2013
Buenas preguntas, buenos análisis
Agosto 2013


Buenas preguntas, buenos análisis

El autor vive en el estado de Utah, EE. UU.

A fin de fomentar el análisis en las clases se requiere algo más que hacer preguntas: Es preciso hacer las preguntas apropiadas.

Una maestra de la Escuela Dominical pregunta: “¿Quiénes fueron los dos primeros habitantes de la tierra?”. Se queda mirando con expectativa a los adolescentes de su clase, pero nadie levanta la mano; todos están contemplándose los pies u hojeando distraídos las Escrituras. “Es una pregunta muy sencilla”, les dice. “¿Nadie sabe la respuesta?”

En la sala contigua, el maestro de la clase de Doctrina del Evangelio pregunta: “¿Cuál es el principio más importante del Evangelio?”.

Una hermana levanta la mano tímidamente: “¿La fe?”, dice vacilante.

“Buena respuesta, hermana”, dice el maestro; “pero no es exactamente lo que quiero. ¿Alguien más?”

Silencio.

Los maestros hacen preguntas porque quieren que los miembros de la clase participen en la lección; saben que los alumnos que participan aprenden más que aquellos que sólo escuchan. Pero las preguntas como las que acabo de mencionar por lo general no dan resultado.

“¿Quiénes fueron los dos primeros habitantes de la tierra?” no es una pregunta eficaz porque la respuesta es tan obvia que nadie quiere contestar ni ve la necesidad de hacerlo.

“¿Cuál es el principio más importante del Evangelio?” tampoco es adecuada pues nadie sabe qué respuesta es la que busca el maestro y es como si les dijera: “Adivinen lo que estoy pensando”.

Ésas son preguntas concretas y cada una tiene una respuesta específica. Los buenos análisis en clase ocurren cuando se hace un tipo diferente de pregunta; aunque parezca extraño, preguntas sin una respuesta específica. Ésa es la clave.

Hacer preguntas abiertas

Si usted es maestro de una clase de adultos, podría preguntar: “¿Qué principio del Evangelio ha sido más importante para ustedes, y por qué?”. Probablemente los miembros se detengan a pensar en sus propias vivencias, y eso es bueno. Si espera unos segundos, verá que empiezan a levantar la mano y escuchará relatos verdaderos y sinceros de experiencias que han tenido con el Evangelio; también notará que los comentarios de una persona provocarán los de otros miembros de la clase. Al poco rato, ¡todos participarán en un análisis interesante e inspirador!

Si desea que la clase haga un análisis sobre un tema específico como la fe, considere decirles algo como lo siguiente: “Hoy hablaremos de la fe, el primer principio del Evangelio”. Luego haga una pregunta sobre la fe que no tenga una respuesta concreta:

  1. “¿Cómo influye la fe en sus vidas?”

  2. “¿Por qué querrá el Señor que tengamos fe?”

  3. “¿De qué manera podemos aumentar nuestra fe?”

Surgirán muchas respuestas y, si lo desea, puede escribirlas en la pizarra (en forma abreviada) a medida que contesten; de ese modo, al terminar, tendrá una buena lista que puede utilizar para hacer un resumen del análisis.

Además, hay otra ventaja al hacer preguntas abiertas: incluso los miembros de la clase que no participen en el análisis estarán pensando en las preguntas, y es posible que su comprensión y testimonio aumenten aunque no hayan dicho nada.

El análisis de las Escrituras

Las preguntas abiertas también resultan eficaces al analizar las Escrituras. Muchos maestros piensan que una buena manera de hacer participar a los alumnos es pedirles que lean algunos versículos; lamentablemente, no siempre es así; hay personas que no leen bien y tienen dificultad con algunas palabras, y otros miembros de la clase tal vez tengan dificultad para oír al lector.

La persona a quien mejor se oye en un salón de clases es al maestro, que está al frente. Además, el maestro puede detenerse en medio de un pasaje de Escrituras para hacer una pregunta y fomentar el análisis. Al leer el ejemplo que aparece a continuación, fíjese si nota lo que hace el maestro para alentar la participación de la clase.

Maestro: “Hoy vamos a hablar de un relato bien conocido: la parábola del hijo pródigo; pero me gustaría que pensáramos no sólo en el hijo pródigo, sino también en los otros miembros de la familia. Tengan a bien abrir la Biblia en Lucas 15:11, en la página 1645”. (Dar el número de página ayuda a los alumnos que no estén familiarizados con las Escrituras.)

Después de que los miembros de la clase encuentran el pasaje, el maestro empieza a leer: “‘Un hombre tenía dos hijos,

“‘y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes’. De acuerdo con esto, ¿qué detalles podemos mencionar ya de esa familia?”. (Fíjese que es una pregunta abierta.)

Alumno: “Parece que el padre estaba dispuesto a dar a su hijo menor lo que quería”.

Maestro: “Así es, ¿verdad? Generalmente, los hijos no recibían su herencia hasta después de morir el padre, pero se nota que aquel padre era un hombre amoroso y generoso. ¿Qué más?”.

Alumno: “Me da la impresión de que el hijo menor era egoísta; eso era pedir demasiado de un padre que todavía estaba vivo”.

Maestro: “Sí, es cierto; parece que sólo pensaba en sí mismo. ¿Y qué piensan del hijo mayor?”.

Alumno: “Hasta ahora parece muy callado”. Los demás se ríen.

Maestro: “Bueno, eso tal vez nos comunique algo sobre su carácter. Fijémonos en eso al continuar la lectura”.

Al leer ese ejemplo, ¿notó lo que hizo el maestro para fomentar el análisis? Si lo desea, puede hacer una lista; será su propia interpretación de las circunstancias, así que, todas sus respuestas serán correctas. ¿Por qué? Porque la primera pregunta de este párrafo es una pregunta abierta, y siempre que la conteste sinceramente, no habrá respuestas equivocadas. Lo mismo sucederá con los alumnos si usted hace preguntas similares en el salón de clases, lo cual significa que ellos se darán cuenta de que los comentarios que hacen son bien recibidos y que pueden contestar con tranquilidad.

Además, tal vez haya notado que hice algo al principio para despertar su interés antes de que usted empezara a leer. Escribí: “Al leer el ejemplo que aparece a continuación, fíjese si se da cuenta de lo que hace el maestro para fomentar la participación de la clase”. Lo hice porque sabía que eso le haría pensar en lo que leyera y a prepararse para participar después en este “análisis”.

En el ejemplo que presenté, el maestro emplea dos veces esa técnica; una cuando dice: “Me gustaría que pensáramos no sólo en el hijo pródigo, sino también en los otros miembros de la familia”; y la otra al decir: “Fijémonos en eso al continuar la lectura”. Ambas sugerencias ofrecen a los miembros de la clase algo en lo cual concentrarse con el fin de que estén listos para responder a las preguntas abiertas cuando el maestro las haga.

Hacer esto contribuye a que los alumnos establezcan una conexión con el pasaje que se lee. En lugar de estar sentados pasivamente, siguen la lectura y están realmente pensando en las Escrituras; y, cuando se termina de leer, están listos para contestar las preguntas; todo lo que usted tiene que hacer es darles la oportunidad de responder y dirigir el análisis.

Tenga en cuenta también, que en este tipo de análisis en realidad está enseñando de las Escrituras, no sólo del manual. Aunque el manual se debe utilizar para preparar la lección y es una buena fuente de preguntas abiertas, las Escrituras tienen que ser el enfoque principal de nuestra enseñanza y aprendizaje.

Mantener el enfoque

Cuando se utiliza mucho el análisis en la clase, se presenta un problema: es fácil desviarse del tema. Es importante que prepare bien su lección a fin de saber a dónde quiere llegar, y que esté listo, si es necesario, para dirigir a la clase de nuevo al tema principal. Por lo general, todo lo que tiene que hacer es ofrecer un poco de guía: “Eso es interesante, pero estamos desviándonos un poco del tema; volvamos a nuestro análisis de la fe”.

Otra cosa que da buenos resultados es preparar una introducción clara e interesante para que los miembros de la clase sepan cuál es el enfoque de la lección. Luego puede iniciar el análisis, guiándolos hacia su enfoque.

Finalmente, presente un resumen inspirador de lo que haya enseñado. Muchas veces, las palabras de un himno o de un poema se prestan para hacer un resumen. El presidente Boyd K. Packer, Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Un buen consejo es decirle a quienes lo escuchan lo que va a tratar, decírselo de nuevo, y volver a decirles lo que ya les había dicho. Es una técnica sumamente útil”1.

Asegúrese de testificar sobre las verdades que se hayan analizado.

Compartir sentimientos y experiencias

Sin embargo, todo esto va más allá de simplemente tener un buen análisis. En los momentos oportunos, el Espíritu inspirará a los alumnos en sus comentarios para que expresen aquello que el Señor desee que la clase escuche. Como Él dijo a Sus discípulos: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20).

Por supuesto, es preciso ser prudentes al compartir experiencias muy personales o sagradas, pero los relatos de los miembros de una clase suelen añadir mucho a cualquier lección. Como se aconseja en un manual de Doctrina del Evangelio: “Hable a los miembros de la clase sobre su conocimientos, sus sentimientos y las experiencias que haya tenido relacionadas con los principios de la lección e invítelos a hacer lo mismo”2.

El análisis en clase requiere mucho más que lograr que la gente haga comentarios. Al fin y al cabo, es un asunto profundamente espiritual que permite a los miembros de la clase acercarse más a Dios.

Al emplear estas técnicas, notará progreso en la espiritualidad y en el conocimiento del Evangelio, incluso en usted. En lugar de pensar en cómo llenará el tiempo de la clase, comenzará a faltarle tiempo; es posible que hasta llegue a tener más alumnos porque sabrán que tomarán parte en un análisis muy bueno, donde aprenderán de las Escrituras, los unos de los otros y del Espíritu del Señor.

Notas

  1. Véase de Boyd K. Packer, Enseñad diligentemente,199, pág. 229.

  2. Doctrina del Evangelio: El Nuevo Testamento, Manual para el maestro, 2003, pág. VI.