Hasta la próxima

Decir palabrotas


El decir palabrotas se me estaba arraigando con tanta fuerza como las matas espinosas se adhieren al pelo de los perros.

La expresión en el rostro de mi madre me partió el corazón. Sorpresa; tristeza; desilusión; todas ellas se manifestaron en sus ojos una tras otra y luego confluyeron en una emoción: decepción.

A pesar de que ella me había enseñado durante mis 15 años a honrar al Padre Celestial en palabras y en hechos, allí estaba yo, dejando que se me escapara de la boca una palabra sumamente ofensiva.

No había tenido la intención de decir una palabrota. Antes de ese año, nunca había usado malas palabras; pero ese verano había trabajado para el Departamento de caza y pesca de Utah, EE. UU., y había adquirido el hábito de otros muchachos que trabajaban conmigo.

Nuestra tarea principal era cortar cardos de los bordes de las carreteras estatales. En seguida llegamos a la conclusión de que el Arctium minus era una hierba particularmente nociva. Crece a montones en cualquier lugar y sofoca a casi todas las otras plantas; sus matas espinosas se pegan a todo lo que esté cerca.

Con palas en mano, batallamos contra ellas todo el verano hasta el punto de quedar exhaustos y de decir malas palabras. Al principio consideré que la forma de hablar de mis compañeros era ofensiva, después la toleré y finalmente la adopté; para el fin del verano, el hábito de decir palabrotas se me estaba arraigando con tanta fuerza como las matas espinosas se adhieren al pelo de los perros.

Sin embargo, la reacción que tuvo mi madre cuando se me escapó una, me convenció de que tenía que cambiar.

No fue fácil; el decir malas palabras no es sólo una forma de expresarse; también es un modo de pensar. Las conversaciones de las que participamos en la vida, los libros que leemos y las imágenes que vemos dan forma a nuestros pensamientos. No tardé en darme cuenta de que tenía que cambiar lo que dejaba entrar en mi mente si quería cambiar las palabras que usaba.

Afortunadamente, asistía a la Iglesia y a seminario con regularidad. Las malas palabras habían sofocado los pensamientos más elevados, pero el estar en un ambiente en el que estaba expuesto a esos pensamientos elevados permitió que volvieran a prevalecer. Me concentré en leer las Escrituras a diario y en orar. Me mantuve alejado de películas y programas de televisión que pudieran volver a introducir pensamientos oscuros en mi mente.

De a poco, vi que mi forma de hablar mejoraba; para fin del año me había desecho del hábito de decir malas palabras.

Desde entonces, he aprendido mucho en cuanto al poder de las palabras. Las palabras pueden elevar o destruir; pueden lastimar o sanar; pueden degradar a las personas o pueden sembrar semillas de esperanza y amor.

Me resulta interesante el hecho de que al mismo Salvador, el Creador del cielo y de la tierra se lo llame el Verbo (véase Juan 1:1–4; D. y C. 93:6–11).

En conclusión: Llegamos a ser más como el Verbo cuando nuestras palabras lo honran a Él y reflejan Su gloria.