Daniel corrió al jardín y me preguntó: “Si levanto la vista al cielo y sonrío, ¿me sonreirá Dios?”.

Era la mañana antes del primer día en el jardín de infantes de mi hijo Daniel, y estaba algo preocupado por dejar la casa y asistir a la escuela. Yo me quería asegurar de que él se sintiera preparado para afrontar los desafíos del “mundo real”. Le dije que lo extrañaría mucho mientras no estuviera en casa, pero le aseguré que, aunque no podía estar con él en la escuela, nunca debía tener miedo ni sentirse solo, porque el Padre Celestial lo cuidaría. Le recordé que podía orar en cualquier momento, en cualquier lugar, y que Dios siempre lo escucharía.

Mientras hablaba, Daniel, que tenía apenas cinco años, escuchaba atentamente. Después de pensarlo un poco, respondió: “¿Me ve cuando estoy en casa?”.

“Sí”, le aseguré.

“¿Me ve cuando estoy afuera?”, preguntó.

“Sí, siempre te ve”, contesté.

Con una expresión de entusiasmo, Daniel salió corriendo al jardín, y yo lo seguí de cerca. Miró hacia el despejado cielo azul y preguntó: “Si levanto la vista al cielo y sonrío, ¿Dios me verá y me sonreirá?”.

Sin poder decir palabras por el nudo en la garganta y la emoción en el corazón, asentí con la cabeza: “¡Sí!”.

Con la vista todavía hacia el cielo, esta vez con ojos entrecerrados y curiosos, y una fe perfecta e inocente, Daniel preguntó pensativo: “Y yo, ¿puedo verlo a Él?”.

“Quizás no puedas verlo”, contesté, “pero sabrás que está allí porque sentirás Su sonrisa en el corazón”.

Daniel permaneció sonriendo mirando hacia el cielo. Por la expresión de paz de su rostro angelical, supe que estaba sintiendo esa sonrisa divina en lo profundo de su alma.

Aprendemos mucho de la boca de los niños en cuanto a la fe pura, la fe que esperamos que siempre conserven. Inevitablemente, descubren que, aunque la vida es buena, a veces es difícil. Rogamos que su fe los sostenga.

Cuando surgen momentos difíciles en mi vida, recuerdo el ejemplo de Daniel y, con toda la fe de un niño que un adulto pueda tener, yo también miro al cielo en forma inquisitiva y pregunto: “¿Me ve?”. Entonces, como Daniel, medito en silencio: “¿Puedo verlo yo a Él?”. Al considerar la multitud de Sus tiernas misericordias en mi vida, el Espíritu Santo me confirma que en verdad he sentido el amor del Padre Celestial. Con fe renovada e inspirada por la esperanza, el Espíritu me asegura que siempre lo puedo sentir.