¡Se escaparon las alpacas!


La última alpaca no se movía. ¿Qué debía hacer?
“Padre Celestial, ahora te ruego que me guíes y protejas cada día” (“Heavenly Father, Now I Pray”, Children’s Songbook, pág. 19).

El verano pasado trabajé para mi vecina. Tiene una granja grande de alpacas junto a su huerto de nogales. Las alpacas se parecen a las llamas, pero son más pequeñas.

Mi trabajo era limpiar los compartimientos del establo todos los días. Aunque no era fácil, me gustaba el trabajo.

Una cálida tarde de verano llegué y mi vecina no estaba; pero eso no era un problema. Ella ya me había dicho que podía limpiar el establo cuando quisiera, aunque ella no estuviera.

Mientras limpiaba, una de las alpacas derribó uno de los portones. En pocos segundos, las 14 alpacas que había se escaparon al jardín y al huerto. ¡No lo podía creer! Casi me descompongo. ¿Cómo podría traerlas de vuelta yo solo?

Salí corriendo lo más rápido que pude, reuniendo una o dos a la vez. Después de quince minutos, el corazón me latía con fuerza por correr tanto, pero por fin, la última entró en el establo. ¡Menos mal!

Entonces me volví y vi una alpaca echada junto a un árbol frutal a unos 9 metros de mí. ¡No! Todavía me faltaba una. Intenté asustarla para que regresara al establo, pero no se movía. Entonces intenté tirar de ella con un arnés y una cuerda que encontré en el garaje. Tampoco funcionó. Se quedó echada como una montaña gigante de ladrillos. Respiré hondo, frustrado. ¿Qué más podía intentar?

Entonces recordé que siempre hay una manera de pedir ayuda, sin importar dónde estemos. Me arrodillé a orar. Tan pronto como terminé de orar, abrí los ojos y casi no pude creer lo que vi. La alpaca estaba caminando de vuelta al establo, ella sola. Abrí el portón y entró directamente.

Sonreí mientras iba a casa en mi bicicleta. Sabía que el Padre Celestial había contestado mi oración.