Hasta la próxima

La reunión sacramental más larga


Por lo general, la reunión sacramental dura 70 minutos; pero un domingo parecía que iba a durar para siempre.

Me encanta leer libros religiosos de Santos de los Últimos Días. Debido a que estos libros no se consiguen fácilmente en Nigeria, le pido a un amigo que me los preste. Como deseo devolverle los libros a los pocos días, siempre los llevo conmigo y uso mis ratos libres para leer.

Un domingo, al asistir a la reunión sacramental del barrio donde estoy asignado como miembro del sumo consejo, llevaba conmigo uno de esos libros. Leí el libro mientras esperaba darle al obispo un mensaje de la presidencia de estaca. Cuando el obispo llegó, me pidió que hablara con el primer consejero, puesto que él debía dar la bienvenida a algunos visitantes. Después de darle el mensaje al primer consejero, me senté en el estrado.

En cuanto me senté, me di cuenta de que no tenía el libro de mi amigo. Como sólo faltaban unos cinco minutos antes de que comenzara la reunión, y en vista de que la autoridad que presidía ya estaba sentada en el estrado, pensé que no debía salir. Al sentirme mal por decepcionar a mi amigo, comenzó mi martirio en la reunión sacramental más larga a la que jamás he asistido.

Esperaba que el tiempo pasara rápido, pero cada asunto en la agenda de la reunión duró lo que parecía una eternidad. Yo estaba inquieto, orando en silencio para que Dios mantuviera el libro seguro. En verdad, los discursos no fueron largos, pero una ansiedad irrazonable se había apoderado de mí. Cinco minutos antes de que terminara la reunión, no pude aguantar más. Le pasé una nota al primer consejero preguntándole si había dejado el libro junto a él. Esperaba que asintiera con la cabeza, pero en vez de ello, la movió en forma negativa.

No cerré los ojos durante la última oración, sino que observé cuidadosamente los dos últimos lugares donde pensaba que podría estar el libro. Mientras tanto, decidí que, si era necesario, iría a las clases de la Escuela Dominical para anunciar que había perdido el libro.

Sin embargo, para mi sorpresa, cuando terminó la reunión sacramental, mis sentimientos habían cambiado radicalmente y no estaba preocupado por el libro. El Espíritu Santo me mostró, en tan sólo unos cortos momentos de iluminación espiritual, que mis preocupaciones estaban en el lugar equivocado. Comprendí que lo que en verdad importaba era si iba a proteger las cosas que Dios había puesto bajo mi cuidado. De inmediato me vino a la mente una lista de cosas que Dios me había encargado: mi alma, mi familia, las personas a quienes visitaba como maestro orientador, aquellos con los que debía compartir el Evangelio, miembros del barrio a los que sirvo, mis antepasados fallecidos que necesitan la obra del templo, y otras.

Encontré el libro después de lo que llegó a ser una importante experiencia de examen de conciencia; pero al final de la reunión sacramental más larga, también encontré aspectos de mi vida que necesitaban mejorar. Asimismo, encontré el deseo de comprometerme a trabajar en las cosas importantes para el Padre Celestial.