Voces de los Santos de los Últimos Días

Voces de los Santos de los Últimos Días


El sermón detrás del púlpito

Jeff Fullmer, Idaho, EE. UU.

Cuando mi familia se sentó unas filas atrás de los diáconos en una reunión sacramental, todo lo que pude pensar antes del himno fue en que uno de los diáconos no se había anudado bien la larga corbata que tenía y en que no se había metido la arrugada camisa que llevaba puesta dentro del pantalón. Pensé que alguien debería haberlo ayudado; después de todo, cuando reparten la Santa Cena, los diáconos deben ser un ejemplo del Salvador en sus acciones y en el modo de vestir.

La reunión prosiguió y me olvidé de él. Después de que los diáconos repartieron la Santa Cena, comenzaron los discursos. La segunda discursante fue la madre del joven. Habló de su conversión, de sus desafíos mientras crecía y de sus problemas como madre sola. Fue un discurso maravilloso que la hizo llorar. Al sentarse, siguió llorando mientras el coro del barrio se reunía para cantar.

En ese preciso momento, su hijo, con la corbata torcida y la camisa desarreglada, se levantó y caminó hacia el estrado; abrazó a su madre y se agachó a su lado para consolarla. Los ojos se me llenaron de lágrimas ante esa escena; me conmovió profundamente. Entonces me di cuenta de una realidad y agaché la cabeza; sentado con mi impecable traje de estilo cruzado, la corbata anudada perfectamente y los zapatos negros pulidos, me di cuenta de que al prepararme para la Santa Cena realmente había pasado algo por alto.

El jovencito y su madre bajaron del estrado y se sentaron juntos mientras el coro empezó a cantar. Permanecí sentado, sin poder escuchar la música, porque el sermón que impartió ese diácono me inundó el corazón con un mensaje de caridad cristiana.

Él había realizado su acción con ternura y esmero. No hubo la menor señal de vergüenza en su joven rostro, sólo amor puro. Ese día, los mensajes que se pronunciaron desde el púlpito fueron buenos, pero siempre recordaré el sermón que se impartió detrás del púlpito.

Con la corbata torcida y la camisa desarreglada, se levantó y caminó hacia el estrado. Abrazó a su madre y se agachó a su lado para consolarla.

Dos diáconos nuevos

Anthony Poutu, Nueva Zelanda

Hace algunos años tuve el privilegio de prestar servicio como asesor del quórum de diáconos; teníamos tres diáconos activos, y se los llamó para que formaran la presidencia del quórum.

En una de las reuniones, esa joven presidencia decidió que querían que por lo menos dos de los diáconos menos activos del quórum empezaran a asistir a las reuniones y actividades de la Iglesia. Con espíritu de oración, fijaron una fecha —el domingo seis semanas después— para alcanzar su objetivo. Oraron para tener éxito en ese cometido sagrado y con fervor se comprometieron a hacer lo siguiente:

  • Orar juntos con regularidad.

  • Ayunar juntos.

  • Visitar a cada diácono de la lista.

  • Planear actividades para que cualquier diácono que regresara a la actividad, entrara en un programa bien organizado.

La presidencia tenía la firme convicción de que esas metas eran la voluntad del Señor, por lo que siguieron adelante con fe y confianza.

Durante las semanas siguientes, esos tres jovencitos hicieron lo que habían prometido, esperando recibir respuesta a sus oraciones. Oraron juntos, ayunaron juntos, visitaron a los diáconos menos activos, los invitaron a regresar y prepararon actividades, con la convicción de que tenían que estar preparados para el aumento de la asistencia.

Pese a su diligencia, ningún diácono volvió; ni a la Iglesia ni a ninguna otra actividad. La fecha se acercaba y aunque estaban desilusionados porque los miembros de su quórum no volvían a la Iglesia, los jovencitos seguían confiando en que el Padre Celestial contestaría sus oraciones.

El domingo que habían establecido como su meta llegó y ninguno de los jóvenes que la presidencia había contactado fue a la Iglesia. No obstante, el obispo anunció en la reunión sacramental que dos jovencitos de 12 años que habían estado investigando la Iglesia se bautizarían esa tarde.

Qué bendición sería para esos dos miembros nuevos de la Iglesia unirse a un quórum con una presidencia de esa calidad; y qué bendición fue para la presidencia ver que sus esfuerzos y oraciones se contestaron de manera tan directa, y saber que el Señor cumple Sus promesas.

Fue tal el entusiasmo en el quórum que un miembro de la presidencia dijo: “Hagámoslo otra vez”.

Durante las semanas siguientes, esos tres jovencitos oraron juntos, ayunaron e invitaron a los diáconos menos activos a volver a la Iglesia.

El amor del Padre Celestial

Anna Nikiticheva, Rusia

Hace algún tiempo, nuestros amigos nos preguntaron si su hijo John y su novia podían quedarse en nuestra casa por una semana. John es menos activo y su novia no es miembro de la Iglesia. A ella le cedimos el cuarto de nuestro hijo y a John le dimos un sofá en la sala.

Antes de que llegaran, oramos al Padre Celestial y le preguntamos cómo debíamos presentarnos ante ellos: ¿como maestros, padres o simplemente como amigos? La respuesta fue que debíamos seguir las impresiones del Espíritu y ayudarlos espiritualmente.

Todas las noches, mi esposo, mi hijo y yo nos sentábamos a estudiar las Escrituras. La primera noche con nuestros huéspedes, tuvimos la impresión de que no debíamos invitarlos a estudiar con nosotros. Sin embargo, a la noche siguiente, antes del estudio de las Escrituras, John llamó a la puerta tímidamente y dijo: “Mary no se anima a preguntar, pero le gustaría saber si podemos acompañarlos”.

Abrimos la puerta, los invitamos a entrar y empezamos a estudiar el Libro de Mormón juntos. Mary nunca había leído las Escrituras y no sabía si creía en Dios. Admitió que cuando vino a nuestra casa tenía miedo de que la hiciéramos participar en algo religioso que ella no comprendía.

A fin de que Mary se sintiera cómoda, mi esposo le habló sobre el Plan de Salvación, el Salvador Jesucristo, la primera visión de José Smith y el Libro de Mormón. Se quedó hablando con nosotros hasta la medianoche.

Al día siguiente, John y Mary nos acompañaron durante una visita de los misioneros. Nunca olvidaré el Espíritu que reinaba en esa habitación. Después de una charla sencilla, hablamos sobre la naturaleza de nuestro Padre Celestial; entonces Mary preguntó por qué Dios permite el sufrimiento si Él nos ama, una pregunta sobre la que yo había reflexionado durante mucho tiempo.

Unos días antes, yo había recibido una carta de una amiga que había sufrido el aborto espontáneo de su tercer hijo, por lo que la pregunta de Mary me llegó al corazón. Testifiqué que los momentos de felicidad y gozo en ocasiones no nos enseñan de manera tan profunda y eterna como los momentos de adversidad personal. Le dije a Mary que el dolor nos puede moldear así como el fuego templa el hierro. Si permanecemos fieles al Señor en las pruebas, nuestra fe aumentará.

Fue una charla inolvidable. Después nos sentamos en silencio mientras el Espíritu testificaba del amor de nuestro Padre Celestial. Cuando Mary levantó la mirada, sus ojos brillaban y estaban llenos de lágrimas.

No sé lo que pasará en los años venideros, pero sé con certeza que el entendimiento que vi en los ojos de Mary ese día la ayudará a lo largo de la vida y tal vez ayude a guiarla a su Padre Celestial.

John llamó a la puerta tímidamente y dijo: “Mary no se anima a preguntar, pero le gustaría saber si podemos acompañarlos en el estudio de las Escrituras”.

Él bendijo mi nota desentonada

Randy Lonsdale, Alberta, Canadá

Los oídos se me enrojecieron de vergüenza cuando mi hijo adolescente Derek y yo terminamos de cantar “Ten paz, mi alma”1 en la reunión sacramental. No había calentado bien la voz antes de que empezara la reunión y por esa razón, cuando traté de llegar a una nota alta, desafiné por completo.

Regresé a mi asiento sintiéndome incómodo a pesar de la mirada comprensiva de mi sonriente esposa, que me aseguraba que no había arruinado el Espíritu de la reunión.

Después de la última oración, me dirigí a mi auto para buscar un manual. Una hermana de nuestro barrio estaba cerca de la puerta, sollozando, y una amiga le daba ánimo mientras le pasaba el brazo por los hombros. Cuando pasé junto a ellas, la hermana que sollozaba me llamó por mi nombre y me expresó gratitud por elegir el himno que cantamos y por haberlo presentado de una manera que la conmovió profundamente.

Dijo que hacía unos días había dado a luz a un bebé que nació muerto y desde entonces luchaba contra la ira y la desesperación. Mientras Derek y yo cantábamos el himno, había sentido que el Espíritu le cubría el alma adolorida con una calidez apacible y reconfortante que la había llenado con la esperanza que necesitaba para soportar su pena.

Con torpeza le di las gracias y me dirigí hacia la puerta, sintiéndome bendecido y humilde por sus palabras. Al llegar al auto, recordé un discurso que Kim B. Clark, Presidente de la Universidad Brigham Young–Idaho, dio en un devocional. Él dijo: “Cuando actuamos con fe en [Jesús] para hacer Su obra, Él va con nosotros” a servir a los demás y “nos bendice para que digamos exactamente lo que necesitan oír”. También enseñó que “lo que decimos y hacemos puede parecer torpe o no muy refinado… Pero el Salvador toma nuestras palabras y acciones y, mediante Su Espíritu, las lleva al corazón de las personas. Él toma nuestro esfuerzo sincero pero imperfecto y lo convierte en algo adecuado, de hecho, en algo que es perfecto”2.

Los ojos se me llenaron de lágrimas de gratitud cuando regresaba a la capilla. El Señor había bendecido una presentación musical imperfecta y había llevado Su mensaje perfecto al corazón adolorido de una joven hermana para consolar su alma afligida. Además, el Señor utilizó esa experiencia conmovedora para llevar a mi corazón un entendimiento más profundo de un importante principio del Evangelio.

No había calentado bien la voz antes de que empezara la reunión y por esa razón, cuando traté de llegar a una nota alta, desafiné por completo.

    Notas

  1.   1.

    Hymns, Nº 124, traducción libre.

  2.   2.

    Kim B. Clark, “Love by Faith”, Devocional de la Universidad Brigham Young–Idaho, el 29 de julio de 2010, www2.byui.edu/Presentations/Transcripts/EducationWeek/2010_07_29_Clark.htm.