Una oración paciente


Jose L. Alonso

Me crié en México con mis hermanos, mi madre y mi abuela. Todos los días, después de hacer las tareas y los quehaceres, jugaba al fútbol. ¡Me encantaba el fútbol! Hacía cuenta de que mi pierna derecha era un equipo y mi pierna izquierda era el otro equipo.

Un día, mientras jugaba al fútbol, de pronto no pude respirar bien. Descansé por unos minutos, pero seguía teniendo problemas para respirar. Me puse tan enfermo que tuve que ir al hospital.

Había muchos otros niños en la habitación del hospital, pero extrañaba a mi familia y me sentía muy solo. Aunque todavía no era miembro de la Iglesia, creía en Dios. Todos los días oraba para que sanara, pero en lugar de eso me ponía cada vez peor. Los médicos pensaban que tal vez no viviría.

Al final los doctores me mandaron del hospital a casa, pero tuve que pasar el siguiente año en cama. Tomaba muchas pastillas y recibía dos inyecciones cada día. Todavía tenía una oración en el corazón. Le dije al Padre Celestial que, si mejoraba, le serviría toda la vida.

Entonces, un día, mientras leía en la cama, se me cayó el libro por accidente. Cuando traté de alcanzarlo, me di cuenta de que estaba respirando de forma normal. Volví a tirar el libro, ¡y otra vez lo pude recoger sin ningún problema!

Salí de la cama. Al principio estaba mareado porque no había caminado solo por mucho tiempo. Me miré en el espejo y vi que estaba sonriendo. Sabía que había recibido una respuesta del Padre Celestial.

Todos los días desde entonces he intentado hacer algo para expresar mi gratitud al Padre Celestial. Cuando crecí, llegué a ser médico para ayudar a contestar las oraciones de otros niños, y ahora intento servir al Padre Celestial mediante mi llamamiento en la Iglesia.

Las respuestas a las oraciones no siempre llegan de forma fácil, y no siempre llegan de inmediato, pero sé que el Padre Celestial contesta nuestras oraciones. Él conoce nuestras necesidades y sabe lo que es mejor para nosotros.