Rotulador permanente


Las marcas de nuestros errores no tienen por qué ser permanentes. Vale la pena tener las manos limpias, aun cuando sea doloroso.

Una semana después de terminar la escuela secundaria (bachillerato), me mudé al lado opuesto del país para vivir con la familia de mi hermana mayor durante el verano, antes de empezar la universidad en otoño.

Hice algunos amigos nuevos, la mayoría de los cuales eran mayores que yo y de la universidad. Un sábado por la noche, dos de ellos pasaron a buscarme para ir a escuchar a una banda muy buena que iba a tocar en una discoteca cercana.

Cuando nos estacionamos, empecé a sentirme un poco nerviosa, pero no quería quejarme ni arruinar la noche. Entramos en la discoteca y el hombre que se encontraba detrás del mostrador le echó un vistazo a mi licencia para conducir, tras lo cual, sin previo aviso, me pasó un rotulador negro permanente por los nudillos de las dos manos.

Sorprendida, bajé la vista y me di cuenta de que me había marcado las manos para mostrar que no tenía la edad suficiente para comprar alcohol en el bar.

En seguida me sentí incómoda; la gente estaba bebiendo y fumando.

Lamento decir que no tuve la valentía de irme en ese preciso momento. Después de unos treinta minutos, uno de mis amigos me preguntó si me sentía bien y le dije que me dolía la cabeza por la música y el humo. Él se ofreció a llevarme a casa y acepté agradecida.

Ya en la casa de mi hermana, corrí al baño y restregué las marcas negras hasta que me dolió. Al día siguiente tomaría la Santa Cena con esas manos y deseaba desesperadamente que estuvieran limpias; sin embargo, aún se veían dos tenues líneas negras sobre mi piel lastimada y rosada.

Antes de acostarme, pedí perdón en oración por no haber tenido el valor de irme y, más específicamente, por no haber tenido la valentía de no entrar desde un principio. Le prometí al Padre Celestial que jamás volvería a ponerme en una situación como ésa.

A la mañana siguiente pude sacarme casi todo el resto de las marcas y mis manos estaban casi completamente limpias cuando tomé la Santa Cena. Me puse a pensar en que el pecado es como esas marcas negras: requiere esfuerzo, e incluso puede resultarnos doloroso, pero podemos arrepentirnos y nuestros pecados pueden ser quitados, mediante el poder de la Expiación, para que quedemos limpios de las manchas negras de nuestra vida.