Simplemente sonríe y di que no


Ya había rechazado invitaciones a beber alcohol, pero en esta ocasión era el presidente de la compañía el que me estaba ofreciendo un vaso de vino.

Ilustración por Sudi McCollan.

Un verano participé de una pasantía en una isla de Bicol, Filipinas. La vista del océano era hermosísima y esperaba ansiosa la llegada de cada mañana.

Sin embargo, temía las noches, pues era cuando la gente del campamento comenzaba a beber alcohol y a tener fiestas. Las invitaciones a esas fiestas eran frecuentes y mis compañeros pasantes y yo teníamos que asistir, dado que el no hacerlo hubiera sido una falta de respeto.

La primera fiesta fue de bienvenida a los nuevos pasantes. Tenía miedo de asistir porque estaba segura de que nos ofrecerían bebidas alcohólicas y no sabía exactamente cómo rehusarlas. Llamé a un amigo de mi barrio de la Iglesia y él me dio maravillosos consejos que me infundieron confianza.

Al comenzar la fiesta, nos ofrecieron bebidas, pero, afortunadamente, no nos obligaron a beber. Gracias a que mis compañeros pasantes aceptaron mi decisión de no beber, me resultó fácil rechazar los ofrecimientos que siguieron… hasta una noche en particular. Durante una de las fiestas, apareció el presidente de la compañía con una botella de lambanog (un vino local hecho del coco). Poco después de su llegada, lo vi servir un poco de ese vino, tras lo cual dijo: “Tienen que aprender a beber” y le entregó el vaso a una de las pasantes; ella lo bebió rápidamente.

El corazón me empezó a latir con fuerza; mi turno no demoraría en llegar. Para mis adentros, susurraba: “No lo voy a beber. No lo voy a beber”. Entonces vi que el presidente me extendía el vaso de vino a mí. No sabía qué hacer. Mis compañeros me observaban, esperando ver qué haría. Sonreí al presidente y humildemente le dije: “Perdón, señor, pero yo no bebo alcohol”.

Me di cuenta de su desilusión. Me preguntó entonces por qué no bebía y yo respondí: “Soy mormona”.

“No he oído hablar de esa religión”, dijo. “Parece un tipo de comida”, y entonces todos se rieron.

Yo también emití una sonrisa, no por causa de su broma, sino porque sabía que había hecho lo correcto.

Aunque nadie volvió a ofrecerme bebidas, las burlas no cesaron, ni siquiera de parte de mis amigos. Uno de ellos hasta dijo que yo estaba mintiendo y que era imposible imaginar que los miembros de la Iglesia no bebieran. Durante aquella época, sentí la presión que sufren los miembros de la Iglesia.

Gracias a mi estadía en esa isla, aprendí muchas lecciones, no sólo académicas, sino también espirituales. Aprendí que, si bien es probable que las burlas nunca acaben, el Espíritu del Señor siempre nos guiará a hacer lo correcto.