Hasta la próxima

Gracia para la madre pata y para mí


Tal como la mamá pata, a veces “me quedo corta”; es entonces que interviene el Salvador.

Gracia para la MAMÁ pata y para mí

Una tarde de primavera estaba cargando el auto para comenzar a llevar y traer a mis cinco hijos a lecciones y prácticas. Mientras colocaba los zapatos de fútbol y las bolsas de baile, me fijé que por la acera de nuestro vecindario caminaba una pata con sus patitos.

Mientras los observaba, comenzaron a cruzar la calle. Desafortunadamente, la pata escogió una alcantarilla para cruzar y, mientras pasaba sobre ella, sus bebés la siguieron. Cuatro de sus patitos cayeron por entre las rejillas de la alcantarilla sin poder hacer nada por evitarlo.

Cuando la madre llegó al otro lado, se dio cuenta de que le faltaban algunos de sus pequeñitos y los podía oír a lo lejos. Sin darse cuenta de su error, volvió a pasar por la alcantarilla en busca de sus patitos perdidos, y perdió dos más. Horrorizada y sintiéndome un poco indignada por el poco criterio que demostró la pata, fui a la alcantarilla para ver si podía levantar la rejilla. Aunque usé toda mi fuerza, casi ni se movió, y se me hacía tarde para recoger a uno de mis hijos.

Pensando que tendría que solucionar la situación más tarde cuando no tuviera apuro, me subí al auto mientras susurraba con tono de superioridad: “No merece ser madre”.

Durante la siguiente hora y media, cometí muchos de mis repetidos errores como madre; errores por los que he suplicado ser perdonada muchas veces, tanto a mis hijos como a mi Padre Celestial. Todas las veces tengo la resolución de ser mejor y de no volver a caer víctima de esas debilidades. Cuando me irrité con uno de mis hijos por molestar a otro, mis palabras resonaron fuertemente en mis oídos: “No merece ser madre”.

De pronto sentí una compasión enorme por esa mamá pata. Estaba intentando ir por el mundo con los instintos que se le habían dado, al igual que yo. Pero a veces esos instintos simplemente no eran suficientes, y eran nuestros hijos los que sufrían.

Decidí quitar la rejilla de alguna forma y sacar a los patitos. Al doblar la esquina de nuestra calle, vi a un pequeño grupo que se había reunido. Mi vecino había quitado la rejilla, entrado al túnel de la alcantarilla, y estaba sacando con cuidado a los patitos para ponerlos en un lugar seguro. Los asustados patitos salieron corriendo a buscar a su madre, que caminaba nerviosa en un arbusto cercano. Ella no había pedido ayuda, pero mi vecino había intervenido cuando la protección que ella podía darles simplemente no había sido suficiente. Me sentí conmovida al pensar que el Salvador hacía lo mismo por mis hijos y por mí.

A veces nos quedamos cortos, aún cuando hayamos tenido las mejores intenciones y hayamos puesto nuestro mejor esfuerzo. Sin embargo, “basta [la] gracia [del Salvador] a todos los hombres que se humillan ante [Él]” (Éter 12:27). Me consuela saber que mis defectos no arruinarán a mis hijos y que serán los receptores del amor, de la paz, la comprensión y la gracia de nuestro Salvador. Él “me da Su mano”1 y quiere que mi familia y yo tengamos éxito. Nuestros defectos no prevalecerán cuando nos humillemos y estemos con el Señor a nuestro lado.

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    Nota

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    “¿Dónde hallo el solaz?”, Himnos, Nº 69.