Voces de los Santos de los Últimos Días

Voces de los Santos de los Últimos Días


¿Regresaría Matthew?

Se ha omitido el nombre

En nuestro barrio había un grupo de hombres jóvenes fuertes en el Evangelio, pero nuestro hijo Matthew escogió la compañía de un joven que no era miembro y que compartía su afición por los automóviles y todo lo que tuviese que ver con la mecánica. Desafortunadamente, el joven provenía de una familia que no valoraba la religión. Sus padres le permitían beber alcohol y fumar en su casa y no creían que fuese importante ser moralmente puro.

Matthew había obtenido el galardón máximo en escultismo, pero no tomó parte en la entrega de condecoraciones pues había dejado de vivir las normas de escultismo. Yo reuní todos sus galardones de escultismo y los puse en un cuadro. Luego lo guardé, con la esperanza de que algún día fuera de valor para él. Para cuando tenía dieciséis años, Matthew fumaba, bebía y consumía drogas. Abandonó la escuela y se fue a vivir con su novia. Durante algunos años, apenas lo veíamos.

Estábamos desolados. No sabíamos si alguna vez regresaría a su familia y a su fe, pero decidimos seguir el ejemplo de Alma al tratar con su hijo descarriado. Alma siguió amando a su hijo y oró con fe para que fuera “traído al conocimiento de la verdad” (Mosíah 27:14).

Orábamos constantemente para que el Señor interviniera en la vida de Matthew y aprovechábamos toda oportunidad para expresarle mediante palabras y acciones cuánto lo amábamos. Cuando venía a casa, no decíamos nada que él pudiera interpretar como crítica ni reprobación; sencillamente manifestábamos nuestra dicha de verlo.

Un día, Matthew vino a casa y dijo que quería hablar. Dijo que en una fiesta había conocido a una joven que tenía preguntas sobre la Iglesia. Antes de que pudiera decirle que no sabía las respuestas, le empezaron a brotar las palabras de la boca. Se encontró contestando las preguntas tan pronto como ella las formulaba. Matthew dijo que no recordaba haber aprendido las cosas que habló, pero que sabía que sus palabras eran verdaderas. Se preguntaba por qué vivía del modo en que lo hacía cuando todavía creía en el Evangelio.

Después de un examen de conciencia que duró tres días, resolvió dejar atrás la vida que había estado llevando. Había venido a casa a fin de pedir ayuda para empezar de nuevo.

Matthew llamó a un primo de otro estado que había tenido dificultades parecidas y le preguntó si podía quedarse con él. Su primo accedió y Matthew comenzó a asistir a las reuniones de la Iglesia con él y se reunió con el obispo para recibir ayuda en el proceso de arrepentimiento. Sintió amor y apoyo, y volvió a activarse en la Iglesia.

Con el tiempo, conoció a una joven encantadora y recta; se enamoraron y contrajeron matrimonio en el templo.

Cuando nació su primer bebé, los visité y les llevé el cuadro que había hecho con los galardones de escultismo. Matthew estuvo encantado y lo colgó con orgullo en un lugar bien visible de la casa.

A nuestro hijo no se le apareció un ángel como sucedió con Alma, hijo; sin embargo, el regreso de Matthew a la verdad fue igual de milagroso.

Estaba en casa

Steven Sainsbury, California, EE. UU.

Como parte de un proyecto de servicio, viajé a Ruanda junto con otros doctores para ayudar con necesidades médicas. Al cabo de dos semanas, cerca del final del viaje, empecé a sentir nostalgia; extrañaba a mi familia, mi cómoda cama y mi casa.

Durante mi último domingo en África, pude organizar mi horario para asistir a la Iglesia. Aunque ésta aún no se reconocía formalmente en Ruanda, me fue posible encontrar en el sitio web de la Iglesia el horario de las reuniones y algunas indicaciones para llegar.

¡Y vaya indicaciones!: “Recorra la calle empedrada frente al edificio del Ministerio; busque una verja abierta y luego baje los escalones”.

Conforme seguía las indicaciones, comencé a oír el distintivo estribillo de un himno familiar. Bajé los escalones y escuché la letra de “Qué firmes cimientos” (Himnos, N° 40). Los escalones terminaban en un pequeño edificio, donde decenas de personas sonrientes se aglomeraban junto a la entrada. A pesar del hecho de que era un extraño para la congregación, sentí una afinidad inmediata. Decenas de hermanos y hermanas ruandeses se acercaron a estrecharme la mano y, al hacerlo, desapareció de mis hombros la opresiva carga de la soledad; ¡estaba en casa!

Tras entrar en el edificio, participé de las tres horas típicas de reuniones que no diferían en nada de las de mi barrio en California. Poseedores del Sacerdocio Aarónico repartieron la Santa Cena, los discursos se centraron en el Salvador e incluso la clase de la Escuela Dominical fue la misma que se enseñó en mi barrio de origen esa semana.

Lo más importante fue que el Espíritu del Señor estuvo presente durante las reuniones. Claramente, el Señor estaba complacido con aquellas buenas personas que trataban de hacer lo mejor para servirle. Me enteré de que el año anterior, tan sólo un puñado de ruandeses asistía a las reuniones allí; sin embargo, conté más de cien personas presentes y la mitad de ellas eran niños sonrientes.

Ahora que se ha abierto Ruanda para la obra misional, me imagino que los misioneros tendrán gran éxito conforme el Espíritu testifique a un creciente número de investigadores ruandeses que la Iglesia restaurada es el reino de Dios para toda la tierra, para todo continente, para todo pueblo y para todo hijo de Dios. Cuán agradecido estoy por la Iglesia, ya sea que se halle en la costa central de California o al final de una calle empedrada de África Central.

¿Qué fue lo que los trajo a Rexburg?

Sandra Rush, Idaho, EE. UU.

Después de vivir durante décadas donde los miembros de la Iglesia son una minoría, mi esposo y yo nos mudamos a un vecindario de Rexburg, Idaho, EE. UU., que tenía tan sólo dos familias que no eran miembros. Tuvimos la fortuna de vivir junto a una de ellas.

La primera vez que estacionamos en la entrada de nuestro garaje, el padre de la familia estaba cortando el césped. Mi esposo y yo cruzamos nuestro césped para conocerlo. Al extenderle la mano, le pregunté: “¿Qué fue lo que los trajo a Rexburg?”.

Contestó: “Mi profesión; y además, buscamos específicamente una ciudad que necesitara conocer a Cristo”.

Sentí como si me hubieran echado un balde de agua fría, pero sonreí. En ese momento resolví que, independientemente de lo que nuestro nuevo vecino dijera o hiciera, nosotros seríamos los mejores vecinos que aquella familia había tenido. En toda interacción que tuviésemos con ellos trataríamos de reaccionar de manera amable, afectuosa y prudente, como lo haría el Salvador.

Durante los siguientes ocho años hubo muchas actividades que nuestras familias compartieron. Invitaba a la madre a las actividades de la Sociedad de Socorro y asistía. Ella me invitó a mí y a muchas de nuestras vecinas Santos de los Últimos Días a un retiro espiritual para mujeres cristianas patrocinado por su iglesia. A mi esposo y a mí nos invitaban a las presentaciones de danza y conciertos de piano de sus hijos. Se incluía a la familia de ellos en las comidas al aire libre y fiestas del vecindario. Además, sus hijos más grandes nos llamaban cuando necesitaban que los recogieran para volver a casa del trabajo y no podían comunicarse con sus padres.

A los padres les preocupaba que a sus hijos comenzaran a agradarles demasiado los Santos de los Últimos Días, de modo que no permitieron que se unieran al programa de escultismo de nuestro barrio. Sin embargo, consideraban nuestra casa un lugar seguro donde dejaban que sus hijos jugaran cuando nuestros nietos estaban de visita.

Cada vez que nuestros vecinos intentaban ayudarnos a ver “que estábamos en error”, les recordábamos que respetábamos mucho sus creencias y el modo en que ellos vivían y criaban a sus hijos, y agregábamos que esperábamos el mismo respeto por nuestras creencias, las cuales también se centraban en las enseñanzas del Salvador.

Cuando la madre trató de convertir nuestras diferencias en una brecha profunda e imposible de salvar al afirmar que los Santos de los Últimos Días creían en un “Jesús diferente”, le recordé que las dos creíamos que Él es el divino Hijo Amado de Dios. Con el tiempo, ambas disfrutamos una afectuosa y amigable relación.

La familia se mudó sin unirse a la Iglesia; no obstante, si pueden decir: “Vivimos entre mormones; son personas buenas, respetuosas y de corazón sincero”, entonces, considero que tuvimos éxito en ser buenos vecinos y en ayudarlos a ser más abiertos y justos en su opinión de los Santos de los Últimos Días.

Una caja de fotografías

Cindy Heggie, Alberta, Canadá

Hace algunos años, mi esposo y yo arrojábamos unos desechos en el vertedero de basura local cuando noté que una de las mujeres que trabajaban allí levantaba una caja para ponerla en el incinerador. De repente, la caja se rompió y cayeron algunas fotografías.

Mientras observaba, tuve la fuerte impresión de ir y tomar aquella caja de fotografías. Salí del automóvil de un salto para ayudar a recoger las fotos. La mujer y yo pensamos que se habían arrojado a la basura por error y la convencí de que me permitiera llevarme las fotografías para intentar hallar a alguien que las quisiera.

Al hurgar entre los cientos de fotografías de la caja, encontré un sobre dirigido a alguien de Warburg, Alberta, Canadá. Durante los años siguientes, escribí cartas a algunas personas con el mismo apellido, aunque jamás obtuve respuesta.

Cuando mi familia tuvo acceso a internet, descubrí que había una sociedad histórica en Warburg. Pregunté si alguna de las personas que trabajaba allí reconocía los nombres que yo había hallado en la caja de fotografías.

Un mes después, recibimos una llamada de un hombre con quien la sociedad histórica se había comunicado. Nos dijo que su hermana vivía cerca de nosotros y nos preguntó si ella podría ver las fotos; por supuesto que accedimos.

Al día siguiente, Floyd y Beth Hawthorn, ambos Santos de los Últimos Días, vinieron a ver las fotografías. Cuando abrí la caja, el hermano Hawthorn dijo: “Pues bien, allí lo tienes”, señalando la foto que estaba arriba. Era una fotografía del abuelo de la hermana Hawthorn.

A medida que sacaban las fotos, los hermanos Hawthorn nos contaban anécdotas sobre las personas que aparecían en cada una. Los Hawthorn dudaban de que estuvieran emparentados con la persona que había desechado las fotos, y tampoco tenían idea alguna de por qué éstas habían terminado en el vertedero de basura.

Estoy convencida de que el Padre Celestial me ayudó a devolver las fotografías a la familia Hawthorn. Testifico que la obra de historia familiar es una de las más importantes que se han de realizar. Si estamos dispuestos a hacer la obra, el Señor nos ayudará a efectuarla.