Hagan bien su parte

De una charla fogonera del Sistema Educativo de la Iglesia para jóvenes adultos presentada en la Universidad Brigham Young–Idaho el 4 de marzo de 2012. Para el texto completo en inglés, visite lds.org/broadcasts/archive/ces-devotionals/2012/01?lang=eng.


Quentin L. Cook
Sean rectos. Formen una familia. Encuentren una manera adecuada de proveer el sustento que necesiten. Sirvan en lo que se les llame. Prepárense para comparecer ante Dios.

El presidente David O. McKay (1873–1970) con frecuencia contaba un relato que tuvo mientras prestaba servicio como misionero en Escocia. Sentía nostalgia por su hogar después de haber estado un corto tiempo en la misión; ese día pasó algunas horas visitando los alrededores del Castillo Stirling. Cuando él y su compañero regresaban del paseo por el castillo, pasaron por un edificio donde la piedra que estaba encima del marco de la puerta tenía inscrita una cita que generalmente se atribuye a Shakespeare; decía: “Cualquiera sea tu arte, haz bien tu parte”.

Al recordar esa experiencia, el presidente McKay explicó: “Me dije a mí mismo, o al espíritu dentro de mí: ‘Tú eres miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y, lo que es más, estás aquí como representante del Señor Jesucristo; aceptaste la responsabilidad de ser un representante de la Iglesia’. Luego pensé en lo que habíamos hecho esa mañana. Cierto que habíamos visitado lugares turísticos, habíamos adquirido conocimiento e información históricos, y estaba encantado por ello… sin embargo, eso no era la obra misional… Acepté el mensaje que se me impartió en esa piedra, y desde ese momento tratamos de hacer nuestra parte como misioneros en Escocia”1.

Ese mensaje fue tan importante y tuvo un impacto tan grande en él, que el presidente McKay lo usó como inspiración para el resto de su vida. Tomó la determinación de que cualquiera fuese la responsabilidad que tuviera, la cumpliría lo mejor posible.

Eviten actuar fuera de lo normal

En vista del enorme potencial para bien que poseen ustedes, la generación joven de la Iglesia, ¿cuáles son mis preocupaciones en cuanto a su futuro? ¿Qué consejo puedo darles? Primero: Sentirán gran presión para actuar fuera de lo normal, incluso de usar una máscara y ser alguien que no refleje realmente quienes son ni quienes quieren ser.

Durante los inicios de la historia de la Iglesia, el profeta José, Emma y sus gemelos de once meses Joseph y Julia, estaban en Hiram, Ohio, en el hogar de John y Alice Johnson. Los dos niños tenían sarampión. José y su hijito estaban durmiendo en una cama nido cerca de la puerta.

Durante la noche, un grupo de hombres con las caras pintadas de negro irrumpió en la casa y arrastró al Profeta hacia afuera, donde lo golpearon y le pusieron brea, a él y a Sidney Rigdon.

Lo más trágico de ese ataque fue que el pequeño Joseph fue expuesto al frío de la noche cuando arrastraron a su padre y se resfrió gravemente; como resultado, falleció unos días más tarde2.

Quienes participaron en el martirio del Profeta y de su hermano Hyrum también se pintaron las caras para ocultar su verdadera identidad3.

En la actualidad, cuando el anonimato es más fácil de lograr que nunca, hay importantes principios que considerar a fin de no usar máscaras y mantenernos “firmes… en la fe que guardamos”4.

Una de las mayores protecciones en contra de tomar malas decisiones es no ponerse ninguna máscara de anonimato. Si alguna vez tienen el deseo de hacerlo, sepan que es una seria indicación de peligro y una de las herramientas del adversario para persuadirlos a hacer algo que no deben hacer.

En la actualidad, es común que alguien oculte su identidad para escribir de forma anónima en internet mensajes de odio, dañinos y prejuiciosos; algunos se refieren a ello como flaming (flamear).

El apóstol Pablo escribió:

“No os dejéis engañar: Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres.

“Velad debidamente, y no pequéis, porque algunos no conocen a Dios” (1 Corintios 15:33–34).

Es evidente que las comunicaciones malignas no son sólo un asunto de malos modales; si los Santos de los Últimos Días las llevan a la práctica, pueden afectar en forma negativa a quienes no tengan conocimiento de Dios ni un testimonio del Salvador.

Todo uso que se le dé a internet para intimidar, destruir la reputación o poner a alguien en tela de juicio, es reprochable. Lo que vemos en la sociedad es que, cuando las personas se ponen la máscara del anonimato, son más propensas a participar en ese tipo de conducta que es tan destructiva para la comunicación civilizada. Eso también constituye una violación a los principios básicos que enseñó el Salvador.

El Salvador explicó que Él no había venido a condenar al mundo, sino a salvar al mundo; y luego describió lo que significa la condenación:

“Y ésta es la condenación: que la luz ha venido al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras son malas.

“Pues todo aquel que hace lo malo aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas.

“Pero el que vive conforme a la verdad viene a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras son hechas en Dios” (Juan 3:19–21; véanse también los versículos 17–18).

Los justos no necesitan usar máscaras para ocultar su identidad.

Actúen de acuerdo con sus verdaderas creencias

Ustedes actúan de acuerdo con sus verdaderas creencias cuando utilizan su tiempo en aquellas cosas que edificarán y desarrollarán su carácter y los ayudarán a ser más como Cristo. Espero que ninguno de ustedes considere la vida principalmente como diversión y juegos, sino más bien como un tiempo para prepararse “para comparecer ante Dios” (Alma 34:32).

Vemos un maravilloso ejemplo en cuanto a hacer bien nuestra parte y usar nuestro tiempo de manera apropiada en la vida del élder L. Tom Perry, del Quórum de los Doce Apóstoles, cuando, como infante de marina, formó parte de las fuerzas estadounidenses que ocuparon Japón al final de la Segunda Guerra Mundial. El élder Perry relató esta experiencia cuando expresó su testimonio especial del Salvador.

“Estuve entre los primeros infantes de marina que llegaron a las costas de Japón tras firmarse el tratado de paz al final de la Segunda Guerra Mundial. Entrar en la devastada ciudad de Nagasaki fue una de las experiencias más tristes de mi vida; una gran parte estaba totalmente destruida y todavía había muertos sin enterrar. Como tropas de ocupación, establecimos el cuartel general y nos pusimos a trabajar.

“La situación era deprimente y algunos deseábamos hacer algo más. Hablamos con el capellán de la división y le pedimos permiso para reconstruir las capillas cristianas. Debido a las restricciones del gobierno durante la guerra, esas iglesias casi habían dejado de funcionar y sus edificios habían sufrido daños considerables. Un grupo de nosotros se ofreció para reparar y revocar las paredes de esas capillas durante nuestro tiempo libre a fin de que estuvieran en condiciones para que se efectuaran los servicios cristianos otra vez.

“…Buscamos a los clérigos que no habían podido ministrar durante la guerra y los animamos a que volvieran al púlpito. Tuvimos una experiencia magnífica con esas personas cuando volvieron a tener la libertad de practicar sus creencias cristianas.

“Siempre recordaré lo que ocurrió cuando nos íbamos de Nagasaki para volver a casa. Al subir al tren que nos llevaría hasta los barcos en los que regresaríamos a casa, muchos otros infantes de marina se burlaron de nosotros. Estaban con sus amigas despidiéndose de ellas y se reían de nosotros diciéndonos que nos habíamos perdido la diversión en Japón por haber desperdiciado nuestro tiempo trabajando y reparando paredes.

“En el momento en que más se mofaban de nosotros, aparecieron por detrás de una pequeña colina que había cerca de la estación unos doscientos de esos buenos cristianos japoneses de las iglesias que habíamos reparado, cantando ‘Con valor marchemos’. Vinieron y nos llenaron de regalos. Se colocaron en línea junto a las vías del ferrocarril y, cuando el tren se puso en marcha, estiramos las manos para tocar sus dedos para despedirnos. No podíamos hablar debido a la emoción, pero estábamos agradecidos por haber podido ayudar, en una pequeña medida, a restablecer el cristianismo en un país después de la guerra”5.

Por favor, piensen y sean proactivos al decidir cómo van a usar su tiempo. Como ven por el ejemplo del élder Perry, no me refiero a que den a conocer de qué religión son ni de aparentar ser fieles; eso puede ser vergonzoso para ustedes y para la Iglesia. Me refiero a que lleguen a ser lo que deben ser.

Fíjense metas adecuadas

Mi tercer consejo se relaciona con algunas de las metas que deben tener en cuenta. Casi al mismo tiempo que el élder Perry estaba en Japón con los infantes de marina, el presidente Boyd K. Packer, Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles, sirvió en Japón con la fuerza aérea al final de la Segunda Guerra Mundial.

En el año 2004, acompañé al presidente Packer y a otras personas a Japón. Él tuvo la oportunidad de recorrer lugares donde había estado y reflexionar sobre las experiencias que tuvo y las decisiones que tomó en ese entonces. Con su permiso, compartiré algunas de sus ideas y sentimientos.

El presidente Packer describió experiencias que tuvo en una isla cercana a la costa de Okinawa. Él considera que ése fue su monte en el desierto. Su preparación personal y el reunirse con otros miembros habían profundizado su creencia en las enseñanzas del Evangelio. Lo que aún le faltaba era la confirmación: la certeza de lo que ya había sentido como verdadero.

La autora de la biografía del élder Packer capta lo que sucedió: “En contraste con la paz de la confirmación que él buscaba, se enfrentó cara a cara con el infierno de la guerra contra personas inocentes. Buscando la soledad y tiempo para pensar, un día escaló una colina que se elevaba sobre el océano. Allí encontró los restos destrozados de una cabaña de campesinos con el abandonado campo de camotes cercano. Entre las plantas casi marchitas vio los cuerpos masacrados de una madre y sus dos hijos. Lo que vio lo llenó de una profunda tristeza mezclada con los sentimientos de amor que sentía por su propia familia y por todas las familias”6.

Después de eso entró en un refugio improvisado donde reflexionó, meditó y oró. Al recordar ese acontecimiento, el presidente Packer describió lo que yo llamaría una experiencia espiritual confirmadora. Sintió inspiración en cuanto a lo que debía hacer de su vida. Desde luego, él no tenía idea de que se lo llamaría al alto y santo llamamiento que ahora tiene. Su visión era ser maestro, recalcando las enseñanzas del Salvador. Tomó la decisión de que viviría una vida recta.

Comprendió, de manera un tanto profunda, que tendría que hallar a una esposa recta y que juntos criarían a una familia grande. Ese joven soldado se dio cuenta de que la carrera que había elegido le proporcionaría ingresos módicos y que su dulce compañera tendría que compartir las mismas prioridades que él y estar dispuesta a vivir sin algunas cosas materiales. Para el presidente Packer, la hermana Donna Packer fue y es, la compañera perfecta. Nunca les sobró mucho dinero, pero no se sintieron privados de ninguna manera. Criaron diez hijos y se sacrificaron; ahora tienen sesenta nietos y más de ochenta bisnietos.

Comparto este acontecimiento de la vida real porque con demasiada frecuencia nuestras metas están basadas en lo que el mundo valora. Los elementos esenciales son realmente sencillos para los miembros que han recibido las ordenanzas salvadoras: Sean rectos. Formen una familia. Encuentren una manera adecuada de proveer el sustento que necesiten. Sirvan en lo que se les llame. Prepárense para comparecer ante Dios.

El Salvador enseñó que “la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lucas 12:15).

Edifiquen su país y su comunidad

Además de sus atributos, cualidades y decisiones personales, si van a ser la generación que deben ser, edificarán el país y la comunidad en donde viven. Su generación tendrá que defender la rectitud y la libertad religiosa. El legado judeocristiano que hemos heredado no es sólo preciado sino esencial en el plan de nuestro Padre Celestial; debemos preservarlo para generaciones futuras. Debemos asociarnos con personas buenas, incluso las de otras religiones, en especial aquellas que se sientan responsables ante Dios por su conducta. Ésas son personas que comprenderán el consejo “cualquiera sea tu arte, haz bien tu parte”. El enaltecer con éxito los valores judeocristianos y la libertad religiosa destacará a su generación como la gran generación que tiene que ser.

Con los desafíos que existen en el mundo hoy, la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles se preocupan en particular de que ustedes participen en forma apropiada en el proceso político del país en donde vivan. La Iglesia es neutral en cuanto a debates políticos y no apoya candidatos ni partidos. Sin embargo, esperamos que nuestros miembros participen activamente y apoyen a los candidatos o partidos de su elección basándose en principios que protejan a los buenos gobiernos. Nuestra doctrina es clara: “…debe buscarse diligentemente a hombres honrados y sabios, y a hombres buenos” (D. y C. 98:10).

Tenemos gran confianza en ustedes. Los líderes de la Iglesia sinceramente creen que ustedes pueden edificar el reino como ninguna generación anterior. Ustedes cuentan no sólo con nuestro amor y confianza, sino también con nuestras oraciones y bendiciones. Sabemos que el éxito de la generación de ustedes es esencial para el establecimiento continuo de la Iglesia y para el progreso del reino. Rogamos que ustedes hagan bien su parte y eviten usar máscaras; actúen de acuerdo con su verdadera identidad, establezcan metas adecuadas y edifiquen su país y su comunidad.

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    Notas

  1.   1.

    David O. McKay, en Francis M. Gibbons, David O. McKay: Apostle to the World, Prophet of God, 1986, pág. 45.

  2.   2.

    Véase Mark L. Staker, “Remembering Hiram, Ohio”, Ensign, octubre de 2002, págs. 32, 35.

  3.   3.

    Véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 25.

  4.   4.

    “Firmes creced en la fe”, Himnos, Nº 166.

  5.   5.

    L. Tom Perry, en “Joy —for Us and Others— Comes by Following the Savior”, http://lds.org/prophets-and-apostles/what-are-prophets-testimonies?lang=eng.

  6.   6.

    Lucile C. Tate, Boyd K. Packer: A Watchman on the Tower, 1995, págs. 58–59.