Voces de los Santos de los Últimos Días

Voces de los Santos de los Últimos Días


¿Puedo leer ese libro?

Neil R. Cardon, Utah, EE. UU.

Hace unos cincuenta años, cuando mi compañero de misión y yo estábamos tocando puertas cerca de la Universidad de Córdoba, Argentina, un joven nos invitó a su apartamento. De inmediato fue evidente que él y sus compañeros de cuarto nos habían invitado simplemente para contender en cuanto a la existencia de Dios.

Nosotros no queríamos discutir, así que acordamos reunirnos en otra ocasión para hablar sobre nuestro mensaje en un ambiente más apto para el aprendizaje. Al volver, el joven nos explicó la razón por la que creía que no había un Dios. Dijo que el hombre había inventado a Dios porque necesitaba creer en algo superior, algo sobrenatural.

Cuando nos tocó hablar a nosotros, le pregunté: “¿Cómo sabe que existen los Estados Unidos?”. Testifiqué que realmente existían y le pregunté si había otra evidencia que comprobara su existencia. Dijo que había leído de ello en los libros y los periódicos. Entonces le pregunté si creía en mi testimonio y en lo que él había leído. Con certeza dijo que sí.

“De modo que no podemos negar el testimonio de quienes, como yo, somos de los Estados Unidos”, le dije; “ni tampoco podemos negar el de aquellos que han escrito sobre ello”. El joven estuvo de acuerdo.

Entonces le pregunté: “Basándonos en esa hipótesis, ¿podemos negar los testimonios de aquellas personas que han visto a Dios y escrito en cuanto a su experiencia?”. Le mostré la Biblia y le dije que contenía los testimonios de hombres y mujeres que habían visto a Dios y a Jesucristo, y habían hablado con Ellos. Le pregunté si podríamos negar los testimonios que se encuentran en la Biblia y, con renuencia, contestó que no.

Luego pregunté: “¿Qué pensaría de un libro escrito por otras personas aparte de las de la Biblia y que han visto al mismo Dios que los escritores de la Biblia?”. Respondió que no existía tal libro.

Le mostramos el Libro de Mormón y le enseñamos el propósito que tiene. Le testificamos que era verdadero y que Dios todavía se comunica con el hombre por medio de profetas vivientes en la actualidad.

Sorprendido, el joven dijo: “He podido confundir a todos los predicadores de otras iglesias, pero ustedes tienen algo de lo que nunca antes había escuchado; ¿puedo leer ese libro?”. Le dimos el libro y le testificamos del amor que Dios siente por Sus hijos.

Debido a que ya era el final del semestre en la universidad, no pudimos visitar al joven antes de que regresara a su casa en Bolivia; pero oré pidiendo que leyera el libro y recibiera un testimonio.

En 2002, se me llamó a prestar servicio en una rama de habla hispana en el Centro de capacitación misional de Provo, Utah, EE. UU. Un domingo les conté esa historia a los misioneros. Después de la reunión, un misionero de Bolivia me dijo que había oído a un señor mayor de su estaca contar el relato de su conversión: la misma historia que yo les he contado aquí.

Se me llenaron los ojos de lágrimas; después de cuarenta años había recibido la respuesta a mis oraciones en cuanto a ese joven de Bolivia. Él había llegado a saber de la existencia de Dios y de Su gran plan de felicidad. Sé que algún día nos volveremos a encontrar y nos regocijaremos juntos en el Evangelio.

El viaje de Mamá Sefi al templo

Betty Ventura, Utah, EE. UU.

Un día, cuando estaba en la oficina de la Misión México, durante la década de los cuarenta, llegó una hermana del pequeño pueblo de Ozumba, ubicado al pie del Popocatépetl, un volcán activo a unos 70 km al sureste de la Ciudad de México. Todos la conocíamos; se llamaba Mamá Sefi.

Los misioneros de tiempo completo vivían en su pequeña casa de adobe, donde ella siempre tenía una habitación preparada para ellos. Mamá Sefi, que no alcanzaba a medir 1,5 m, se ganaba la vida vendiendo fruta en los mercados de los pueblos alrededor de Ozumba. Cada ciudad tenía un día diferente para el mercado, y ella iba a cada uno de ellos para vender su fruta.

Ese día, fue a la oficina de la misión llevando un costal de harina grande lleno de tostones, monedas de plata de cincuenta centavos que había ahorrado a lo largo de los años. Algunas piezas se remontaban a la época de Porfirio Díaz, quien gobernó México desde 1884 hasta 1911. Mamá Sefi había viajado de Ozumba a la casa de la misión en autobús cargando el costal de dinero. Le dijo al presidente Arwell L. Pierce que había estado ahorrando por muchos años a fin de viajar al Templo de Salt Lake para recibir sus investiduras.

Obtuvo permiso para salir del país, una misionera le prestó una maleta y nosotros la llevamos al tren. El presidente Pierce llamó a alguien de El Paso, Texas, para que fuera a esperar el tren del otro lado de la frontera con los Estados Unidos y se asegurara de que Mamá Sefi tomara el autobús hacia Salt Lake City. Algunos miembros de la rama de habla hispana de Salt Lake City la irían a recoger a la parada del autobús y se encargarían de su alojamiento y de ayudarla en el templo.

Unas semanas después, Mamá Sefi volvió a la Ciudad de México y luego a su casa en Ozumba. Había completado el viaje a salvo, y volvió a la venta de fruta en los mercados.

Mamá Sefi no hablaba inglés, así que le preguntamos cómo se las había arreglado para ordenar comida mientras viajaba en autobús desde El Paso hasta Salt Lake City, un viaje de varios días. Dijo que alguien le había enseñado a decir “tarta de manzana” en inglés, de modo que cada vez que el autobús hacía una parada para comer, ella ordenaba tarta de manzana.

Ya que ésas eran las únicas palabras que sabía en inglés, vivió a base de tarta de manzana durante su viaje por el país, de ida y de vuelta; pero a Mamá Sefi no le importó; regresó agradecida y radiante por la experiencia que había tenido en el templo.

Ve a arreglarle la radio

Kent A. Russell, Florida, EE. UU.

Nuestro vecino de al lado era el ministro de los jóvenes de una iglesia de nuestra localidad y los jóvenes de su iglesia lo visitaban con frecuencia. No era raro ver varios autos estacionados frente a su casa tanto durante el día como por la noche.

Algunos de esos jóvenes siempre escuchaban música en el auto a todo volumen; podíamos escuchar cuando se aproximaban estando a varias cuadras de distancia y, a medida que se acercaban a nuestra casa, las ventanas se sacudían. Con frecuencia, la música me despertaba por la noche. Cada vez sentía más fastidio y comencé a ver a esos jóvenes como mis enemigos.

Un día, mientras rastrillaba las hojas del jardín, escuché el estruendo de la música de un auto a varias cuadras de distancia; al poco rato, el sonido se oía cada vez más cerca y más fuerte. Cuando el conductor dobló en la esquina y se dirigió a la casa de mi vecino, yo ya estaba enojado y oré al Padre Celestial para que destruyera la radio del auto.

Mi oración desesperada pasó a ser una de alabanza y gratitud cuando repentina y felizmente la radio quedó muda en el momento en que el auto se detenía. Yo había arreglado radios de autos antes y, por el sonido, sabía que no la habían apagado, sino que había dejado de funcionar.

El muchacho estaba enojado porque la radio se le había averiado y sus amigos lo rodearon para consolarlo. Yo, en cambio, sentí una orgullosa satisfacción al presenciar lo que creí fue la mano de Dios destruyendo la radio.

Pero, al seguir observando, me di cuenta de que me veía a mí mismo tal como me había comportado hacía muchos años. El corazón se me ablandó y comencé a pensar que, después de todo, quizás el joven no era mi enemigo. Entonces el Espíritu me susurró: “Ve a arreglarle la radio”.

La idea me sorprendió y traté de no hacerle caso. ¿Por qué iba a reparar algo que me hacía la vida imposible? Pero volví a sentir la impresión, y la seguí.

Después de ofrecer mi ayuda, de inmediato vi la causa del problema. Fue algo fácil de arreglar y en poco tiempo la radio sonaba tan fuerte como siempre.

El joven expresó su gratitud y preguntó si había algo que pudiera hacer por mí. Le dije que me levantaba temprano para trabajar y que si pudiera bajar el volumen de la música por las noches, se lo agradecería mucho. Me sonrió y me aseguró que así lo haría.

No sólo bajó el volumen de la radio por la noche, sino que se convirtió en mi vigilante personal y se aseguró de que sus amigos también bajaran el volumen. Desde ese entonces, nunca tuvimos ningún problema con música estridente después de que oscurecía.

El Padre Celestial verdaderamente escuchó y contestó mi oración. Su solución proporcionó paz y silencio, una lección valiosa en cuanto a seguir el Espíritu y una mejor comprensión de lo que significa “amad a vuestros enemigos” (Lucas 6:27).

Hola, corderito

Colleen Solomon, Ontario, Canadá

Mi esposo y yo estábamos ayudando a nuestra hija y a sus dos hijos en el aeropuerto, donde se preparaban para su vuelo de regreso a casa. La ayudamos mientras luchaba con el equipaje, buscaba los pasaportes y trataba de controlar a un activo niño de tres años. Tommy, nuestro nieto de un año, estaba profundamente dormido en su cochecito de bebé hasta que se despertó sobresaltado; se asustó mientras trataba de asimilar el ruido, las luces brillantes y el caos general.

Vi su expresión y supe lo que estaba a punto de pasar, así que llamé a mi hija. Ella en seguida se inclinó, tomó el rostro de Tommy en sus manos, lo miró a los ojos y le dijo cariñosamente: “Hola, corderito”.

De inmediato, el ceño fruncido del pequeño, la boca a punto de estallar en llanto y los hombros tensos se le aflojaron mientras que el cuerpo entero se le relajó con un suspiro de alivio. Esbozó una pequeña sonrisa antes de que los cansados párpados se le volvieran a cerrar. Su temor se disipó con la paz y seguridad serena que pareció envolverlo. Fue una manifestación pequeña pero potente de la confianza que Tommy tenía en su madre. La caricia, la voz y la presencia familiar de ella lo reconfortaron.

Al igual que Tommy, todos nos hemos sentido temerosos, inciertos y agobiados. Es reconfortante saber que Jesucristo, el Buen Pastor, nos llama. Él conoce a Su rebaño y podemos confiar en Él por completo. Él dijo con amor: “La paz os dejo, mi paz os doy… No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” (Juan 14:27).

Sé que en momentos de incertidumbre podemos recibir consuelo y seguridad al volvernos hacia el Buen Pastor con fe y confianza. Cuando recibo consuelo en medio del caos, me gusta recordar ese momento en el aeropuerto con mi hija y mi nieto. Al igual que Tommy, suspiro de alivio cuando se levantan mis cargas; en esos momentos, siento el saludo personal: “Hola, corderito”, de parte de mi Pastor.