Enfrenten el futuro con fe y esperanza

Tomado de un discurso de graduación pronunciado en la Universidad Brigham Young–Idaho, el 6 de abril de 2012. Para leer el texto completo en inglés, vaya a web.byui.edu/devotionalsandspeeches/speeches.aspx.


M. Russell Ballard
Recuerden siempre que Jesucristo, el creador del universo, el arquitecto de nuestra salvación y la cabeza de esta Iglesia, es quien está al mando.

Las condiciones del mundo son inciertas y peligrosas, y la economía mundial es inestable e impredecible. Los preciados valores de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad están bajo el ataque de aquellos que desean restringir el albedrío y obligarnos a depender de los demás en vez de alentarnos a utilizar nuestras habilidades y aptitudes a fin de crear nuevas y emocionantes maneras de hacer las cosas.

Las normas morales van decayendo; la familia está bajo ataque y se está desintegrando; el amor en el corazón de los hombres y las mujeres se ha enfriado y es antinatural (véase Mateo 24:12; Romanos 1:31). Existe un desmoronamiento constante de la integridad, la honradez y la rectitud de los líderes políticos, de negocios y de otra índole; abundan las guerras y los rumores de guerras entre las naciones y los credos; e incluso más destructiva que cualquier conflicto armado es la guerra que se libra entre el bien y el mal —entre el Salvador con Sus huestes de luz y Satanás con sus inicuos seguidores de la obscuridad— por las almas de los hijos de Dios.

El presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008) describió el mundo al que los jóvenes de hoy están a punto de entrar, cuando dijo: “Vivimos en una época en la que los hombres violentos hacen cosas terribles e infames; vivimos en una época de guerra; vivimos en una época de arrogancia; vivimos en una época de maldad, pornografía e inmoralidad. Todos los pecados de Sodoma y Gomorra afligen a nuestra sociedad. Nuestros jóvenes jamás han enfrentado un desafío tan grande; jamás hemos visto en forma más clara la lasciva cara de la maldad”1.

No debemos sorprendernos ante estas circunstancias de nuestros tiempos, pues las Escrituras y las profecías sobre nuestros días testifican de lo que ocurrirá en el mundo si la gente le vuelve la espalda a Dios. Aún experimentaremos cosas más desagradables, porque el diablo continúa en su empeño por lograr sus malvados designios. Al mismo tiempo, los profetas de antaño que vieron nuestros días, que vieron a la joven generación de la actualidad, sabían que este tiempo sería una época de luz y asombro, como nunca antes en el mundo.

Al preparar este mensaje, supliqué inspiración para saber qué mensaje querría nuestro Padre Celestial que compartiera. Acudieron a mi mente las tranquilizadoras y consoladoras palabras que el Señor le habló al profeta José Smith: “…sed de buen ánimo, porque yo os guiaré. De vosotros son el reino… y las riquezas de la eternidad son vuestras” (D. y C. 78:18).

Reemplacen el miedo con fe

Lo que creo que el Señor desea que diga es que deberíamos reemplazar el miedo con fe, fe en Dios y en el poder de la expiación del Señor Jesucristo.

Recuerdo que cuando era un jovencito de 13 años, llegué a casa después de la reunión de sacerdocio, el domingo 7 de diciembre de 1941, y mis padres me dijeron que Japón acababa de bombardear Pearl Harbor. Eso precipitó a los Estados Unidos a la guerra mundial que se había estado librando en Europa desde hacía dos años. Parecía que la vida que habíamos llevado hasta ese momento llegaría a su fin. Hubo mucha incertidumbre cuando tantos jóvenes fueron llamados al servicio militar. Sin embargo, al igual que ahora, en medio de todos los conflictos, luchas e influencias malignas del mundo, aún había mucho que era bueno.

Al pensar en el futuro, debemos estar llenos de fe y esperanza. Recuerden siempre que Jesucristo, el Creador del universo, el arquitecto de nuestra salvación y la cabeza de esta Iglesia, es quien está al mando. Él no permitirá que Su obra fracase; Él saldrá victorioso sobre toda la oscuridad y la maldad, y Él nos invita a todos, los miembros de Su Iglesia y las demás personas que son de corazón sincero, a unirse a la batalla a favor de las almas de los hijos de Dios. Junto con todo lo demás que hagamos en la vida, debemos también dedicar y consagrar nuestro corazón, alma, mente y fuerza a Su causa, andando con fe y trabajando con convicción.

Enfrentemos el futuro con optimismo. Creo que nos encontramos ante el umbral de una nueva era de crecimiento, prosperidad y abundancia. Salvo una calamidad o una crisis internacional inesperada, creo que en los próximos años habrá un renacimiento de la economía mundial a medida que se logren nuevos descubrimientos en comunicaciones, medicina, energía, transporte, física, tecnología de computadoras y otros campos de emprendimiento.

Al igual que en el pasado, muchos de esos descubrimientos tendrán lugar cuando el Espíritu susurre conocimiento e ilumine la mente de personas que busquen la verdad. Con estos descubrimientos y adelantos se presentarán nuevas oportunidades de trabajo y prosperidad para aquellos que trabajen arduamente, y en especial, para aquellos que se esfuercen por guardar los mandamientos de Dios. Éste ha sido el caso en otros importantes períodos de crecimiento económico nacional e internacional.

Además, muchos de estos descubrimientos se realizarán a fin de llevar a cabo los propósitos y la obra de Dios y de apresurar, incluso mediante la obra misional, la edificación de Su reino en la tierra hoy en día.

Hagan su parte

Antes de la segunda venida del Salvador, y según el horario divino de Él, el Evangelio se debe llevar a toda nación, tribu, lengua y pueblo hasta que llene toda la tierra. Como declaró el profeta José Smith: “Ninguna mano impía puede detener el progreso de la obra: las persecuciones se encarnizarán, el populacho podrá conspirar, los ejércitos podrán juntarse, y la calumnia podrá difamar; mas la verdad de Dios seguirá adelante valerosa, noble e independientemente, hasta que haya penetrado todo continente, visitado toda región, abarcado todo país y resonado en todo oído, hasta que se cumplan los propósitos de Dios y el gran Jehová diga que la obra está concluida”2.

A medida que el Evangelio llegue a miles de millones de almas espiritualmente hambrientas, la mano del Señor llevará a cabo milagros. Los misioneros de muchas nacionalidades servirán al Señor por toda la tierra; se edificarán nuevas capillas y muchos más templos para bendecir a los santos, tal como se ha profetizado en cuanto al crecimiento de la Iglesia antes del milenio.

Tal vez se pregunten: “¿De dónde provendrán los recursos económicos para financiar este crecimiento?”. Los recursos provendrán de miembros fieles mediante sus diezmos y ofrendas. Al hacer nuestra parte, el Señor nos bendecirá con prosperidad y con la sabiduría para mantenernos concentrados en las cosas que son de más importancia en la vida: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33).

De modo que durante una época más, posiblemente una corta época, parecerá que las ventanas de los cielos verdaderamente se habrán abierto “hasta que sobreabunde” (Malaquías 3:10).

Creo que muchos de los jóvenes adultos de hoy participarán en forma activa de las bendiciones temporales si guardan los mandamientos del Señor. Con la prosperidad vendrá un desafío singular, un reto que pondrá a prueba la esencia espiritual de muchos. Al entrar en este mundo nuevo de prosperidad y procurar aplicar su educación y destrezas para lograr el éxito financiero, siempre tendrán que distinguir entre los deseos y las necesidades.

Busquen primero el reino de Dios

Ustedes tendrán dos alternativas: Al edificar y adquirir las bendiciones del Señor, ¿será su motivación la satisfacción personal, el reconocimiento de los hombres y el poder, la influencia y el engrandecimiento personal? o ¿será su motivación la de glorificar a Dios, la de trabajar para ayudar a dar paso al crecimiento y a la expansión de Su Iglesia?

Aquellos que procuran las riquezas para edificar su propio ego, descubrirán que su tesoro se volverá deleznable y que fácilmente lo perderán de maneras imprudentes (véase Helamán 13:31). El bienestar de sus almas estará en gran peligro. Jacob, el obediente hermano menor de Nefi, nos aconsejó:

“Y tan benignamente os ha favorecido la mano de la providencia, que habéis obtenido muchas riquezas; y porque algunos de vosotros habéis adquirido más abundantemente que vuestros hermanos, os envanecéis con el orgullo de vuestros corazones, y andáis con el cuello erguido y la cabeza en alto por causa de vuestras ropas costosas, y perseguís a vuestros hermanos porque suponéis que sois mejores que ellos.

“…¿suponéis que Dios os justifica en esto? He aquí, os digo que no; antes bien, os condena; y si persistís en estas cosas, sus juicios os sobrevendrán aceleradamente.

“¡…no [permitáis] que este orgullo de vuestros corazones [destruya] vuestras almas!” (Jacob 2:13, 14, 16).

Luego, Jacob colocó nuestra motivación de adquirir riquezas en la debida perspectiva, con una promesa:

“Pero antes de buscar riquezas, buscad el reino de Dios.

“Y después de haber logrado una esperanza en Cristo obtendréis riquezas, si las buscáis; y las buscaréis con el fin de hacer bien: para vestir al desnudo, alimentar al hambriento, libertar al cautivo y suministrar auxilio al enfermo y al afligido” (Jacob 2:18–19).

El Señor no nos dice que no debemos tener prosperidad ni que la prosperidad sea un pecado; por el contrario, Él siempre ha bendecido a Sus hijos obedientes. No obstante, nos está diciendo que debemos procurar la prosperidad únicamente después de que lo busquemos a Él, lo encontremos y le sirvamos. Entonces, debido a los deseos justos de nuestro corazón, debido a que lo amamos a Él primeramente y ante todo, decidiremos invertir las riquezas que obtengamos en edificar Su reino.

Si deciden ir en busca de las riquezas por el amor a las riquezas, no lo lograrán. Nunca estarán satisfechos; se sentirán vacíos, y nunca encontrarán la verdadera felicidad y el gozo perdurable.

En los próximos años, es probable que la prueba de su fe no sea el hecho de que carezcan de las cosas materiales de este mundo; más bien, radicará en decidir qué hacer con las bendiciones temporales que reciban.

El presidente Ezra Taft Benson (1899–1994) dijo en cuanto a la joven generación de hoy día:

“Por casi seis mil años, Dios los ha reservado para que nacieran en los últimos días antes de la segunda venida del Señor…

“…Dios ha reservado para los últimos períodos a algunos de Sus hijos más… fuertes, quienes llevarán adelante el reino triunfalmente”3.

El presidente Thomas S. Monson dijo: “…ustedes son [algunos de los hijos] más fuertes de nuestro Padre Celestial y Él [los] ha reservado para venir a la tierra ‘para esta hora’ (Ester 4:14)”4.

A fin de ser una parte fundamental de la “obra maravillosa y un prodigio” (2 Nefi 25:17) de estos últimos días, deben someter su voluntad a Dios, dejando que ésta sea absorbida en la voluntad de Él. Al “seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres… [deleitándose] en la palabra de Cristo” (2 Nefi 31:20), escudriñando diligentemente, orando siempre y creyendo, entonces, como el Señor promete, “todas las cosas obrarán juntamente para vuestro bien” (D. y C. 90:24).

Dedíquense y conságrense

Los insto a que se comprometan con ustedes mismos y con el Padre Celestial a dedicar su vida y a consagrar su tiempo y dones a la edificación de la Iglesia de Jesucristo en espera de la segunda venida del Salvador. Dejen que el motivo de sus pensamientos y acciones sea glorificar a Dios y bendecir a su prójimo; permitan que ese deseo los inspire a recibir cada nueva mañana con entusiasmo, y dejen que impulse sus pensamientos y acciones a lo largo de cada día.

Si lo hacen, serán bendecidos en medio de un mundo que rápidamente está perdiendo su camino, y ustedes y sus seres queridos se sentirán seguros y serán felices. Esto no significa que no enfrentarán tribulaciones y pruebas, pero sí quiere decir que tendrán el poder espiritual para afrontarlas con fe y confianza en el Señor.

El propósito de mi mensaje es ayudarlos a visualizar su futuro. Tengan fe y esperanza en el brillante futuro que les espera. Los hombres jóvenes son los futuros padres; las mujeres jóvenes son las futuras madres y quienes darán apoyo. Juntos, ustedes son “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios” (1 Pedro 2:9).

Tanto para los hombres como para las mujeres, una de las mayores prioridades es encontrar a su compañero eterno o compañera eterna, si es que aún no lo han hecho. El matrimonio en el templo les proporcionará un compañero o una compañera que los ayudará a permanecer en el sendero correcto que conduce de nuevo a la presencia de nuestro Padre Celestial y del Señor Jesucristo. Debemos hacer nuestra parte a fin de continuar la preparación para la Segunda Venida.

Sed de buen ánimo

Presidente Thomas S. Monson

“Aunque las nubes de tormenta se arremolinen, aunque las lluvias caigan sobre nosotros, nuestro conocimiento del Evangelio y el amor que tenemos por nuestro Padre Celestial y por nuestro Salvador nos consolarán y nos sostendrán, y darán gozo a nuestro corazón al caminar con rectitud y guardar los mandamientos. No hay nada en este mundo que pueda derrotarnos.

“Mis queridos hermanos y hermanas, no teman. Sean de buen ánimo. El futuro es tan brillante como su fe”.

Presidente Thomas S. Monson, “Sed de buen ánimo”, Liahona, mayo de 2009, pág. 92.

Puntos doctrinales

Podemos seguir siendo optimistas en cuanto al futuro si hacemos lo siguiente:

  • Conservamos la fe en el poder de la expiación de Jesucristo.

  • Colocamos al Padre Celestial en primer plano en nuestra vida.

  • Dedicamos nuestra vida y consagramos nuestro tiempo a edificar el reino de Dios.

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    Notas

  1.   1.

    Véase Gordon B. Hinckley, “El vivir durante el cumplimiento de los tiempos”, Liahona, enero de 2002, pág. 6.

  2.   2.

    Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, págs. 149–150.

  3.   3.

    Véase Ezra Taft Benson, en Thomas S. Monson, “Atrévete a lo correcto aunque solo estés”, Liahona, noviembre de 2011, pág. 62.

  4.   4.

    Thomas S. Monson, “Tengan valor”, Liahona, mayo de 2009, pág. 127.