Nuestra respuesta


Una sencilla oración cambió a mi familia para siempre.
“Él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo” (Moroni 10:4).

Todavía recuerdo la primera vez que vi a dos hombres frente a la puerta de nuestra casa en Perú. Llevaban camisa blanca y corbata, ¡y eran muy altos! Yo pensaba que tenían sonrisas muy afectuosas.

“Seguro que son amables”, pensé. Mis padres debieron pensar lo mismo, porque al poco tiempo los misioneros venían a nuestra casa con frecuencia.

Me encantaba escuchar a los misioneros y siempre sentía que decían la verdad.

“¿No te quieres bautizar, mamá?”, le pregunté a mi mamá un día.

Ella sonrió. “Sí, pero me quiero bautizar con tu papá”.

Asentí. Yo tenía nueve años, por lo que podía bautizarme. Pero también me quería bautizar con mi papá, y él no estaba seguro de si creía lo que los misioneros enseñaban.

“Sigue orando y llegará el momento”, dijo mamá, como si pudiera leerme el pensamiento.

Yo sabía que los misioneros habían desafiado a mi padre a seguir la invitación al final del Libro de Mormón de preguntarle a Dios con un corazón sincero si el Evangelio era verdadero. De modo que una noche decidí ayudar a mi padre con ese desafío. Le pregunté si podíamos orar juntos de la forma en que los misioneros se lo habían pedido. Fuimos a mi habitación y nos arrodillamos. Él me preguntó quién iba a hacer la oración.

“Hazla tú, por favor”, dije yo.

Mi padre comenzó a orar al Padre Celestial. Cuando preguntó si se debía bautizar, nos envolvió un sentimiento de amor y paz. Era tan fuerte que mi padre dejó de hablar por un momento. Sabíamos que nos debíamos bautizar.

Nunca olvidaré la expresión en los ojos de mi padre cuando terminó esa oración.

“Tenemos nuestra respuesta”, susurró, mientras me abrazaba.

Sonreí mientras apoyaba mi cabeza en su hombro. El Espíritu Santo había hecho posible que supiéramos la verdad (véase Moroni 10:5).