Su maravillosa travesía a casa


Dieter F. Uchtdorf
Si con gozo utilizan el mapa que su amoroso Padre les ha proporcionado para el viaje, las conducirá a lugares santos y se elevarán a su potencial eterno.

Nos honra la presencia del presidente Thomas S. Monson esta noche, nuestro amado profeta. Presidente, siempre oramos por usted.

Mis queridas hermanas, gracias por la música y por sus palabras. Todo fue tan inspirado y apropiado para la Pascua, la sagrada época que celebramos esta semana.

Es un gozo estar con ustedes apreciadas hermanas jóvenes, junto con sus madres y sus maravillosas líderes. Tienes espíritus radiantes y sonrisas contagiosas. Sin duda el Señor las tiene presentes y las mira con amor desde los cielos.

Me crié en Zwickau, en la antigua Alemania Oriental. Cuando tenía más o menos once años, a mi padre lo pusieron bajo estrecha vigilancia por ser disidente político, y mis padres pensaron que lo mejor sería que nuestra familia huyera a Alemania Occidental. Se decidió que el plan más seguro era partir en momentos diferentes y seguir rutas distintas hacia el Oeste, dejando atrás todas nuestras pertenencias.

Debido a que mi padre era quien corría más peligro, tomó la ruta más rápida, o sea, por Berlín. Mis hermanos mayores se fueron hacia el norte, y cada uno encontró su propia manera de llegar al oeste. Mi hermana —que debe haber tenido la misma edad que muchas de ustedes— junto con Helga Fassmann, su maestra de las Mujeres Jóvenes, y otras personas, tomaron un tren que pasaba brevemente por Alemania Occidental. Le pagaron al encargado de las maletas para que les abriera una de las puertas, y una vez que el tren cruzó la frontera, saltaron del tren en movimiento hacia la libertad. Cuánto admiré a mi hermana por su valor.

Yo era el más pequeño, y mi madre decidió que ella y yo caminaríamos a través de una cadena montañosa que separaba los dos países. Recuerdo que preparó un almuerzo como si fuéramos a una caminata o a un día de campo en las montañas.

Tomamos un tren que nos llevara lo más lejos posible y después caminamos largas horas, acercándonos cada vez más a la frontera. La vigilancia en las fronteras era sumamente controlada, pero teníamos un mapa y sabíamos que a cierta hora y en cierto lugar podría ser seguro cruzar. Podía percibir la preocupación de mi madre, quien observaba meticulosamente el lugar para ver si nos seguían. Con cada paso, parecía que se le debilitaban más las piernas y las rodillas. La ayudé a cargar una bolsa pesada llena de comida, documentos importantes y fotografías familiares a medida que subíamos una última y elevada colina. De seguro, pensó ella, que para estas alturas ya habíamos pasado la frontera. Cuando por fin se sintió segura, se sentó y empezamos a comer nuestro almuerzo. Estoy seguro de que por primera vez ese día empezó a respirar más tranquila.

Fue en ese momento que nos fijamos en el letrero de la frontera. ¡Aún estaba a gran distancia de nosotros! Estábamos teniendo nuestro día de campo en el lado equivocado de la frontera; ¡todavía estábamos en Alemania Oriental!

¡Los guardias fronterizos podrían aparecer en cualquier momento!

Llena de pánico, mi madre guardó el almuerzo, y nos apresuramos a subir la colina lo más rápido posible. Esta vez no nos atrevíamos a detenernos hasta no estar seguros de que habíamos llegado al otro lado de la frontera.

A pesar de que cada miembro de nuestra familia había tomado rutas diferentes y pasado por dificultades muy diversas a lo largo del camino, al final todos llegamos a salvo; finalmente nos encontrábamos reunidos como familia. ¡Ése fue un día maravilloso!

Relatos de travesías

Lo que acabo de relatarles es una de las experiencias que para mí es una valiosa odisea. Ahora puedo mirar hacia atrás en mi vida y distinguir varias de estas “travesías” que he recorrido a lo largo del tiempo. No todas implicaban cruzar cadenas montañosas o fronteras políticas; algunas tuvieron más que ver con vencer dificultades o aumentar mi espiritualidad; pero, todas fueron travesías. Creo que la vida de cada uno es una colección de “relatos de travesías” personales.

Estoy seguro de que son conscientes de que toda tradición cultural está llena de relatos de travesías; por ejemplo, tal vez estén familiarizados con la de Dorothy y su perro, Totó, en El mago de Oz. Dorothy y Totó son arrastrados por un tornado y depositados en la Tierra de Oz, donde Dorothy encuentra ese camino particular de baldosas amarillas que marcan el sendero de un trayecto que al final la lleva de nuevo a casa.

Está también el avaro Ebenezer Scrooge, de Charles Dickens, cuya travesía no lo lleva de un lugar a otro, sino de una época a otra. Es una travesía dentro de su corazón que lo ayudó a comprender por qué llegó a ser como era y a ver lo que le ocurriría si continuaba en su sendero de egoísmo e ingratitud1.

Una de las grandes novelas clásicas de la literatura china es Viaje al Oeste. Escrita en el siglo dieciséis, relata bellamente la aventura y la peregrinación de un monje budista que, con la ayuda de cuatro personajes amigables, viaja rumbo a la iluminación espiritual.

Y naturalmente está Bilbo Bolsón, el pequeño y modesto hobbit que hubiese preferido mucho más quedarse en casa y tomar su sopa; sin embargo, después de que alguien tocó a la puerta, sigue el llamado de lo desconocido y sale al mundo acompañado por un hechicero y una banda de enanos para cumplir una misión peligrosa pero de importancia vital2.

Un relato universal

¿No nos encantan estos relatos de odiseas porque en esos viajeros nos vemos a nosotros mismos? Sus éxitos y sus fracasos nos ayudan a encontrar nuestro propio camino por la vida. El video que vieron hace unos minutos también habla de la historia de una hermosa travesía. Tal vez estos relatos también nos ayudan a recordar un trayecto con el que todos deberíamos estar familiarizados, el relato de una travesía en la que cada uno de nosotros desempeña un papel importante.

Esta historia comienza hace mucho tiempo, mucho antes de que la tierra empezara a girar en su órbita; mucho antes de que el sol extendiera sus brazos ardientes al frío del espacio; mucho antes de que las criaturas, grandes y pequeñas, habitaran nuestro planeta. Al comienzo de este relato, ustedes vivían en un lugar lejano y hermoso.

No conocemos muchos de los detalles de la vida en aquella esfera premortal, pero sí conocemos algunos. Nuestro Padre Celestial nos ha revelado quién es Él, quiénes somos nosotros y quiénes podemos llegar a ser.

En el primer estado, ustedes supieron con absoluta certeza que Dios existía porque lo vieron y lo oyeron; conocieron a Jesucristo, quien llegaría a ser el Cordero de Dios; ustedes tenían fe en Él y sabían que su destino no era permanecer en la seguridad de su hogar premortal. A pesar de lo mucho que amaban esa esfera eterna, sabían que querían y debían emprender un trayecto. Se apartarían de los brazos de su Padre, pasarían por el velo del olvido, recibirían un cuerpo mortal y aprenderían y experimentarían cosas que, con suerte, las ayudarían a crecer para llegar a ser más como el Padre Celestial y regresar a Su presencia.

En ese sagrado lugar, rodeadas de conocidos y seres queridos, la gran pregunta que ustedes tenían en la mente y en el corazón debe haber sido: “¿Regresaré a salvo a mi hogar celestial?”.

Había tantas cosas que estarían fuera de su control; la vida mortal a veces sería difícil, llena de curvas inesperadas en el camino: enfermedad, aflicción, accidentes, conflicto.

Sin tener un recuerdo de su existencia anterior, sin recordar que en una ocasión caminaron con su Padre Celestial, ¿reconocerían aún Su voz en medio del ruido y de las distracciones de la vida mortal?

La travesía futura parecía ser larga e incierta… llena de muchos riesgos.

No sería fácil; pero sabían que valdría la pena el esfuerzo.

De modo que allí estaban, al borde de la eternidad, esperando con inexpresable emoción y esperanza y, supongo que también con cierto grado de preocupación y temor.

Al final, sabían que Dios sería justo, que Su bondad triunfaría. Habían participado en el gran concilio de los cielos y sabían que Su Salvador y Redentor Jesucristo les proporcionaría la manera de ser limpias del pecado y rescatadas de la muerte física. Tenían fe que, al final, se regocijarían y unirían su voz con un coro celestial cantando alabanzas a Su santo nombre.

De modo que respiraron hondo…

y dieron un paso al frente…

¡Y aquí están!

¡Cada una de ustedes se ha embarcado en una maravillosa travesía que las llevará de nuevo a su hogar celestial!

Su mapa

Ahora que ya se encuentran sobre la tierra, sería prudente que se preguntaran cómo va su recorrido; ¿están en el camino correcto? ¿Están llegando a ser la persona que se dispuso que fueran y que deseaban ser? ¿Están tomando decisiones que las ayudarán a volver a su Padre Celestial?

Él no las envió en este viaje únicamente para que anduvieran solas sin rumbo fijo; Él desea que regresen a casa con Él. Les ha dado padres amorosos y fieles líderes de la Iglesia, junto con un mapa que describe el terreno y que localiza los peligros; el mapa les muestra dónde pueden encontrar la paz y la felicidad, y las ayudará a trazar su rumbo de nuevo a casa.

Pero bien, ¿dónde encuentran ese mapa?

  • En las sagradas Escrituras.

  • En las palabras de los profetas y apóstoles.

  • Y mediante la revelación personal del Espíritu Santo.

Ese mapa es el evangelio de Jesucristo, las buenas nuevas y el camino dichoso de un discípulo de Cristo; son los mandamientos y el ejemplo que nos ha dado nuestro Abogado y Mentor, quien conoce el camino porque Él es el camino3.

Naturalmente, el sólo tener un mapa no sirve de nada a menos que lo estudien, a menos que lo usen para navegar por la vida. Las invito a que consideren el estudiar y aplicar la palabra de Dios como una alta prioridad; abran su corazón al Espíritu Santo a fin de que Él las dirija a lo largo de su travesía por la vida.

El mapa que tienen está lleno de mensajes alentadores e instructivos del Padre Celestial y de Su Hijo Jesucristo. Hoy quisiera compartir con ustedes tres de esos mensajes, los cuales las ayudarán a tener un viaje exitoso de regreso a su hogar celestial.

El primer mensaje: “…no temáis, porque yo, el Señor, estoy con vosotros”4.

Ustedes no están solas en esta travesía; su Padre Celestial las conoce. Aun cuando nadie más las escuche, Él las escucha. Cuando se regocijan en rectitud, Él se regocija con ustedes. Cuando las acosan las tribulaciones, Él sufre con ustedes.

El interés que el Padre Celestial tiene en ustedes no se basa en la riqueza, la belleza, la salud o la inteligencia que posean. Él no las ve como el mundo las ve; Él ve quiénes son en realidad; Él ve su corazón5 y Él las ama6 porque son Sus hijas.

Queridas hermanas, busquen al Señor de todo corazón, y lo hallarán7.

Se los prometo, no están solas.

Dediquen un momento ahora mismo y vean a las personas que las rodean; algunas podrán ser sus líderes, amigos o familiares; a otras quizás nunca las hayan conocido. No obstante, todos los que vean a su alrededor —en esta reunión o en cualquier otro lugar, hoy o en cualquier otro momento— fueron valientes en el mundo premortal. Esa persona de aspecto modesto y común que esté sentada al lado de ustedes quizás haya sido una de las grandes figuras a quienes amaron y admiraron en la esfera de espíritus. ¡Ustedes mismas tal vez hayan sido esa clase de modelo!

De una cosa pueden estar seguras: toda persona que ven, independientemente de su raza, religión, creencias políticas, tipo de cuerpo o apariencia, es familia. La jovencita a la que ven tiene el mismo Padre Celestial que ustedes, y ella salió de Su amorosa presencia al igual que ustedes, ansiosa por venir a esta tierra y vivir de tal modo que algún día pudiese regresar a Él.

Sin embargo, quizás se sienta sola, así como ustedes se sienten a veces; incluso tal vez en ocasiones se olvide el propósito de su travesía. Por favor recuérdenle, mediante sus palabras y sus hechos, que no está sola. Todos estamos aquí para ayudarnos unos a otros.

La vida puede ser difícil, puede endurecer corazones al grado de que ciertas personas parezcan ser inalcanzables. Algunas quizás estén llenas de ira; otras tal vez se burlen y pongan en ridículo a aquellas que creen en un Dios amoroso; pero consideren esto: a pesar de que no lo recuerden, ellas también en un tiempo añoraron regresar con su Padre Celestial.

No es su responsabilidad convertir a nadie; ésa es la obra del Espíritu Santo. La tarea de ustedes es compartir sus creencias y no tener temor; sean amigables con todos, pero nunca rebajen sus normas. Manténganse fieles a sus convicciones y a su fe; sean valientes, porque son hijas de Dios y ¡Él está con ustedes!

El segundo mensaje: “Que os améis los unos a los otros, como yo os he amado”8.

¿Se han preguntado alguna vez qué idioma hablábamos cuando vivíamos en la presencia de Dios? Tengo la fuerte impresión de que era el alemán, pero supongo que nadie sabe por seguro. Lo que sí sé es que en nuestra vida premortal aprendimos, directamente del Padre de nuestros espíritus, un idioma universal, uno que tiene el poder para vencer barreras emocionales, físicas y espirituales.

Ese idioma es el amor puro de Jesucristo.

Es el idioma más poderoso del mundo.

El amor de Cristo no es un amor fingido; no es el amor que se imprime en tarjetas de felicitaciones; no es la clase de amor que se alaba en la música y en las películas populares.

Ese amor ocasiona cambios verdaderos en el carácter; puede penetrar el odio y disolver la envidia; puede sanar el resentimiento y apagar los fuegos de la amargura; puede llevar a cabo milagros.

Recibimos nuestras “primeras lecciones”9 en ese idioma de amor como espíritus en la presencia de Dios, y aquí en la tierra tenemos oportunidades de practicarlo y llegar a hablarlo con fluidez. Para saber si están aprendiendo este idioma de amor pueden evaluar qué es lo que motiva sus pensamientos y sus hechos.

Si sus pensamientos principales están centrados en cómo se beneficiarán, sus intenciones serán egoístas y superficiales. Ése no es el idioma que querrán aprender.

Pero si sus pensamientos y comportamientos principales están centrados en servir a Dios y a los demás, si verdaderamente desean bendecir y edificar a quienes las rodean, entonces el poder del amor puro de Cristo puede obrar en su corazón y en su vida. Ése es el idioma que querrán aprender.

Al hablar este idioma con fluidez y al utilizarlo en sus comunicaciones con los demás, reconocerán en ustedes algo que despertará en ellos el sentimiento oculto por tanto tiempo de buscar el camino correcto en la travesía que los llevará de nuevo a su hogar celestial. Después de todo, el idioma del amor es también el idioma natal de ellos.

Esta influencia profunda y perdurable es un idioma que llega hasta el alma misma; es un idioma de comprensión, un idioma de servicio, un idioma para edificar, regocijarse y consolar.

Aprendan a utilizar el idioma universal del amor de Cristo.

Y el tercer mensaje: “Sed de buen ánimo”10.

A veces nos impacientamos al ver donde nos encontramos en nuestra travesía, ¿verdad? Si tienen 12 años, tal vez quieran tener 14; a los 14, quizás deseen tener 18, y a los 18, a veces quizás desearían volver a tener 12 y poder empezar de nuevo.

Siempre habrá cosas de las que quejarse, cosas que no parecen marchar totalmente bien. Pueden pasarse los días sintiéndose tristes, solas, incomprendidas o que no las quieren. Pero ése no es el trayecto que ustedes esperaban, ni es el que el Padre Celestial las envió a que tomaran. Recuerden, ¡ustedes son en verdad hijas de Dios!

Con esto en mente, las invito a caminar con confianza y alegría; sí, el camino tiene baches y desviaciones, e incluso algunos peligros, pero no les presten atención. Procuren la felicidad que su Padre Celestial ha preparado para ustedes en cada paso del trayecto. La felicidad es el destino final, pero es también el camino. Lo que Él promete es “paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero”11. Es por eso que nos manda “ser de buen ánimo”.

Si con gozo utilizan el mapa que su amoroso Padre les ha proporcionado para el viaje, las conducirá a lugares santos y se elevarán a su potencial eterno; llegarán a ser las hijas de Dios que esperaron llegar a ser.

Queridas hermanas, queridas mujeres jóvenes de la Iglesia, queridas jóvenes amigas, como apóstol del Señor les dejo una bendición para que encuentren su camino en esta travesía a casa, y que sean una inspiración para sus compañeras de viaje. Es también mi promesa y oración que a medida que honren y vivan de acuerdo con los convenios, los principios y los valores del evangelio de Jesucristo, el Padre Celestial estará allí al final del trayecto. Él las abrazará y ustedes sabrán de una vez por todas que habrán llegado a casa a salvo. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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    Notas

  1.   1.

    Véase Charles Dickens, Un cuento de Navidad.

  2.   2.

    Véase J. R. R. Tolkien, El Hobbit.

  3.   3.

    Véase Juan 14:6.

  4.   4.

    Doctrina y Convenios 68:6; véanse también Isaías 41:10; Juan 14:18.

  5.   5.

    Véase 1 Samuel 16:7.

  6.   6.

    Véase 1 Pedro 5:6–7.

  7.   7.

    Véase Jeremías 29:13.

  8.   8.

    Juan 15:12; véanse también Juan 13:34; Moroni 7:45–48.

  9.   9.

    Doctrina y Convenios 138:56.

  10.   10.

    Véase Doctrina y Convenios 78:18; véanse también Juan 16:33; 3 Nefi 1:13.

  11.   11.

    Doctrina y Convenios 59:23.