Ninguna cosa es imposible para Dios


Hace aproximadamente doce años, emigré con mi esposa y nuestros cuatro hijos de la República de Corea a Nueva Zelanda. Mientras trabajaba como vicedirector de una escuela coreana en Nueva Zelanda, conocí a muchos coreanos a los que les costaba adaptarse a la nueva cultura y a las nuevas reglas y procedimientos. Yo quería ayudarlos y al mismo tiempo contribuir a Nueva Zelanda, de modo que pensé que una manera de salvar las diferencias entre los dos pueblos y países sería convertirme en abogado. Así que, después de orar para confirmarlo, a los 53 años, decidí asistir a la facultad de derecho.

Sabía que eso supondría un reto, pero cuando recibí los manuales de estudio, me di cuenta de que sería mucho más difícil de lo que esperaba. Cada uno de los libros de texto era muy grueso, y el contenido parecía estar más allá de mi comprensión. A pesar de que había ayudado a interpretar del inglés al coreano para la conferencia general durante casi diez años y había terminado una maestría en lingüística en Nueva Zelanda, la terminología legal parecía ser un tipo de inglés totalmente diferente.

Al regresar a casa después del primer día de clases, tuve que considerar seriamente si debía continuar o abandonar los estudios antes de empezar. Durante ese tiempo de incertidumbre, una idea parecía destacarse en mi mente: podría tener éxito si confiaba totalmente en el Señor.

Debido a que sé que Dios vive y que contesta las oraciones, le pedí ayuda. Recordé un pasaje de la Biblia que me brindó mucho alivio: “…porque ninguna cosa es imposible para Dios” (Lucas 1:37). Ese pasaje me dio la fuerza para seguir adelante.

Cada vez que me enfrenté con dificultades durante los estudios, Dios siempre preparó el camino o envió ángeles —personas dispuestas a ayudar— para guiarme.

Un día estaba teniendo dificultades para terminar una asignación. Me esforcé lo más posible, pero no entendía lo que el profesor quería que hiciéramos. Cuando llegó el domingo, pospuse todos mis estudios a fin de concentrarme en las asignaciones de la Iglesia. Como miembro del sumo consejo, visité el barrio que se me había asignado para dar un discurso en la reunión sacramental. Después de la reunión, se me acercó un hermano que me dijo que me había visto en la clase de la universidad. Yo no sabía que él también era estudiante de derecho. Cuando me preguntó cómo me iba con la asignación, le dije con toda franqueza que estaba teniendo dificultades. Él se ofreció a ir a mi casa para ayudarme. Si yo no hubiera ido al barrio y no lo hubiera conocido, no habría podido entregar la asignación a tiempo. Él fue un ángel a quien Dios había mandado como respuesta a mi oración.

En una de mis clases más difíciles, el profesor disertaba durante dos horas sin parar cada vez que teníamos clase. Era difícil entender no sólo el contenido de la clase, sino también el acento que él tenía; de modo que, con su permiso, grabé las clases para repasarlas. Un día recibí un correo electrónico de una mujer a quien no conocía; se presentó como una compañera de clase y me preguntó si yo podía compartir las grabaciones con ella ya que su horario de trabajo a veces no le permitía asistir a las clases.

Naturalmente no tuve inconveniente en darle copias de mis grabaciones. Pensé que yo la estaba ayudando, pero no tardé en darme cuenta de que era otro ángel que Dios había dispuesto para que me ayudara. A fin de aprobar la clase, debíamos entregar dos asignaciones y tomar un examen de tres horas. Ella me ayudó a completar las asignaciones y a prepararme para el examen; sin su ayuda, no creo que hubiera aprobado.

Además de las dificultades de ser un estudiante de edad mayor y de que el idioma inglés no era mi idioma materno, tenía otras responsabilidades que me hacían difícil terminar el programa de estudios. Mi trabajo, las obligaciones en la comunidad y los llamamientos en la Iglesia me exigían mucho tiempo; y también me esforzaba por dar el cuidado y la atención necesarios a mis responsabilidades más importantes como esposo, padre y abuelo. Cuando uno de mis colegas se enteró de todo lo que tenía que hacer además de mis estudios, dijo que era una locura que yo estudiara leyes en vista de todas las demás obligaciones que tenía. Sin embargo, tenía la convicción de que “lo que es imposible para los hombres es posible para Dios” (Lucas 18:27).

A los 55 años, fui admitido como miembro del Colegio de Abogados en calidad de abogado litigante y consultor ante el Tribunal Superior de Nueva Zelanda. Estoy agradecido porque no sólo llegué a ser abogado a pesar de la barrera del idioma, sino que también obtuve un testimonio más firme de que Dios vive y de que contesta nuestras oraciones justas. Sé que nada es imposible con Su ayuda.

Las luchas producen progreso

Élder Dallin H. Oaks

“Quizás tengamos que luchar por alcanzar nuestras metas, pero esas luchas tal vez produzcan tanto progreso como la instrucción que recibamos. La fortaleza que logremos para vencer las dificultades permanecerá con nosotros por las eternidades”.

Élder Dallin H. Oaks, del Quórum de los Doce Apóstoles, y hermana Kristen M. Oaks, “La educación y los Santos de los Últimos Días”, Liahona, abril de 2009, pág. 31.