubo otra conmoción; esta vez en la hiedra que cubría el cobertizo del perro. Escuchamos los mismos gritos y vimos a los gorriones del barrio amontonados. Sabíamos quién era el agresor. Uno de nuestros nietos se trepó al cerco y sacó otra serpiente que todavía tenía agarrada a la madre de los gorriones, a la cual había sacado del nido y había matado.

Me dije a mí mismo: “¿Qué está pasando?”, “¿están invadiendo el Jardín de Edén otra vez?”.

Y entonces recordé las advertencias de los profetas. No siempre estaremos a salvo de la influencia del adversario, aun dentro de nuestros hogares; debemos proteger a nuestros polluelos.

Vivimos en un mundo muy peligroso que amenaza las cosas espirituales. La familia, la organización básica en esta vida y en la eternidad, está bajo el ataque de fuerzas visibles e invisibles. El adversario está en acción; su objetivo es causar daño. Si debilita y destruye a la familia, habrá triunfado.

Los Santos de los Últimos Días reconocen la importancia trascendental de la familia y tratan de vivir de manera que el adversario no se infiltre en sus hogares. Encontramos protección y seguridad para nosotros y para nuestros hijos al honrar los convenios que hemos hecho y al ser obedientes en los simples actos de la vida, como se requiere de los seguidores de Cristo.

Isaías dijo: “Y el efecto de la rectitud será paz; y el resultado de la rectitud, reposo y seguridad para siempre”2.

Esa paz también se promete en la revelación en la que el Señor declara: “…si estáis preparados, no temeréis”3.

El supremo poder del sacerdocio se ha dado para proteger el hogar y a sus moradores. El padre tiene la autoridad y la responsabilidad de enseñar a sus hijos, de bendecirlos y de proporcionarles las ordenanzas del Evangelio y toda otra protección del sacerdocio que sea necesaria. Debe amar, ser fiel y honrar a la madre para que sus hijos vean el amor que siente por ella.

He llegado a saber que la fe es un poder real, no sólo una expresión o creencia. Hay pocas cosas que sean más poderosas que las oraciones fieles de una madre recta.

Aprendan ustedes mismos y enseñen a su familia sobre el don del Espíritu Santo y la expiación de Jesucristo. No hay obra eterna de mayor importancia que la que realicen dentro de sus propios hogares.

Sabemos que somos hijos procreados en espíritu de padres celestiales, que estamos aquí en la tierra para recibir cuerpos mortales y para ser probados. Quienes tenemos un cuerpo tenemos potestad sobre los que no lo tienen4. Somos libres de escoger lo que queramos y de determinar nuestras acciones, pero no somos libres de escoger las consecuencias; son inevitables.

El albedrío se define en las Escrituras como “albedrío moral”, que significa que podemos escoger entre el bien y el mal. El adversario procura tentarnos a que hagamos mal uso del albedrío.

Las Escrituras nos enseñan “que todo hombre obre en doctrina y principio pertenecientes a lo futuro, de acuerdo con el albedrío moral que yo le he dado, para que todo hombre responda por sus propios pecados en el día del juicio”5.

Alma enseñó que “el Señor no puede considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia”6. A fin de comprender esto, debemos separar el pecado del pecador.

Por ejemplo, cuando trajeron ante el Salvador a una mujer en adulterio, que obviamente era culpable, Él dio fin al asunto con cinco palabras: “Vete, y no peques más”7. Ése es el espíritu de Su ministerio.

La tolerancia es una virtud; sin embargo, como todas las virtudes, cuando se exagera se transforma en un vicio. Tenemos que tener cuidado de la “trampa de la tolerancia” para que no nos atrape. La permisividad adquirida al debilitar las leyes del país a fin de tolerar actos inmorales que han sido legalizados, no reduce las serias consecuencias espirituales que vienen al violar la ley de Dios de la castidad.

Todas las personas nacen con la Luz de Cristo, una influencia guiadora que permite a cada persona distinguir el bien del mal. Lo que hacemos con esa luz y cómo respondemos a esas impresiones de vivir rectamente es parte de la prueba de la mortalidad.

“Pues he aquí, a todo hombre se da el Espíritu de Cristo para que sepa discernir el bien del mal; por tanto, os muestro la manera de juzgar; porque toda cosa que invita a hacer lo bueno, y persuade a creer en Cristo, es enviada por el poder y el don de Cristo, por lo que sabréis, con un conocimiento perfecto, que es de Dios”8.

Cada uno de nosotros debe mantenerse en condiciones de responder a la inspiración y a los susurros del Espíritu Santo. El Señor tiene una manera de derramar inteligencia pura sobre nosotros a fin de motivarnos, guiarnos, enseñarnos y advertirnos. Cada hijo o hija de Dios puede saber de inmediato las cosas que necesita saber. Aprendan a recibir inspiración y revelación, y a seguirla.

De todo lo que he leído, enseñado y aprendido, la verdad más sagrada y preciada que tengo para ofrecer es mi testimonio especial del Salvador Jesucristo. Él vive; yo sé que Él vive, soy Su testigo. De Él puedo testificar y así lo hago. Él es nuestro Salvador, nuestro Redentor; de ello tengo la seguridad; de ello doy testimonio.

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    Notas

  1.   1.

    Boyd K. Packer, “Unfinished Composition”, 2012.

  2.   2.

    Isaías 32:17.

  3.   3.

    Doctrina y Convenios 38:30.

  4.   4.

    Véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 222.

  5.   5.

    Doctrina y Convenios 101:78.

  6.   6.

    Alma 45:16.

  7.   7.

    Juan 8:11.

  8.   8.

    Moroni 7:16.