Reclamen las bendiciones de sus convenios


Linda S. Reeves
Al renovar y honrar nuestros convenios, nuestras cargas se aligerarán y seremos purificadas y fortalecidas continuamente.

Hermanas, qué maravilloso es estar con ustedes otra vez.

Hace poco conocí a una mujer que se estaba preparando para ser bautizada. Ese domingo en particular, llegó a la Iglesia después de haber caminado tres kilómetros (2 millas) en el lodo espeso. Inmediatamente entró en el baño, se quitó la ropa llena de lodo, se lavó y se puso ropa de domingo limpia. En la reunión de la Sociedad de Socorro, ella relató su conversión. Me conmovió su inmenso deseo de ser lavada y purificada mediante el arrepentimiento y el sacrificio expiatorio del Salvador y su deseo de abandonar su “vida anterior” a fin de hacer convenios sagrados con nuestro Padre Celestial. Se había separado de su novio, estaba superando adicciones para vivir la Palabra de Sabiduría, había renunciado a su trabajo del día domingo, y había perdido la amistad de sus seres queridos cuando anunció sus planes de bautizarse. Estaba ansiosa por abandonar todos sus pecados para ser limpiada y poder sentir el amor redentor del Salvador. Me sentí inspirada esa mañana por su deseo de llegar a ser limpia, tanto física como espiritualmente.

Sabemos que muchas de ustedes han hecho sacrificios similares al haber sentido el testimonio del Espíritu Santo, y que han deseado arrepentirse, bautizarse y ser limpias. Tal vez en ningún otro momento sentimos el amor divino del Salvador tan abundantemente como lo hacemos cuando nos arrepentimos y sentimos Sus amorosos brazos extendidos para abrazarnos y asegurarnos Su amor y aceptación.

Hace unos domingos, al escuchar la oración de la Santa Cena, me sentí conmovida por la manera en que el presbítero pronunció cada palabra con gran sentimiento. Más tarde, llamé a ese presbítero para darle las gracias por ayudar a que la Santa Cena fuera una experiencia profundamente espiritual para mí y para la congregación. Él no estaba en casa, pero su madre respondió: “¡Oh, él se pondrá muy contento de que haya llamado! Ésta es la primera vez que hace la oración de la Santa Cena, y nos hemos estado preparando juntos, hablando acerca de la importancia de la Santa Cena y de renovar con dignidad nuestros convenios bautismales con el Salvador”. Cuánto amo a esa querida madre por enseñar a su hijo acerca del poder de los convenios bautismales y de la oportunidad que él tiene de ayudar a los miembros del barrio a sentir ese poder.

Otra madre que conozco se ha sentado sola en la Iglesia durante varios años con sus cuatro hijos pequeños. Ya que muy pocas veces es capaz de concentrarse en el Salvador durante la Santa Cena, ideó un plan. Ahora trata de pasar tiempo cada sábado repasando su semana y pensando en sus convenios y en aquello de lo que necesita arrepentirse. “Entonces”, dice, “sin importar qué tipo de experiencia tenga con mis hijos el domingo, estoy lista para tomar la Santa Cena, renovar mis convenios y sentir el poder purificador de la Expiación”.

¿Por qué da el Salvador tanta importancia a la Santa Cena, queridas hermanas? ¿Qué importancia tiene en nuestra vida esa renovación semanal de nuestros convenios bautismales? ¿Reconocemos la capacidad del Salvador de limpiarnos completamente cada semana al tomar la Santa Cena con dignidad y reflexión? El presidente Boyd K. Packer ha testificado: “Ésa es la promesa del evangelio de Jesucristo y de la Expiación:… que… al finalizar [nuestra] vida [podamos] atravesar el velo [habiéndonos] arrepentido de [nuestros] pecados y habiendo quedado [limpios] mediante la sangre de Cristo”1.

Como presidencia, sentimos gran gozo cuando nuestras hermanas y sus familias hacen y guardan convenios; pero nuestro corazón sufre por aquellas de ustedes que están pasando por grandes adversidades en la vida a causa de la ruptura de convenios de sus seres queridos. El Señor mandó al profeta Jacob, hermano de Nefi, que hablara con sus hermanos en cuanto a las mujeres y los niños justos de su época. Les testifico que sus palabras han sido preservadas específicamente para nuestros días; él nos habla como si el Salvador mismo estuviera hablando. A Jacob lo “[agobiaba] el peso de un… afán mayor”, como testificó a los esposos y padres:

“…me apena tener que ser tan audaz en mis palabras… delante de vuestras esposas e hijos, muchos de los cuales son de sentimientos sumamente tiernos, castos y delicados…

“…los sollozos de sus corazones ascienden a Dios… han perecido muchos corazones, traspasados de profundas heridas”2.

A las mujeres y niños de su época y de la nuestra que guardan los convenios, Jacob promete:

“Confiad en Dios con mentes firmes, y orad a él con suma fe, y él os consolará en vuestras aflicciones…

“¡…levantad vuestra cabeza y recibid la placentera palabra de Dios, y deleitaos en su amor!”3.

Hermanas, testifico de la fuerza y el poder de la oración al expresar nuestros más profundos dolores y deseos a nuestro Padre Celestial, y de las respuestas que se reciben al “deleitarnos” en las Escrituras y las palabras de los profetas vivientes.

Hace casi tres años, un devastador incendio destruyó el interior del amado e histórico tabernáculo de Provo, Utah, EE. UU. Su pérdida se consideró una gran tragedia para la comunidad y para los miembros de la Iglesia. Muchos se preguntaban: “¿Por qué permitió el Señor que esto sucediera? Ciertamente Él podría haber evitado el fuego o detenido su destrucción”.

Diez meses después, durante la conferencia general de octubre de 2011, hubo un suspiro audible cuando el presidente Thomas S. Monson anunció que el casi destruido tabernáculo se convertiría en un santo templo, ¡una casa del Señor! ¡De pronto pudimos ver lo que el Señor siempre había sabido! Él no provocó el incendio, pero permitió que el fuego destruyera el interior. Él vio el tabernáculo como un magnífico templo, un hogar permanente para hacer convenios sagrados y eternos4.

Mis queridas hermanas, el Señor permite que seamos probadas, a veces hasta nuestra máxima capacidad. Hemos visto la vida de seres queridos —y quizás la nuestra— quemarse por completo, en sentido figurado, y nos hemos preguntado por qué un Padre Celestial amoroso y solícito permite que sucedan esas cosas. Pero Él no nos deja en las cenizas; Él extiende Sus brazos y con gran deseo nos invita a venir a Él. Él está edificándonos para que seamos magníficos templos donde su Espíritu pueda morar por la eternidad.

En Doctrina y Convenios 58:3–4, el Señor nos dice:

“Por lo pronto no podéis ver con vuestros ojos naturales el designio de vuestro Dios concerniente a las cosas que vendrán más adelante, ni la gloria que seguirá después de mucha tribulación.

“Porque tras mucha tribulación vienen las bendiciones. Por tanto, viene el día en que seréis coronados con mucha gloria; la hora no es aún, mas está cerca”.

Hermanas, testifico que el Señor tiene un plan para cada una de nosotras. Nada de lo que sucede es un desconcierto ni una sorpresa para Él. Él es omnisciente y amoroso. Él está ansioso por ayudarnos, consolarnos y aliviar nuestro dolor a medida que confiamos en el poder de la Expiación y honramos nuestros convenios. Las pruebas y tribulaciones que experimentemos tal vez sean exactamente lo que nos conduzca a ir a Él y aferrarnos a nuestros convenios a fin de regresar a Su presencia y recibir todo lo que el Padre tiene.

Este año pasado he necesitado y deseado sentir el amor del Señor más profundamente, recibir revelación personal, entender mejor mis convenios del templo, y que se aligeraran mis cargas. Al pedir específicamente esas bendiciones, he sentido que el Espíritu me indicaba que fuese al templo y escuchara más atentamente cada palabra de las bendiciones pronunciadas sobre mí. Testifico que al escuchar con más atención y tratar de ejercer mi fe, el Señor ha sido misericordioso conmigo y ha aliviado mis cargas. Él me ha ayudado a sentir gran paz en cuanto a oraciones que aún no han sido contestadas. Cuando guardamos nuestros convenios y ejercemos nuestra fe, hacemos que el Señor esté obligado a cumplir Sus promesas5. ¡Vengan al templo, queridas hermanas, y reclamen sus bendiciones!

Me gustaría hablar sobre otra cosa que puede infundirnos confianza y fe. A veces, como mujeres, tenemos la tendencia a ser muy críticas de nosotras mismas. En esos momentos, debemos buscar la guía del Espíritu y preguntar: “¿Es esto lo que el Señor quiere que piense de mí misma o es Satanás que está tratando de desanimarme?”. Recuerden la naturaleza de nuestro Padre Celestial, cuyo amor es perfecto e infinito6. Él quiere edificarnos, no derribarnos.

Como miembros de la Iglesia, a veces pensamos que tenemos que ser parte de una “familia SUD perfecta” para ser aceptadas por el Señor. Muchas veces nos sentimos disminuidas o que no merecemos ser parte del reino al sentir que no alcanzamos ese nivel. Queridas hermanas, al final, lo que tendrá importancia para nuestro Padre Celestial será cuán bien hayamos guardado nuestros convenios y cuánto nos hemos esforzado por seguir el ejemplo de nuestro Salvador Jesucristo.

Testifico que Jesucristo es nuestro Salvador y Redentor. Gracias a Su sacrificio expiatorio, podemos ser purificadas cada semana al participar dignamente de la Santa Cena. Al renovar y honrar nuestros convenios, nuestras cargas se aligerarán y podremos ser purificadas y fortalecidas continuamente para que al final de nuestra vida seamos consideradas dignas de recibir la exaltación y la vida eterna. Testifico de estas cosas; en el nombre de Jesucristo. Amén.

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    Notas

  1.   1.

    Boyd K. Packer, “La expiación”, Liahona, noviembre de 2012, pág. 77.

  2.   2.

    Jacob 2:3, 7, 35.

  3.   3.

    Jacob 3:1–2.

  4.   4.

    Véase Mosíah 23:21–22.

  5.   5.

    Véase Doctrina y Convenios 82:10.

  6.   6.

    Véase Russell M. Nelson, “Amor divino”, Liahona, febrero de 2003, pág. 12.