Mensaje de la Primera Presidencia

Nuestra responsabilidad de rescatar


Thomas S. Monson

Nuestra responsabilidad de rescatar

Para los Santos de los Últimos Días, la necesidad de rescatar a nuestros hermanos y hermanas que, por una razón u otra, se desviaron del camino de la actividad en la Iglesia, es de importancia eterna. ¿Conocemos esa clase de personas que una vez abrazaron el Evangelio? Si es así, ¿cuál es nuestra responsabilidad de rescatarlos?

Consideren a los errantes entre las personas ancianas, los viudos o las viudas, y los enfermos. Con demasiada frecuencia, esas personas se encuentran en los áridos y desolados yermos del aislamiento que llamamos soledad. Cuando se desvanece la juventud, cuando la salud se deteriora, cuando la energía declina y la luz de la esperanza brilla cada vez más tenuemente, la mano que brinda ayuda y el corazón que conoce la compasión pueden socorrer y sostener a esas personas.

Por supuesto, hay otros que necesitan ser rescatados. Algunos luchan con el pecado mientras que otros andan errantes en el temor, la apatía o la ignorancia. Sea cual sea la razón, se han alejado de la actividad en la Iglesia; y seguramente permanecerán así a menos que nazca en nosotros, los miembros activos de la Iglesia, el deseo de rescatar y de salvar.

Alguien que muestre el camino

Hace un tiempo recibí una carta de un hombre que se había alejado de la Iglesia, la cual representa a muchos de nuestros miembros. Después de describir cómo se había inactivado, escribió:

“Tenía tanto y ahora tengo tan poco; soy desdichado y siento que estoy fracasando en todo. El Evangelio nunca se ha apartado de mi corazón a pesar de que ya no sea parte de mi vida. Le ruego que ore por mí.

“No se olvide de los que estamos por aquí: los Santos de los Últimos Días que andamos errantes. Sé dónde está la Iglesia, pero a veces pienso que necesito que alguien me muestre el camino, me anime, disipe mis temores y me testifique”.

Mientras leía esa carta, mis pensamientos se remontaron a una visita que hice a una de las grandes galerías de arte del mundo: el famoso Museo de Victoria y Alberto, en Londres, Inglaterra. Allí, exquisitamente enmarcada, se encontraba una obra maestra que Joseph Mallord William Turner pintó en 1831. En ella se aprecian nubes tenebrosas y la furia de un mar turbulento que augura peligro y muerte. A lo lejos se divisa la tenue luz de un barco encallado. En primer plano, hay un bote salvavidas grande que es sacudido por las olas de aguas espumosas. Los hombres tiran de los remos con fuerza mientras el bote se interna en la tempestad. En la playa se encuentran una esposa y dos niños, empapados por la lluvia y azotados por el viento, mirando ansiosos hacia el mar. Mentalmente abrevié el nombre del cuadro; para mí, fue: Al rescate1.

En medio de las tormentas de la vida, acecha el peligro; los hombres, las mujeres y los niños se hallan perdidos y hacen frente a la destrucción. ¿Quién maniobrará los barcos salvavidas, dejando atrás las comodidades del hogar y de la familia, e irá al rescate?

Nuestra tarea no es insuperable. Estamos en la obra del Señor y tenemos derecho a Su ayuda.

Durante Su ministerio entre los hombres, el Maestro llamó a pescadores de Galilea para que dejaran sus redes y lo siguieran; les dijo: “…os haré pescadores de hombres”2. Espero que nos unamos a las filas de los pescadores de hombres y mujeres para que podamos brindar la ayuda que nos sea posible.

Es nuestro deber tender una mano para rescatar a los que han dejado la protección de la actividad en la Iglesia, a fin de llevarlos a la mesa del Señor para que se deleiten en Su palabra, disfruten de la compañía de Su Espíritu y ya no sean más “extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios”3.

El principio del amor

He descubierto que, en gran medida, son dos las razones fundamentales que impulsan el regreso a la actividad y los cambios en la actitud, los hábitos y las acciones. Primero, las personas regresan porque alguien les ha mostrado sus posibilidades eternas y las ha ayudado a decidir alcanzarlas. Las personas menos activas ya no se conforman con la mediocridad una vez que ven que pueden lograr la excelencia.

Segundo, otras personas regresan porque sus seres queridos o los “conciudadanos de los santos” han seguido la admonición del Salvador, han amado a su prójimo como a sí mismos4, y han ayudado a los demás a realizar sus sueños y ambiciones.

El catalizador de ese proceso ha sido, y continuará siendo, el principio del amor.

En un sentido muy real, las personas que quedaron encalladas en el tempestuoso mar de la pintura de Turner son como muchos de nuestros miembros menos activos que esperan ser rescatados por los que maniobran los botes salvavidas. Sus corazones anhelan ayuda. Las madres y los padres oran por sus hijos; las esposas suplican al cielo que sus esposos sean rescatados y, a veces, los niños oran por sus padres.

Ruego que tengamos el deseo de rescatar a los menos activos y los llevemos de regreso al gozo del evangelio de Jesucristo para que participen, junto con nosotros, de todo lo que brinda el pleno hermanamiento.

Que tendamos la mano para rescatar a los errantes que nos rodean: los ancianos, los viudos, los enfermos, los discapacitados, los menos activos y quienes no están guardando los mandamientos. Ruego que les tendamos la mano que ayuda y el corazón que conoce la compasión. Al hacerlo, llevaremos gozo a su corazón y nosotros sentiremos la profunda satisfacción que viene de ayudar a otra persona a lo largo del sendero que conduce a la vida eterna.

Cómo enseñar con este mensaje

Considere la posibilidad de preguntar a las personas que visita si conocen a alguien que ha estado teniendo dificultades para asistir a la Iglesia. Podrían escoger una persona y hablar de las maneras en que podrían demostrarle amor; por ejemplo, invitarla a participar de una noche de hogar o de una comida con la familia.

El regalo de Jen

La autora vive en Utah, EE. UU.

En mi segundo año de la escuela secundaria tomé una serie de decisiones equivocadas que trajeron graves consecuencias e infelicidad; entonces decidí usar mis vacaciones de verano para empezar a hacer cambios. Cuando la escuela empezó de nuevo, almorzaba en el baño o en un corredor donde no hubiera nadie para evitar las malas compañías que esperaban que volviera a asociarme con ellas.

Jamás me había sentido tan sola.

Entonces Dios me dio un regalo: Me envió a Jen. Ella nunca me juzgó por mis errores; al contrario, me alentó a seguir haciendo lo correcto. El saber que ella estaba en la escuela me ayudó a continuar leyendo las Escrituras y a fortalecer mi testimonio; para el momento de la graduación, me había demostrado a mí misma que estaba comprometida a cambiar.

A veces me pregunto dónde estaría hoy si Jen no me hubiera tendido una mano. ¿Podría haber permanecido fiel a mis principios sin ella? Por suerte, nunca lo sabré, porque ella estuvo ahí de todo corazón, lista y dispuesta a ayudarme.

Niños

Maneras de rescatar

El presidente Thomas S. Monson enseña que debemos tender la mano a otras personas, entre ellas a los ancianos, las viudas y los viudos, los enfermos, los menos activos y aquellos que necesitan ayuda adicional. Mira las ilustraciones de abajo y encierra en un círculo las que muestren algo que podrías hacer para ayudar a los demás.

En las líneas siguientes escribe algunas maneras en que puedes ayudar a otras personas. Puedes utilizar los dibujos para darte ideas.

Ilustraciones por Adam Koford.

Mostrar referencias

    Notas

  1.   1.

    El título completo de la pintura es: Life-Boat and Manby Apparatus Going Off to a Stranded Vessel Making Signal (Blue Lights) of Distress. [Bote salvavidas y tripulación partiendo hacia el barco encallado que envía señales (luces azules) de peligro].

  2.   2.

    Mateo 4:19.

  3.   3.

    Efesios 2:19.

  4.   4.

    Véase Mateo 22:39.