¿Por qué el matrimonio en el templo?


En la Iglesia hablamos mucho sobre el matrimonio en el templo. ¿Te has preguntado alguna vez por qué?

Últimamente se ha tratado mucho el tema del matrimonio: qué es, por qué lo tenemos, qué función desempeña en la sociedad. En la Iglesia hablamos mucho acerca del matrimonio en el templo, y tú sabes que es importante porque has oído del tema desde que recibiste las primeras lecciones del Evangelio, ya sea que fueras un Rayito de Sol o un converso joven.

Pero puede que algunos se pregunten: “¿Por qué?”. Para ti tal vez no sólo sea cuestión de saber de lo que se trata el matrimonio en el templo; quizás quieras saber —con el corazón, no sólo con la mente— por qué tienes que esforzarte tanto para casarte en el templo, especialmente cuando el matrimonio como idea e institución parece estar debilitándose en las sociedades por todo el mundo.

Bueno, todo empieza con la doctrina de la familia.

La doctrina de la familia

Empleamos el término doctrina para ayudar a definir muchas cosas en la Iglesia. Por ejemplo, en la Guía para el Estudio de las Escrituras se define la doctrina de Cristo como “los principios y enseñanzas del Evangelio de Jesucristo”1. ¿A qué nos referimos, entonces, cuando hablamos de la doctrina de la familia o la doctrina del matrimonio eterno?

En “La Familia: Una Proclamación para el Mundo” dice: “…el matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios y… la familia es fundamental en el plan del Creador para el destino eterno de Sus hijos”2. En otras palabras, cuando hablamos en cuanto a por qué estamos aquí en la tierra y qué se supone que debemos lograr y llegar a ser, todo está vinculado a la idea de que somos parte de una familia y de que nos podemos casar y formar otra familia nueva.

La proclamación sobre la familia también señala: “El divino plan de felicidad permite que las relaciones familiares se perpetúen más allá del sepulcro. Las ordenanzas y los convenios sagrados disponibles en los santos templos hacen posible que las personas regresen a la presencia de Dios y que las familias sean unidas eternamente”3.

Pero ¿qué les pasa a nuestras familias cuando morimos? Si te has casado conforme a las leyes de tu estado o país, ¿tendrán esas leyes autoridad alguna sobre ti cuando mueras? No, porque esas leyes las hizo el hombre y tienen vigencia sólo en la medida en que te encuentres bajo su autoridad. Para que la relación matrimonial continúe después de la muerte, los matrimonios tienen que estar sellados en el lugar correcto mediante una autoridad que perdure por las eternidades. Ese lugar es el templo, y esa autoridad es el sacerdocio (véase D. y C. 132:7, 15–19). Al optar por el matrimonio en el templo y al decidir cumplir los convenios correspondientes, tomas la decisión de vivir para siempre con tu cónyuge.

La razón por la que nos importa

Puede que ya conozcas esa doctrina y que aun así te preguntes: “¿Pero por qué más importa tanto?”. Tal vez no sea una cuestión de entender la doctrina; quizás sea más bien un simple interrogante sobre lo que la familia y el matrimonio significan en tu corazón. La respuesta sencilla es que la mayor dicha que podemos lograr se recibe al vivir el Evangelio, establecer un matrimonio en el templo y conservarlo.

En la conferencia general de abril de 2013, el élder L. Whitney Clayton, de la Presidencia de los Setenta, lo explicó de esta manera: “…no existe ningún otro tipo de relación que pueda aportar tanto gozo, generar tanto bien ni producir tanto refinamiento personal”4.

También sabemos que “la felicidad en la vida familiar tiene mayor probabilidad de lograrse cuando se basa en las enseñanzas del Señor Jesucristo”5.

Si lo piensas bien, pasarás gran parte de tu vida preparándote para los grandes cambios que se presentarán: el bautismo, el avanzar de la Primaria a los Hombres o las Mujeres Jóvenes, asistir al templo y participar en las investigaciones de historia familiar y en las ordenanzas del templo a favor de tus antepasados. En el caso de los hombres, también está el recibir el sacerdocio y avanzar en sus correspondientes oficios; para las mujeres jóvenes el avanzar en sus clases de las Mujeres Jóvenes. Otros son el graduarse de la escuela secundaria (terminar el bachillerato) o su equivalente; y ahora los misioneros pueden salir a los 18 o 19 años. Hay mucho para lo que hay que prepararse y para esperar con anhelo.

Sin embargo, el convenio más importante para el que nos preparamos es sellarse en el templo. Cuando las personas en familia viven conforme al plan de felicidad y cumplen sus convenios del templo, experimentan la dicha verdadera.

La esencia de la vida es el Evangelio. Es la razón por la que estamos aquí. Seguir el sendero del Evangelio nos conduce al gozo, y ese sendero lleva al matrimonio en el templo, ya sea en esta vida o en la venidera. Ninguna bendición les será retenida a los hijos fieles del Padre.

El élder Bruce R. McConkie (1915–1985), del Quórum de los Doce Apóstoles, dio este consejo: “Lo más importante que cualquier Santo de los Últimos Días hará en este mundo es casarse con la persona correcta, en el lugar correcto y por la autoridad correcta”6.

Las alegrías del matrimonio

Entre las alegrías del matrimonio se encuentran las siguientes:

Confianza y apoyo. Cuando te casas, cuentas con alguien que te apoye y te aliente para que hagas lo correcto, que te eleve cada día y que comparta todas tus dichas y penas.

Hijos. El que te confíen el cuidado y la custodia de los hijos del Padre Celestial trae gran dicha.

Compartir. Es una bendición muy grande el formar parte de la vida de otra persona y, algún día, también de la de los hijos. Los éxitos tuyos y de tu cónyuge se convierten en éxitos de la familia. El crear recuerdos juntos le da un sentido más profundo a la vida.

Consejos. Un cónyuge te puede dar consejos buenos y francos, consejos en los que puedes confiar porque sabes que provienen de alguien que sólo quiere lo mejor para ti.

Fortaleza. Dos personas son más fuertes que una. Pueden fortalecerse y ayudarse la una a la otra a vivir el Evangelio más plenamente.

Risas. Cuando se conocen muy bien y realmente confían el uno en el otro, disfrutan de la vida con risas y buen humor.

Amor. El que cada día te digan que te quieren es magníficamente renovador y refrescante.

Servicio. Existe gran gozo en prestarse servicio mutuamente, especialmente si se sirve a la persona que uno ama.

Amistad. Tienes a alguien a tu lado en los buenos tiempos y en los malos.

Confianza. Es reconfortante saber que estás con alguien que siempre quiere lo mejor para ti y en quien puedes confiar sin temor.

Intimidad física y emocional. El matrimonio es una relación única en la que el Señor une a dos personas en una relación eterna cuyas metas incluyen ser uno, estar juntos y experimentar gozo.

Únete a la conversación

Durante agosto estudiarán el tema del matrimonio y de la familia en sus quórumes del sacerdocio y clases de las Mujeres Jóvenes y de la Escuela Dominical. Una de las doctrinas importantes sobre la familia es que mediante el matrimonio en el templo una familia puede sellarse y seguir siendo una familia después de la resurrección.

Después de leer este artículo, piensa en la forma en que tu vida es diferente debido a que puedes sellarte a un cónyuge en el templo. Además, piensa en la forma en que esto afecta tus decisiones de hoy y en lo que estás haciendo a fin de prepararte para el matrimonio en el templo. Escribe tus sentimientos y considera la posibilidad de compartirlos con los demás testificando de ello en casa a tu familia, en la Iglesia un domingo o en los medios sociales.

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    Notas

  1.   1.

    Guía para el Estudio de las Escrituras, “Doctrina de Cristo”, pág. 55; o scriptures.lds.org.

  2.   2.

    “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.

  3.   3.

    “La Familia”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.

  4.   4.

    L. Whitney Clayton, “El matrimonio: Observen y aprendan”, Liahona, mayo de 2013, pág. 83.

  5.   5.

    “La Familia”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.

  6.   6.

    Bruce R. McConkie, “Agency or Inspiration?”, New Era, enero de 1975, pág. 38; véase también Thomas S. Monson, “Whom Shall I Marry?”, New Era, octubre de 2004, pág. 6.