¡Oh cuán grande es el plan de nuestro Dios!


En un momento en que sentía tanto dolor y soledad en mi corazón, el conocimiento del Evangelio me dio la confianza para seguir adelante.
two young men in white

Ilustraciones por Cynthia Clark.

Crecí en un lugar donde la Iglesia no era muy conocida: un pueblo que ahora se llama Berkh, al norte de Mongolia. Soy el segundo hijo de entre tres varones; de chicos, estábamos juntos todo el tiempo. Cuando mi hermano mayor se mudó a la ciudad para ir a la universidad, lo extrañaba muchísimo; dos años después, volvió a casa para pasar las vacaciones de verano. Aquel verano mi familia se fue a cazar en las colinas rocosas por tres meses; fue una de las mejores vacaciones de mi vida.

Mi hermano empezó a hablarme de una iglesia a la que se había unido: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. En aquella época no me gustaban las iglesias cristianas, así que no presté mucha atención a lo que me dijo.

Un día de otoño, regresamos de cazar y nos encontramos con visitantes de la ciudad; eran de la Iglesia de la que mi hermano había estado hablando. Él regresó a la ciudad con ellos esa noche y un tiempo después nos enteramos de cuál era la razón por la que había partido: había recibido un llamamiento para servir en una misión. ¡Él ni siquiera nos había dicho que había enviado su solicitud! Poco después, mi hermano mayor se fue a la misión a los Estados Unidos de América.

Convertido al Evangelio

El año siguiente, terminé la escuela secundaria y me mudé a la ciudad para ir a la universidad. Resultó que la familia con la que me hospedaba era miembro de la Iglesia. Un domingo por la mañana, me invitaron a que los acompañara a la capilla y, como había escuchado mucho acerca de la Iglesia, decidí probar ir una vez.

Terminé asistiendo a la capilla muchas veces; no podía evitar sentirme en paz cada vez que estaba allí. Las personas eran muy amables y siempre me estrechaban la mano. La Iglesia era diferente a lo que me había imaginado y empecé a tomar las lecciones de los misioneros, con quienes me reuní durante casi dos años.

Sabía que deseaba bautizarme, pero hubo que posponer mi bautismo porque me costaba cumplir con la Palabra de Sabiduría. Fue una época difícil para mí, pero con el tiempo estuve listo para bautizarme. Tuve la fortuna de que me bautizara mi hermano mayor, que había regresado de su misión pocos meses antes. A veces, al recordar aquel momento, lloro; fue el momento más feliz de mi vida.

Después de unirme a la Iglesia, mi hermano me hablaba sobre la obra misional casi todos los días y siempre me alentaba a que sirviera en una misión. Con su ayuda, llené la solicitud para la misión. Jamás olvidaré cuán felices éramos mi hermano mayor y yo en aquel entonces.

Una experiencia aterradora

Una noche, mi hermano me llamó para que me encontrara con él después de su trabajo; quería hablarme acerca de algunas cosas relacionadas con la misión. Fijamos una hora para encontrarnos en la plaza central.

En esa época se estaban realizando las elecciones parlamentarias en Mongolia. Cuando nos encontramos en la plaza central, algunos ciudadanos estaban llevando a cabo una manifestación por la elección. Aunque estaba la policía, la manifestación se estaba poniendo violenta y alarmante: se estaba intensificando y estaba convirtiéndose en un disturbio. Un edificio grande y varios autos estaban en llamas, y la gente gritaba. Era aterrador.

Mi hermano y yo nos habíamos encontrado lejos de la manifestación, pero él estaba preocupado. Me dio dinero para un taxi y me dijo que fuera directo a casa; me indicó que nos veríamos al día siguiente, ya que él tenía planes de regresar a su casa, que quedaba más cerca de su lugar de trabajo. El taxi llegó y nos despedimos rápidamente antes de que yo partiera.

En seguida me enteré de que el gobierno había cerrado todas las calles por causa del disturbio. Como no pude llegar a mi casa, que quedaba en las afueras de la ciudad, pasé la noche en mi trabajo. En todas partes había coches blindados y soldados armados; las peleas empeoraron y esa noche se declaró un estado de emergencia que duró cuatro días.

Cuando terminó el estado de emergencia, mi cuñado fue a buscarme. Llegamos a su casa y nos encontramos con todos nuestros familiares esperando allí; todos estaban llorando. Me enteré de que le habían disparado a mi hermano mientras caminaba hacia su casa.

Sentí que me iba a estallar el corazón. Mi hermano había muerto a los veinticuatro años por causa de esa manifestación. Los días posteriores a la muerte de mi hermano fueron de los más terribles de mi vida.

Fue durante esos tiempos difíciles que recibí mi llamamiento misional. Después de haber pasado por mi conversión, mi bautismo y la preparación de los papeles misionales junto a mi hermano, me tocó abrir el llamamiento solo. Para mi sorpresa, fui llamado a servir en mi propio país.

Como estaba solo, me arrodillé allí mismo y le agradecí al Padre Celestial en oración. Y oré por mi hermano. Lloré y lloré mientras oraba. En un momento en que sentía tanto dolor y soledad en mi corazón, sentí que el Espíritu me testificaba con poder acerca del Plan de Salvación y mi fe se fortaleció.

De izquierda a derecha: Amarsanaa y sus hermanos, Dorjsuren y Amarsaikhan.

Un testimonio de Su plan

Aunque mi hermano no estuvo junto a mí para abrir mi llamamiento misional, siempre le estaré agradecido. También estoy muy agradecido a Dios, quien nos ha dado el Plan de Salvación mediante la expiación de Jesucristo. Es el plan más maravilloso. Si vivimos de acuerdo con él, habrá paz en nuestro corazón.

Las Escrituras nos dicen: “¡Oh cuán grande es el plan de nuestro Dios! Porque… el paraíso de Dios ha de entregar los espíritus de los justos, y la tumba los cuerpos de los justos; y el espíritu y el cuerpo son restaurados de nuevo el uno al otro, y todos los hombres se tornan incorruptibles e inmortales; y son almas vivientes” (2 Nefi 9:13).

Sé que mi hermano está vivo en el mundo de los espíritus. Este conocimiento me da la confianza que necesito para tener éxito en mi misión. Sé que él estará conmigo durante las épocas difíciles y que el Señor también lo estará.

Hasta los tiempos más difíciles pueden ser una bendición

Presidente Henry B. Eyring

“Si tenemos fe en Jesucristo, los tiempos más difíciles de la vida, así como los más fáciles, pueden ser una bendición. En todas las situaciones, podemos elegir lo justo con la guía del Espíritu. Tenemos el evangelio de Jesucristo para dar forma y guía a nuestra vida si así lo decidimos. Y con los profetas que nos revelan nuestro lugar en el plan de salvación podemos vivir con perfecta esperanza y con un sentimiento de paz”.

Presidente Henry B. Eyring, Primer Consejero de la Primera Presidencia, “Montañas que ascender”, Liahona, mayo de 2012, pág. 26.