La promesa de Navidad


Robert D. Hales
Ruego que dediquemos tiempo esta Navidad a renovar nuestros convenios de seguir al Salvador y hacer Su voluntad, al igual que Él hizo la voluntad de nuestro Padre Celestial.

No podemos entender por completo el significado de la Navidad a menos que comprendamos el significado de la vida, la expiación y la resurrección del Salvador.

No puedo pensar en el nacimiento del Salvador sin pensar en Sus palabras a Pilato: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad oye mi voz” (Juan 18:37).

Al comenzar la época navideña, consideremos las profecías sobre el Salvador que se encuentran en las Escrituras. No son simplemente declaraciones extrañas de coincidencias; más bien, son declaraciones profundas de propósito y de promesa sobre Su vida, Su misión y lo que Él significa para cada uno de nosotros.

Profecías de Su venida

La venida de Cristo se profetizó durante miles de años. Aproximadamente 2.000 años antes del nacimiento de Jesucristo, Abraham enseñó acerca de la función que el Señor tenía en el Plan de Salvación. Unos 1.400 años antes de Su nacimiento, Moisés enseñó las mismas extraordinarias verdades; y cerca de 700 años antes de que Él naciera, Isaías reveló las circunstancias de Su nacimiento, vida y muerte:

“Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que una virgen concebirá, y dará a luz un hijo y llamará su nombre Emanuel” (Isaías 7:14).

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado estará sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6).

“Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores y experimentado en quebranto…

“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores, y nosotros le tuvimos por azotado, herido por Dios y afligido.

“Mas él herido fue por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades… y por sus heridas fuimos nosotros sanados…

“como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores enmudeció, así no abrió su boca.

“De la cárcel y del juicio fue quitado…

“Y él dispuso con los inicuos su sepultura y con el rico fue en su muerte; aunque nunca hizo él maldad, ni hubo engaño en su boca (Isaías 53:3–5, 7–9).

No mucho después de la profecía de Isaías, el profeta Lehi tuvo un importante sueño y enseñó a su familia lo que había aprendido. Nefi escribió: “…seiscientos años después de la partida de mi padre de Jerusalén, el Señor Dios levantaría a un profeta entre los judíos: sí, un Mesías, o, en otras palabras, un Salvador del mundo” (1 Nefi 10:4).

Lehi también habló del gran número de profetas que habían testificado acerca de la venida del Redentor del mundo (véase 1 Nefi 10:5).

La promesa de Navidad

En el Evangelio de Lucas está escrito que antes del nacimiento del Salvador, Su madre viajó de prisa a visitar a su prima Elisabet.

“Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo

“y exclamó a gran voz y dijo: ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!” (Lucas 1:41–42).

Así como el Espíritu Santo le testificó a Elisabet, Él nos testifica a nosotros que las palabras de los profetas se han cumplido. El Salvador ha venido y ha llevado a cabo la obra que Su Padre lo envió a realizar.

Sobre el Salvador, Nefi escribió:

“Y miré, y vi de nuevo a la virgen llevando a un niño en sus brazos.

“Y el ángel me dijo: ¡He aquí, el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno!” (1 Nefi 11:20–21).

Cuando el Salvador tenía 12 años, enseñó en el templo. Él explicó a Sus angustiados padres que estaba en los asuntos de Su Padre (véase Lucas 2:42–49).

Esos asuntos los llevó a cabo al cumplir Su misión terrenal. El Salvador describe la culminación de esa misión con estas emotivas palabras:

“Vine a los míos, y los míos no me recibieron. Y las Escrituras concernientes a mi venida se han cumplido.

“Y a cuantos me han recibido, les he concedido llegar a ser hijos de Dios; y así haré yo con cuantos crean en mi nombre, porque he aquí, la redención viene por mí, y en mí se ha cumplido la ley de Moisés” (3 Nefi 9:16–17).

Su promesa de que podemos llegar a ser Sus hijos e hijas se cumplirá cuando creamos en Él y ejercitemos fe en Él que conduzca a la obediencia; entonces, estaremos preparados para recibir el don de la vida eterna.

Él dijo: “He aquí, yo soy el que fue preparado desde la fundación del mundo para redimir a mi pueblo. He aquí, soy Jesucristo… En mí todo el género humano tendrá vida, y la tendrá eternamente, sí, aun cuantos crean en mi nombre; y llegarán a ser mis hijos y mis hijas” (Éter 3:14).

El significado de la Navidad

La Navidad es una época para compartir nuestros dones, fortalecer a los demás y hacer nuestra parte en el reino de Dios. También es una época para expresar amor hacia los demás y dar testimonio del Salvador.

Una forma en la que podemos compartir nuestro testimonio es tener la escena de la natividad en nuestro hogar para que sea un medio de iniciar conversaciones sobre el nacimiento del Señor. Otra manera es la de contar historias como la de John Weightman en The Mansion [La mansión].

John Weightman era un hombre de éxito que adquirió fama y prestigio por sus obras de caridad. Una noche, después de leer un montón de recortes de diario que lo alababan por su generosidad, tomó su Biblia. Poco después de leer las palabras del Salvador: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan” (Mateo 6:19), se quedó dormido.

Mientras dormía, John se vio en “la ciudad celestial”, viajando con otras personas mientras se les entregaban sus mansiones. Cuando el Guardián de la puerta se detuvo frente a una pequeña choza construida de materiales usados, le dijo a John: “Ésta es su mansión”.

John protestó, y mencionó todas sus contribuciones públicas.

“¿No se registraron todas ellas con cuidado en la tierra para darle mayor crédito?”, le preguntó el Guardián de la puerta. “Ha tenido su recompensa por ellas; ¿piensa que se le debe pagar dos veces?”1.

Durante esta época de Navidad, espero que cada uno de nosotros tenga la oportunidad de dar en forma anónima.

Obtener la promesa

Cada semana, cuando participamos de la ordenanza de la Santa Cena, renovamos la promesa del nacimiento del Salvador en nuestra propia vida; tomamos Su nombre sobre nosotros y renovamos nuestro convenio de obediencia y nuestra promesa de que siempre lo recordaremos.

El Evangelio, según está escrito en Doctrina y Convenios, es éste:

“Que vino al mundo, sí, Jesús, para ser crucificado por el mundo y para llevar los pecados del mundo, y para santificarlo y limpiarlo de toda iniquidad;

“para que por medio de él fuesen salvos todos…” (D. y C. 76:41–42).

Ruego que dediquemos tiempo esta Navidad a renovar nuestros convenios de seguir al Salvador y hacer Su voluntad, al igual que Él hizo la voluntad de nuestro Padre Celestial. Al hacerlo, las palabras del pueblo del rey Benjamín que se registraron 125 años antes del nacimiento del Salvador se cumplirán para nosotros en la actualidad: “¡Oh, ten misericordia, y aplica la sangre expiatoria de Cristo para que recibamos el perdón de nuestros pecados, y sean purificados nuestros corazones; porque creemos en Jesucristo, el Hijo de Dios, que creó el cielo y la tierra y todas las cosas; el cual bajará entre los hijos de los hombres!” (Mosíah 4:2).

Testifico que el Salvador vino en el meridiano de los tiempos y que vendrá otra vez. Doy testimonio de que Su Iglesia, restaurada en esta última dispensación antes de Su segunda venida, es la “obra maravillosa y un prodigio” (2 Nefi 25:17) a la que nosotros, como Santos de los Últimos Días, estamos consagrados.

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    Nota

  1.   1.

    Henry Van Dyke, “The Mansion”, en Inspirational Classics for Latter-day Saints, comp. por Jack M. Lyon, 2000, págs. 54–57, 62–63.