Voces de los Santos de los Últimos Días

Voces de los Santos de los Últimos Días


Desperté al Evangelio

Nombre omitido, Francia

Fui criado por padres que eran ateos y cuando era joven sentía que mi vida sin Dios estaba bien. Sin embargo, eso cambió en 1989 cuando sufrí la ruptura del intestino grueso y permanecí en coma durante ocho días.

Tengo pocos recuerdos de mi estadía en el hospital, pero después de la operación recuerdo muy bien haber visto a un hombre vestido de blanco, de pie junto a mí, diciéndome que era hora de “volver y despertar”. Cuando me resistí, agregó: “Querido hermano, estás muerto; puedes regresar o quedarte aquí”. Hice lo que me dijo y desperté terriblemente adolorido.

Después de salir del hospital, tuve sueños extraños en los que aparecían personas que nunca había conocido. Tenía la sensación de haber prometido hacer algo, pero no sabía lo que era. Decidí investigar y leer acerca de diferentes religiones y, al leer el Nuevo Testamento, comprendí que si la verdad existía sobre la tierra, se encontraría en Jesucristo.

Busqué desde 1989 hasta 1994. Me sentía perdido y confundido mientras buscaba a la gente que seguía viendo en mis sueños. Mi conflicto y confusión eran enormes y empecé a orar desesperadamente para encontrar respuestas.

Poco después de esas oraciones, conocí a una nueva compañera de trabajo que se dio cuenta de que yo no era feliz, y le conté que estaba buscando la verdad. Ella me trajo un Libro de Mormón, el cual me negué rotundamente a aceptar; pero ella me convenció de que lo aceptara y lo leí todo en una noche. Inmediatamente supe que había encontrado lo que buscaba.

Cuando conocí a los misioneros, me asombré de ver que uno de ellos era alguien que había visto en mis sueños. No tardé en pedir que me bautizaran, pero primero tuve que recibir todas las lecciones.

Al estudiar el Evangelio y asistir a la Iglesia encontré a todas las personas que estaban en mis sueños; supe que el Evangelio era lo que tenía que encontrar. El día de mi bautismo fue uno de los días más felices de mi vida y seis meses más tarde se me llamó como presidente de rama. Ahora, casi veinte años después, sigo feliz prestando servicio en la Iglesia. Junto con mi familia, el Evangelio es mi posesión más preciada.

Mi oración más sincera

Jaimee Lynn Chidester, Utah, EE. UU.

Cuando era estudiante de primer año en la universidad, tuve un trabajo de medio tiempo en la tienda de comestibles de una pequeña ciudad. Tenía el turno de cierre que terminaba a las once de la noche y, pese a la seguridad relativa de la comunidad, con frecuencia me ponía nerviosa cuando cerraba la tienda sola.

Una noche me sentía particularmente nerviosa. Cuando terminé de limpiar la tienda y me dirigí a cerrar la caja registradora, me invadió un sentimiento de temor. No tenía ninguna razón lógica para estar tan asustada, pero no podía evitar el nerviosismo. No quería exagerar llamando a la policía, pero también quería estar protegida en caso de que hubiera un peligro real.

Finalmente, me arrodillé a orar y le dije a mi Padre Celestial que tenía miedo y no sabía qué hacer; fue la oración más sincera que jamás había ofrecido.

Al ponerme de pie, de inmediato me di cuenta de que un automóvil se aproximaba al surtidor de gasolina más próximo al edificio. Para mi sorpresa y alivio, era un policía. Mientras él sacaba la tarjeta de crédito para llenar con gasolina su auto patrulla, rápidamente terminé mis tareas para cerrar la tienda. Quería aprovechar su presencia protectora y hacer lo que más pudiera antes de que él terminara en la gasolinera. Cuando acabó de llenar de combustible, hizo una llamada en su celular y se sentó en el automóvil mientras hablaba. Todavía estaba allí cuando cerré y entré en mi auto. Ambos nos alejamos de la tienda al mismo tiempo.

Mientras conducía camino a casa, estaba sorprendida de lo rápido que se había contestado mi oración. Con humildad agradecí al Padre Celestial el haberme escuchado. Me habían enseñado que era una hija de Dios, pero hasta esa noche nunca había sentido Su amor tan cerca ni de manera tan tangible. No hay palabras para describir la paz que sentí en mi corazón. Sé que el Señor me bendecirá si tengo fe y pido Su ayuda.

Soy cristiana

Kathy Fjelstul Craig, Arizona, EE. UU.

Soy maestra de segundo grado en una comunidad donde los Santos de los Últimos Días son bien conocidos, así que me sorprendí un día cuando un colega me dijo el comentario que otra colega había hecho de mí. La maestra había dicho: “¿Sabía usted que la señora Craig no es cristiana?”.

Me sentí afligida. Acababa de perder a quien fue mi esposo por 28 años y estaba más cerca del Salvador y de mi Padre Celestial que en ningún otro momento de mi vida. Sabía que debía compartir mi testimonio con esa maestra, pero no estaba segura de cómo hacerlo. No quería ofenderla, pero también quería que ella supiera que los Santos de los Últimos Días son cristianos.

A la mañana siguiente, el Espíritu Santo me susurró lo que debía decir. Mientras estaba acostada, pensé en todos los cuadros que tenía en casa sobre la vida de Jesucristo. Cada pintura tenía un lugar especial en mi corazón y se relacionaba con un momento especial de mi vida. El pensar en esos cuadros me trajo tiernos sentimientos en cuanto al amor que tengo por el Salvador.

Una pintura en particular muestra al Salvador calmando el mar tempestuoso, y eso me recuerda que Él lo conquista todo y que, mediante Él, yo también puedo superar todas las cosas, incluso la pena de perder a mi esposo.

Mientras seguía reflexionando en los cuadros, me inundó un sentimiento de gratitud por las bendiciones que había recibido por pertenecer a la Iglesia del Salvador.

Esa mañana en la escuela, fui hasta el salón de clases de mi colega y le dije que quería que supiera que soy cristiana. Le pregunté: “¿Cuántos cuadros del Salvador tiene usted en su casa?”. Me dijo que en vez de cuadros, ella tenía dos cruces.

Le hablé acerca de los cuadros del Salvador que tenía en casa y lo que las escenas representadas en ellos significaban para mí. Después expresé mi testimonio de Jesucristo y de Su expiación.

También le dije que sólo mediante mi conocimiento de Jesucristo había podido sobrellevar el año anterior. Le dije cómo las tiernas misericordias de Él habían ayudado a mis hijos y a mí a superar el difícil momento de perder a un padre y esposo.

Al salir la abracé y ella me brindó una disculpa sincera; no tuve duda en mi corazón de que ella supo que yo, un miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, soy cristiana.

Eso no es lo que me enseñaron

Irene Taniegra, Filipinas

Un día en el trabajo, tuve que salir por unas horas para hacerme cargo de algunas diligencias importantes para mi madre. Fui a la oficina en la mañana y le dije a una compañera de trabajo que estaría ausente por la tarde. Durante un receso, ella me susurró: “Yo te puedo ayudar con el reloj que registra las horas”.

“No, gracias”, dije.

Al salir de la oficina para tomar el autobús, mi amiga me siguió hasta donde está el reloj registrador y en voz baja me dijo: “¿Por qué no marcas la entrada para el periodo de la tarde y luego yo inserto tu tarjeta cuando me vaya a casa?”.

Antes de que pudiera decir una palabra, ella agregó: “Mira, nos pagan menos que el salario mínimo, de modo que estaría bien hacerlo; es sólo una pequeña cantidad. Además, no somos las únicas que lo hacen”.

Me puse a pensar en lo que ella había dicho; tenía razón en algunas cosas y yo sabía que tenía buenas intenciones; pero eso no era lo que me habían enseñado en la Iglesia.

Haciendo acopio de toda mi fuerza y determinación le dije en voz baja: “Amiga, el Señor es bueno, y cuando Él nos bendice, recibimos de Él más que esa cantidad de dinero”.

Ella se fue algo molesta conmigo por haber rechazado su oferta. Al dirigirme hacia la parada del autobús, me preocupaba lo pequeño que sería el cheque de mi paga. Sabía que el mes siguiente tendría que dejar de comprar algunos alimentos.

Mientras caminaba, recordé las palabras de un himno: “Él nunca se olvida del mundo que formó, y quiere bendecirnos y darnos salvación”1; y también recordé la frase de otro himno: “Haz el bien, y siempre Dios te bendecirá”2.

Esas estrofas reforzaron mi decisión de no ceder a la tentación, sino confiar en las promesas del Señor.

Han pasado tres años desde aquel incidente y ahora tengo otro trabajo. El Señor definitivamente me ha bendecido. Tomó tiempo, pero la promesa de los himnos se hizo realidad y siento que seguiré recibiendo muchas bendiciones si continúo eligiendo lo correcto. Estoy agradecida por los himnos que me dan el valor de aferrarme a lo que es recto a los ojos de Dios.

    Notas

  1.   1.

    “La voz, ya, del eterno”, Himnos, Nº 145.

  2.   2.

    “Haz el bien”, Himnos, Nº 155.