Lo que creemos

El sacerdocio se debe utilizar dignamente


El Padre Celestial da una porción de Su poder y autoridad a los varones dignos miembros de la Iglesia. A esa autoridad delegada se la llama sacerdocio. Aquellos que poseen el sacerdocio están autorizados para actuar en el nombre del Señor al dirigir Su Iglesia, enseñar el Evangelio, bendecir a los enfermos y efectuar las ordenanzas sagradas necesarias para la salvación.

El sacerdocio se debe utilizar dignamente porque, como el Señor le reveló a José Smith, “los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y… éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud” (D. y C. 121:36). Por tanto, existe una diferencia entre la autoridad y el poder del sacerdocio. “…la autoridad del sacerdocio, que es la autorización para actuar en el nombre de Dios… se confiere por la imposición de manos. El poder del sacerdocio únicamente se manifiesta cuando aquellos que lo ejercen son dignos y actúan de acuerdo con la voluntad de Dios”1.

Ya que el sacerdocio es el poder de Dios, Él establece las normas de dignidad para su uso y revela esas normas a Sus profetas y apóstoles. Para ser dignos, los poseedores del sacerdocio se arrepienten de sus pecados y viven de acuerdo con el evangelio y los mandamientos de Jesucristo. La compañía del Espíritu Santo les puede ayudar a saber si son dignos.

  • Traten a su esposa, hijos y a los demás con bondad.

  • Sean dignos de tomar la Santa Cena.

  • Adoren en el templo.

  • Sirvan fielmente en su llamamiento.

  • Ejerzan el sacerdocio cuando se les pida hacerlo.

Para más información, véase Doctrina y Convenios 121:34–46; Thomas S. Monson, “El poder del sacerdocio”, Liahona, mayo de 2011, págs. 66–69.

Protejan el sacerdocio y vivan dignos de él

Presidente Gordon B. Hinckley

“Nuestra conducta en público debe ser intachable; nuestra conducta en privado es aún más importante, debe ajustarse a las normas establecidas por el Señor. No podemos ceder al pecado y mucho menos tratar de encubrir nuestros pecados; no podemos satisfacer nuestro orgullo; no podemos ser partícipes de la vana ambición; no podemos ejercer mando, dominio ni compulsión sobre nuestras esposas e hijos, ni sobre otras personas, en cualquier grado de injusticia.

“Si hacemos cualquiera de esas cosas, los poderes del cielo se retiran; el Espíritu del Señor es ofendido y el poder mismo de nuestro sacerdocio queda nulo; se pierde su autoridad…

“[El sacerdocio] sirve de guía para nuestra vida; en su plenitud, su autoridad va más allá del velo de la muerte hacia las eternidades venideras.

“No hay nada que se le compare en todo el mundo; protéjanlo, atesórenlo, ámenlo y vivan de modo que sean dignos de él”.

Véase presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008), “La dignidad personal para ejercer el sacerdocio”, Liahona, julio de 2002, págs. 58, 61.

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    Nota

  1.   1. M.

     Russell Ballard, “Ésta es mi obra y mi gloria”, Liahona, mayo de 2013, pág. 19.