Mensaje de la Primera Presidencia

Familia y amigos para siempre


Henry B. Eyring

Dondequiera que vivan, tienen amigos que buscan esa felicidad más profunda que ustedes han encontrado al vivir el evangelio restaurado de Jesucristo. Ellos tal vez no puedan describir esa felicidad con palabras, pero pueden reconocerla al verla en la vida de ustedes. Tendrán interés de saber cuál es la fuente de esa felicidad, en especial cuando vean que ustedes pasan por pruebas al igual que ellos.

Ustedes han sentido felicidad al guardar los mandamientos de Dios; ése es el fruto prometido de vivir el Evangelio (véase Mosíah 2:41). Ustedes no obedecen los mandamientos con fidelidad para que los demás lo noten, pero el Señor está preparando a aquellos que observan lo felices que ustedes son a fin de que oigan las buenas nuevas de la restauración del Evangelio.

Las bendiciones que se les han concedido han creado obligaciones y maravillosas oportunidades para ustedes. Como discípulos de Jesucristo bajo convenio, ustedes están obligados a brindar a otras personas la oportunidad de encontrar mayor felicidad, especialmente a sus amigos y a los miembros de su familia.

El Señor vio la oportunidad que ustedes tenían y describió la obligación que les corresponde con este mandamiento: “…conviene que todo hombre que ha sido amonestado, amoneste a su prójimo” (D. y C. 88:81).

El Señor hace que sea más fácil obedecer ese mandamiento mediante el cambio que ocurre en el corazón de ustedes a medida que aceptan y viven el evangelio de Jesucristo. Como resultado, su amor hacia otras personas aumenta, al igual que su deseo de que ellos sientan la misma felicidad que ustedes han sentido.

Un ejemplo de ese cambio es la manera en que aceptamos con gusto la oportunidad de ayudar en la obra misional del Señor. Los misioneros de tiempo completo aprenden rápidamente que un verdadero converso responderá de forma amable cuando le pidan referencias. El converso tiene el deseo de que sus amigos y parientes sientan la misma felicidad que él o ella siente.

Cuando el líder misional de su barrio o los misioneros les piden nombres de personas a quienes enseñar, les están haciendo un gran cumplido. Saben que sus amigos ven lo felices que ustedes son y, por lo tanto, que esos amigos han sido preparados para oír el Evangelio y escoger aceptarlo. Además, confían en que ustedes serán el amigo que esas personas necesitarán al entrar en el reino.

No tengan miedo de perder a sus amigos porque los inviten a conocer a los misioneros. Yo tengo amigos que rechazaron a los misioneros pero que a través de los años me han agradecido el haberles ofrecido algo que sabían que era preciado para mí. Pueden hacerse de amigos perpetuos al compartir con los demás el Evangelio, pues ven que es algo que a ustedes les ha traído felicidad. Nunca dejen pasar la oportunidad de invitar a un amigo, y aun más especialmente a un miembro de su familia, a que escoja seguir el plan de felicidad.

No existe mejor oportunidad para extender esa invitación que en los templos de la Iglesia. Allí el Señor proporciona las ordenanzas de salvación a nuestros antepasados que no pudieron recibirlas en vida. Ellos los observan desde el cielo con amor y esperanza; el Señor ha prometido que tendrán la oportunidad de entrar en Su reino (véase D. y C. 137:7–8), y Él ha plantado amor por ellos en el corazón de ustedes.

Muchos de ustedes se han regocijado al proporcionar las ordenanzas del templo a otras personas, al igual que cuando dan nombres a los misioneros para que los visiten; y han sentido mayor gozo aun al efectuar las ordenanzas por sus antepasados. Al profeta José Smith se le reveló que nuestra felicidad eterna es posible sólo si brindamos la oportunidad de esa bendición a nuestros antepasados mediante las ordenanzas vicarias del templo (véase D. y C. 128:18).

La época de la Navidad vuelve nuestro corazón hacia el Salvador y al gozo que Su evangelio nos ha traído. Demostramos mejor nuestra gratitud hacia Él cuando brindamos esa felicidad a otras personas. La gratitud se convierte en regocijo cuando damos nombres a los misioneros y cuando llevamos los nombres de nuestros antepasados al templo. Esa evidencia de nuestra gratitud puede crear amigos y familias que perduren para siempre.

Cómo enseñar con este mensaje

El presidente Eyring explica que podemos demostrar gratitud hacia el Salvador al compartir el Evangelio con otras personas. Podría analizar con aquellos a quienes enseña la manera en que el don del Evangelio ha bendecido su vida. Considere la posibilidad de invitarlos a determinar, por medio de la oración, con quiénes querrían compartir el don del Evangelio y cómo lo harían.

Niños

Comparte tu testimonio

Para compartir el regalo del Evangelio, podrías dar a un amigo o vecino un ejemplar del Libro de Mormón con tu testimonio escrito en él. Sigue estos pasos para tenerlo listo:

  1. 1.

    En una hoja de papel, traza un rectángulo de unos 11½ cm x 16½ cm y pide que un adulto te ayude a recortarlo.

  2. 2.

    Pon un retrato tuyo —puede ser un dibujo o una fotografía— en la parte superior de la página.

  3. 3.

    Escribe tu testimonio debajo de la fotografía.

  4. 4.

    Pide a un adulto que te ayude a pegar el papel recortado en el interior de la cubierta de adelante del Libro de Mormón.

Jóvenes

¿Podría regalar un Libro de Mormón?

El autor vive en Washington, EE. UU.

En mi primer año de escuela secundaria, el maestro de seminario invitó a la clase a regalar ejemplares del Libro de Mormón a nuestros amigos que no eran miembros de la Iglesia. A pesar de que yo era muy tímido, acepté la invitación.

Me tomó un par de días armarme de valor para hacerlo, pero finalmente, a la hora del almuerzo, le di un Libro a mi amiga Britny y expresé un corto testimonio; ella me dio las gracias por el libro.

Al terminar ese año escolar, Britny se mudó, pero seguimos comunicándonos; me comentaba acerca de la nueva escuela y que casi todos sus amigos eran miembros de la Iglesia, pero nunca me hablaba de nada espiritual.

Eso cambió antes de que me fuera a la misión; recibí un mensaje de Britny en el que decía que tenía buenas noticias para darme: se iba a bautizar y quería agradecerme el que fuera su amigo y que le hubiese dado un buen ejemplo.

Dios tomó a un muchacho tímido de quince años, sin experiencia misional, y lo guió para compartir el Evangelio con alguien que Él sabía que lo aceptaría. Sé que al escuchar al Espíritu todos podemos encontrar personas a nuestro alrededor que están esperando saber acerca del Evangelio restaurado. Sé que si ayudamos a llevar al menos una persona al Señor, “¡cuán grande será [nuestro] gozo con él [o ella] en el reino de [nuestro] Padre!” (D. y C. 18:15).