La mala película


“Solamente leeré y veré cosas que sean agradables para mi Padre Celestial” (Mis normas del Evangelio).
Cuando Evelyn vio el nombre de la película, el corazón le comenzó a latir fuertemente.

“Clase, tengo una sorpresa para ustedes”, dijo la Sra. Taylor mientras caminaba al frente del salón.

Evelyn levantó la vista de su examen, sonriendo. En la parte de arriba, había un gran “Sobresaliente”.

“Todos hicieron tan bien el examen que mañana veremos una película como premio”, dijo la Sra. Taylor, escribiendo tres títulos en la pizarra. “Éstas son las opciones por las que podemos votar”, dijo por encima de los vítores de los demás.

Evelyn dio saltitos en su asiento, tratando de ver cuáles eran los títulos. Las primeras dos películas eran unas de sus favoritas. Se acercó a su amiga Katy. “¿Por cuál vas a votar tú?”.

“Definitivamente la número tres”, dijo Katy. “Mis padres no nos dejaron verla en casa, así que nunca la llegué a ver”.

Evelyn miró la pizarra de nuevo y vio el nombre de la tercera película. El corazón le comenzó a latir fuertemente; Evelyn había oído de esa película y sabía que no se sentiría bien al verla. ¿Qué pasaría si su clase votaba por ésa?

“¿A quién le gustaría votar por la opción uno?”, preguntó la Sra. Taylor.

Evelyn levantó la mano muy alto y miró a su alrededor. Se mordió el labio nerviosa; sólo había dos personas más votando.

La Sra. Taylor lo apuntó en la pizarra. “¿La opción dos?”.

A Evelyn se le cayó el corazón a los pies. Sólo tres levantaron la mano.

“¿Y la opción tres?”.

Quince manos se levantaron rápido. Evelyn se desplomó en su asiento y empezó a sentir dolor de estómago. ¿Cómo podía evitar ver la película si todos los demás querían hacerlo?

Cuando llegó a casa, Evelyn fue directamente a su habitación y dejó caer la mochila al suelo con un fuerte golpe. El mal sentimiento le había durado todo el día. “Me gustaría estar enferma de verdad”, pensó. “Entonces no tendría que ir a la escuela mañana”.

Evelyn sacó el examen de su mochila y lo miró fijamente, agarrándolo fuerte con las manos. “Se suponía que la película iba a ser un premio, ¡no un castigo!”, pensó mientras arrugaba el examen enojada y lo ponía debajo de la cama. Los ojos se le llenaron de lágrimas, se arrodilló junto a la cama y comenzó a llorar. Después comenzó a orar. Le salieron algunas frases enredadas, pidiéndole al Padre Celestial que le quitara sus problemas, pero después de un tiempo su oración cambió. “Por favor, ayúdame a solucionar esto. No quiero ver una película que me haga sentir mal, y espero que mis amigos y la maestra lo entiendan”.

Evelyn terminó su oración. El temblor y el mal sentimiento habían desaparecido, y ya ni siquiera sentía miedo.

Levantándose de un salto, Evelyn salió corriendo de su cuarto para buscar a su mamá. Tenía una idea.

Al día siguiente, Evelyn entró al salón de clase. En una mano llevaba una nota de su mamá que explicaba que ver esa película la haría sentirse incómoda. En la otra mano llevaba tres de sus películas favoritas. Evelyn le dio la nota a la Sra. Taylor y la miró mientras la leía.

“Gracias por decirme cómo te sientes”, dijo la Sra. Taylor.

“Mi mamá dice que está bien si voy a sentarme con otra clase mientras ven la película”, dijo Evelyn. “Pero también traje otras películas por si los demás quieren ver una de ellas en su lugar”.

La Sra. Taylor sonrió y extendió la mano hacia las películas. “Una película no sería un buen premio si no todos la podemos disfrutar”, dijo ella.

La Sra. Taylor escribió los nuevos títulos en la pizarra. “Clase, me gustaría que volviéramos a votar de nuevo hoy por la película. Tengo algunas nuevas opciones”.

Evelyn fue y se sentó en su escritorio, feliz porque no tendría que perderse el premio de la clase. Pero el mejor premio era saber que el Padre Celestial le había quitado el miedo y le había dado el valor para hacer lo justo.

Presidente Thomas S. Monson

“A fin de ayudar a los demás, nosotros mismos necesitamos la valentía espiritual y moral para resistir la maldad que vemos por todas partes”.

Presidente Thomas S. Monson, “Tres metas para guiarte”, Liahona, noviembre de 2007, pág. 119.