Del campo misional

A través de paredes delgadas


No nos dimos cuenta hasta más tarde que, al enseñarle el Evangelio a una familia, también le estábamos enseñando al vecino de al lado.

Como hermanas misioneras, estábamos compartiendo el Evangelio con una mujer que vivía en circunstancias humildes al pie de una alta colina y cerca de un pequeño basural en las afueras de la ciudad de Asunción, Paraguay.

Soledad y su esposo Oscar vivían en uno de los cuartos de una casa larga y angosta que en realidad era una serie de habitaciones conectadas de lado a lado por paredes muy delgadas. Cada habitación era una pequeña residencia con una ventana, una puerta, una mesa y una cama. Había varios de esos edificios en la zona, construidos de madera, con techos de paja y pisos de tierra. Habían tapado las grietas con arcilla para que no entrara tanto frío.

Soledad escuchó

Soledad era la madre de tres hijos pequeños; ella misma era muy joven y se sentía abrumada. Todo lo que hacía era cuidar de su hogar y atender las exigencias diarias de sus hijos; pero parecía apreciar nuestras visitas y reconocer la necesidad de Dios en su vida.

Soledad expresó sus ideas y sus sentimientos sin reservas. Se había enamorado y se había ido de la casa con Oscar, aun cuando sus padres no estaban de acuerdo. Ni ella ni su esposo tenían educación académica ni trabajo, y su futuro era muy incierto. Se preguntaba si Dios la había abandonado y si los estaba castigando por las malas decisiones que habían tomado.

Oscar vendía baratijas de puerta en puerta con el fin de ayudar a que la familia sobreviviera. Cuando tenía un día bueno, compraba comida y a veces algún pequeño juguete para los niños; pero cuando las ventas iban mal, con frecuencia regresaba a casa deprimido, enojado y borracho.

Sentíamos que era un desafío ayudarlos a enfrentar sus muchos problemas temporales; pero también sentíamos que el Espíritu nos impulsaba a continuar amándolos y enseñándoles, aun cuando a veces su progreso nos decepcionaba. Después de varias visitas más y después de orar sinceramente, finalmente sentimos que teníamos que darles tiempo para que consideraran lo que les habíamos enseñado, para que estudiaran el Libro de Mormón solos y para que oraran por sí mismos.

Le explicamos nuestras preocupaciones a Soledad y ella se disgustó; sintió que estábamos abandonando a su familia. También nos dijo que estaba esperando el cuarto bebé y que no sabía cómo sobrevivirían. Enojada nos dijo que nos fuéramos y no regresáramos nunca.

Juan también escuchó

Sin embargo, sin que nosotras lo supiéramos, el vecino de al lado, Juan, había estado escuchando a través de la pared lo que les enseñábamos. Era joven, curioso y extremadamente tímido. Mientras escuchaba, había tenido muchas preguntas en cuanto al Plan de Salvación, el Libro de Mormón y el arrepentimiento. Incluso le había pedido prestado a Soledad el Libro de Mormón, lo estaba leyendo y orando sobre lo que había estado aprendiendo a escondidas.

Pasaron los días y Juan comenzó a preocuparse cuando nosotras no regresamos para enseñar a Soledad y a Oscar. Entonces, una noche de invierno en que amenazaba una tormenta, le preguntó a Soledad dónde vivíamos y cómo podía ponerse en contacto con nosotras. Ella le dijo que no sabía y él comenzó a llorar. Le testificó a Soledad de la veracidad de nuestro mensaje y salió corriendo en la noche tormentosa para buscarnos mientras la lluvia caía torrencialmente convirtiendo las calles en ríos llenos de lodo.

Horas más tarde, cansado y con frío, seguía buscándonos. Comenzó a orar mientras caminaba en la oscuridad y le prometió al Padre Celestial que si lo ayudaba a encontrarnos, él se bautizaría y lo serviría todos los días de su vida. Mientras tanto, Soledad, impresionada por el testimonio de Juan, comenzó a orar para que regresáramos. Juan volvió a su casa, pero siguió orando y leyendo el Libro de Mormón los próximos dos días. Soledad también oró fervientemente y habló con Oscar; los dos comenzaron a leer el Libro de Mormón juntos.

Y el Padre Celestial escuchó

Dos días después de la tormenta, cuando mi compañera y yo nos arrodillamos a orar, tuvimos la impresión de que teníamos que volver a las pequeñas casitas al pie de la colina. Fuimos de inmediato y, cuando llegamos, Soledad, Oscar, sus hijos y Juan nos recibieron con lágrimas de alegría y con entusiasmo. Nos contaron lo que había sucedido y desde entonces todos estuvieron ansiosos por aprender acerca del Evangelio. Al poco tiempo, Juan fue bautizado; y Soledad y Oscar lo hicieron poco después.

Recuerdo haberme preguntado por qué teníamos la impresión tan fuerte de seguir enseñando a Soledad y a Oscar aun cuando no estaban progresando. Recuerdo haber pensado por qué sentíamos la necesidad de regresar cuando nos habían echado de la casa enojados. Pero, al ver la felicidad que Juan encontró en la vida y que luego Soledad, Oscar y su familia también sintieron, supe que no sólo Juan estaba escuchando a través de las paredes delgadas, sino que nuestro Padre Celestial estaba escuchando las oraciones de cada uno de nosotros, oraciones que se ofrecían de corazón.