Los jóvenes de hoy necesitan modelos de rectitud


Los modelos de rectitud pueden ser una gran bendición para los adolescentes durante una de las etapas más críticas de su vida.

Cuando estaba en la escuela secundaria (bachillerato), Todd Sylvester tenía dos metas: ser un gran jugador de baloncesto y lograr la fama de ser el parrandero más grande de la escuela.

A los 14 años, empezó a tomar alcohol y a usar drogas. No era miembro de la Iglesia y sus padres no le enseñaron, como él lo describe, “ni una ni otra cosa” en cuanto a cómo comportarse. A lo largo de los años, la adicción a las drogas y el alcoholismo arruinaron lo que una vez fue una prometedora carrera jugando baloncesto, arrastrándolo por un sendero que lo hizo pensar en el suicidio.

Lamentablemente, hay elementos en la historia de Todd que se pueden ver en la vida de muchos jóvenes de hoy, incluso entre miembros de la Iglesia. Sin embargo, a Todd le faltó algo que los jóvenes de la Iglesia tienen: modelos de rectitud. Los líderes adultos de la Iglesia pueden ser una gran bendición para los adolescentes durante una de las etapas más críticas de su vida. Debido a sus antecedentes, Todd, que se unió a la Iglesia a los 22 años, ahora se esfuerza por ser un modelo positivo para los jóvenes de su barrio.

El cambio que se llevó a cabo en el hermano Sylvester ocurrió cuando, durante una de las horas más oscuras de su vida, pronunció una simple oración: “Dios, necesito ayuda”. Un mes y medio después, un amigo de hacía muchos años que era miembro de la Iglesia lo llamó y le dijo: “Todd, sentí la inspiración de decirte que te necesitamos de nuestro lado… Tú vas a ayudar a mucha gente, especialmente a los jóvenes y a los niños”.

Unos años más tarde, después de su bautismo y casamiento en el templo, el hermano Sylvester fue llamado a prestar servicio en el programa de los Hombres Jóvenes, un llamamiento que lo llevaría a trabajar con los hombres jóvenes durante catorce años.

Valiéndose de su pasado para motivar a los jóvenes a los que fue llamado a prestar servicio, el hermano Sylvester encontró la manera de identificarse con las dificultades por las que ellos pasan. “Creo que la mayoría de los jóvenes tiene miedo de hablar de cuando están teniendo dificultades”, afirma. “Pero todos los años yo compartía mi historia con ellos; creo que debido a ello, se sentían cómodos de venir a mí y decir: ‘Tengo problemas con la pornografía, con el alcohol o con pensamientos suicidas’”. El hermano Sylvester podía apoyarlos mientras se esforzaban por arrepentirse, lo cual incluía hablar con el obispo.

Los líderes que escuchan a los jóvenes y les dan consejos amorosos durante los tiempos difíciles pueden establecer una relación muy firme que sirve para moldear la identidad del joven. Mat Duerden, profesor adjunto de la Universidad Brigham Young, quien recibió su doctorado en el campo del desarrollo juvenil, afirma: “La adolescencia es [la etapa en que las personas] desarrollan un sentido de identidad propia: sus valores, sus creencias, la función que cumplen, etc. Es un proceso exploratorio, y parte de ese proceso es conocer la opinión de sus iguales, de sus padres o de otros adultos, y ésta puede tener una influencia sumamente poderosa si proviene de un adulto a quien se respete y se admire”.

El hermano Duerden añade: “Los modelos más eficaces son los que se basan en el respeto mutuo y en el sentimiento del joven de que hay alguien que realmente se interesa en él, sin importar la manera en que se vista o hable”.

“La mayoría de los muchachos añoran tener una relación con su padre”, dice el hermano Sylvester. “Si no la tienen, la mejor alternativa es contar con una figura masculina adulta con la que puedan hablar y analizar ideas sin que se los juzgue, ridiculice ni critique a causa de sus problemas. Mi función no era remplazar a sus padres, pero quería estar junto a ellos a fin de que pudieran hablar conmigo de un modo saludable”.

Si bien los líderes adultos de la Iglesia juegan un papel importante a la hora de ayudar a asesorar a un joven, los profetas y apóstoles han dicho que los modelos fundamentales para los jóvenes son los padres. Por ejemplo, el élder M. Russell Ballard, del Quórum de los Doce Apóstoles, ha dicho: “Padres: para los hijos ustedes son el modelo principal de hombría. Son el mentor de mayor importancia para ellos y, aunque no lo crean, ustedes son el héroe de ellos en incontables formas. Sus palabras y su ejemplo tienen gran influencia en ellos” (véase “Padres e hijos: Una relación excepcional”, Liahona, noviembre de 2009, pág. 47).

Ninguna de las estrechas relaciones que el hermano Sylvester creó con los jóvenes fueron inmediatas; él tuvo que cultivarlas por medio de años de servicio. De los veinte jóvenes a quienes enseñó, diecisiete salieron a la misión, y por lo menos cinco de ellos no tenían ninguna intención de prestar servicio antes de relacionarse con el hermano Sylvester.

“La razón por la que tuve tanto éxito con esos jóvenes fue que sabían que definitivamente los amaba”, dice el hermano Sylvester. “Lo sabían, no porque yo lo dijera, sino porque lo demostraba. Me concentré en que ellos entablaran una relación con el Salvador; sentí que era la clave para que pudieran superar lo que fuese, para seguir adelante en la vida y tener éxito”.

Al ayudar a los jóvenes a establecer una relación con el Salvador, el hermano Sylvester tenía la esperanza de que sus testimonios los condujeran a prestar servicio en una misión, a casarse en el templo y a criar familias rectas. “Ése es el plan de felicidad”, dice. “Ésa es la razón por la que es importante ayudar a los jóvenes”.

“Es importante haber compartido experiencias con los jóvenes a fin de ser parte del grupo; en vez de mantenerse al margen, es necesario participar activamente. Compartir experiencias produce un efecto potente.

“Todos los miembros deberían ocuparse de los jóvenes, sin importar el llamamiento que tengan”.

Mat Duerden, profesor adjunto, Universidad Brigham Young.