Preparar obsequios para su futura familia

De un discurso pronunciado en un devocional: “Gifts of Love”, en la Universidad Brigham Young, el 16 de diciembre de 1980. Para ver el discurso completo en inglés, vaya a speeches.byu.edu


Henry B. Eyring
Este año, comiencen a preparar algunos obsequios —obsequios valiosos— para su futura familia.

Ilustraciones fotográficas por Cody Bell.

Siempre he soñado con ser una persona que haga buenos obsequios. Me imagino a la gente cuando abre mis regalos y demuestra con lágrimas de gozo y una sonrisa que la acción de obsequiar, no sólo el obsequio, los ha conmovido. Tal vez ustedes también tengan ese sueño; y quizás muchos ya sean expertos en el arte de obsequiar.

Hay algo que ustedes mismos pueden hacer este año para llegar a hacer mejores regalos. De hecho, como estudiantes, tienen algunas oportunidades especiales; podrían comenzar a preparar algunos obsequios —obsequios valiosos— para su futura familia. Permítanme hablarles de algunos de ellos.

Escribir artículos (ensayos) escolares

Podrían comenzar en su habitación hoy mismo. ¿Tienen algún artículo escolar sin terminar entre sus montones de papeles? (Supongo que allí hay montones de ellos; creo saber cómo es su habitación.) Quizás ya lo tengan escrito y listo para entregar; ¿para qué dedicarle más tiempo? Descubrí el porqué en una clase de religión que enseñé una vez en el Colegio Ricks (ahora la Universidad Brigham Young–Idaho). Estaba enseñando la sección 25 de Doctrina y Convenios. En ella, se le dice a Emma Smith que debía dedicar tiempo “a escribir, y a aprender mucho” (versículo 8). Más o menos en la tercera fila estaba sentada una joven rubia que frunció el ceño cuando insté a los alumnos a que se dedicaran a mejorar su habilidad para redactar. Levantó la mano y dijo: “Eso no me parece sensato; lo único que escribiré son cartas a mis hijos”. Su comentario causó risas en toda la clase. Al mirarla, pude imaginar a varios niños a su alrededor, e incluso pude visualizar las cartas que escribiría. Tal vez para ella no sería importante lograr escribir de manera elocuente.

Después se puso de pie un joven que estaba al fondo del salón; era poco lo que había hablado durante todo el semestre; es más, creo que no había hablado nunca. Era mayor que los otros estudiantes y era tímido. Preguntó si podía decir algo. En voz baja dijo que había sido soldado en Vietnam. Un día, en lo que pensó que sería un momento de calma, había dejado su rifle y caminado al otro lado de la instalación militar fortificada para recoger el correo. En el momento en que le depositaron una carta en la mano, oyó el toque del clarín, gritos y fuego de morteros y rifles del enemigo que avanzaba. Corrió hacia donde estaba su rifle, usando las manos como arma de defensa. Junto con los hombres que sobrevivieron, lograron hacer retroceder al enemigo. Luego, sentado entre los sobrevivientes y algunos de los muertos, abrió la carta. Era de su madre; le decía que había tenido una experiencia espiritual que le había asegurado que él volvería a casa con vida si él vivía rectamente. Frente a nuestra clase, el joven dijo en voz baja: “Esa carta fue como una Escritura para mí; siempre la conservé”. Entonces se sentó.

Tal vez algún día tengan un hijo, y quizás sea varón. ¿Pueden visualizar su rostro? ¿Pueden imaginarlo en algún lugar, alguna vez, en peligro de muerte? ¿Pueden sentir el temor de su corazón? ¿Los conmueve? ¿Les gustaría poder dar sin reservas? ¿Qué sacrificio requerirá escribir la carta que su corazón deseará mandar? Comiencen a practicar esta tarde. Vuelvan a su habitación y escriban, lean y vuelvan a escribir ese ensayo una y otra vez. No les parecerá un sacrificio si visualizan a ese niño, si perciben su corazón y piensan en las cartas que algún día necesitará.

Resolver problemas de matemáticas

Ahora bien, quizás algunos no tengan un ensayo que escribir; tal vez sea un libro que contenga un problema de matemáticas. Déjenme decirles cómo será un día de su futuro. Tendrán un hijo o una hija adolescente que les dirá: “Odio la escuela”. Después de escucharle con atención, se darán cuenta de que no es la escuela ni las matemáticas lo que odia, es sentir que ha fracasado.

Ustedes discernirán correctamente esos sentimientos y se sentirán conmovidos; querrán dar sin reservas. Por lo tanto, abrirán el texto y dirán: “Analicemos el problema juntos”. Imaginen la sorpresa que se llevarán cuando vean que los problemas aún son aquellos problemas típicos tan difíciles de resolver. Quizás entonces piensen: “Bueno, haré que mi hijo se sienta mejor al mostrarle que yo tampoco puedo resolverlo”. Les daré un consejo: ellos percibirán eso como un regalo muy pobre.

Hay un mejor obsequio que pueden darles, pero requerirá esfuerzo ahora. Cuando mi padre era joven, debe haber analizado y resuelto los problemas típicos de matemáticas y muchos otros; era parte de la habilidad que necesitaría para llegar a ser un científico que marcaría una diferencia en la ciencia de la química. Pero también marcó una diferencia en mí. Nuestra sala de estar no era tan elegante como la de otras personas; tenía sólo un tipo de muebles: sillas, y una sola decoración en la pared: una pizarra verde. Llegué a la edad que sus hijos un día alcanzarán, y no me cuestioné si podía resolver los problemas de matemáticas o no; ya había demostrado que no podía hacerlo, y algunos de mis maestros estaban convencidos de que así era.

Sin embargo, mi padre no estaba convencido, él pensaba que yo podía hacerlo; de modo que nos turnábamos para trabajar en la pizarra. No recuerdo los obsequios que mi padre envolvió y me dio, pero sí recuerdo la pizarra y su voz tranquila. Lo que me enseñó requirió más que estar al tanto de lo que yo necesitaba saber, y más que interesarse en mí; requirió más que el estar dispuesto a dedicar de su tiempo, aun con lo valioso que era; requirió del tiempo que había dedicado antes, cuando tuvo las oportunidades que ustedes tienen ahora. Gracias a que había dedicado tiempo en aquel entonces, él y yo pudimos pasar esos momentos juntos en la pizarra, y pudo ayudarme.

Debido a que él me dio eso, yo tengo un hijo que un año permitió que me sentase con él; recorrimos ese mismo sendero y su maestro luego pudo escribir en el boletín de calificaciones: “Ha mejorado mucho”. Sin embargo, les diré lo que más mejoró: los sentimientos que un buen muchacho tenía acerca de sí mismo. Nada que ponga debajo del árbol de Navidad como regalo para Stuart llegará a ser una reliquia familiar, como lo es el orgullo que siente por lo que ha logrado.

Aprender arte y música

Tal vez haya algunos alumnos de arte (¿o de música?) que estén sonriendo. Estarán pensando: “Seguramente no va a poder convencerme de que hay un obsequio oculto en mis tareas sin completar”. Lo intentaré. La semana pasada fui a un evento en el que honraron a cierto joven. Mostraron una presentación en diapositivas; se apagaron las luces y reconocí dos voces. Una era la de un famoso cantante como fondo y la otra, la del narrador, era la del padre del joven.

El padre debe haber pasado horas preparando las diapositivas, escribiendo palabras inspiradoras y coordinando la letra y la música para lograr el contenido y el tiempo precisos. Alguna vez honrarán a alguno de sus hijos en uno de esos acontecimientos, y todos sus primos y tíos estarán presentes. Con todo su corazón querrán decirle lo que es y lo que puede llegar a ser. El que puedan darle ese obsequio en ese momento dependerá de que perciban el corazón de él ahora, se sientan conmovidos y comiencen a desarrollar las habilidades creativas que necesitarán. Y eso significará más de lo que puedan imaginar, se los prometo.

Arrepentirse ahora

Hay también otro obsequio que algunos de ustedes querrán brindar y que requiere preparación anticipada. Vi cómo comenzó esa preparación en una ocasión cuando era obispo. Un joven estaba sentado frente a mí, al otro lado de mi escritorio; me habló de los errores que había cometido y de lo mucho que deseaba que los hijos que llegara a tener algún día tuvieran un padre que pudiera ejercer su sacerdocio y a quien se pudieran sellar por la eternidad. Dijo que sabía que el precio y el dolor del arrepentimiento tal vez fueran grandes; y entonces dijo algo que no olvidaré: “Obispo, voy a volver. Haré todo lo que sea necesario, pero volveré”. Sentía pesar y tenía fe en Cristo; pero aun así le requirió meses de doloroso esfuerzo.

Sin embargo, en algún lugar hoy hay una familia con un recto poseedor del sacerdocio a la cabeza; tienen esperanza en cosas eternas y paz en la tierra. Es muy probable que este hombre le dé a su familia muchos regalos envueltos en papel brillante, pero nada importará tanto como el que comenzó hace mucho tiempo en mi oficina y que no ha dejado de obsequiarles. Él sintió en aquel entonces las necesidades de los hijos con los que sólo soñaba, y dio desde muy temprano y sin reservas. Sacrificó su orgullo, su pereza y sus sentimientos entumecidos. Estoy seguro de que ahora no parece haber sido un sacrificio.

Él pudo dar ese obsequio gracias a otro don que se ofreció hace ya mucho tiempo. Dios el Padre dio a Su Hijo, y Jesucristo nos dio la Expiación, el más grande de todos los dones y ofrendas. El Salvador, de alguna manera, sintió el dolor y el sufrimiento por el pecado que recaería sobre todos nosotros y sobre todo aquel que algún día viviría (véase Hebreos 4:14–16).

Les doy mi testimonio de que Jesús dio el obsequio sin reservas y de Su propia voluntad a todos nosotros; y doy testimonio de que el que ustedes acepten ese don, dado mediante un sacrificio infinito, trae gozo al dador (véase Lucas 15:7).

“De gracia recibisteis, dad de gracia” (Mateo 10:8). Ruego que demos sin reservas y que los sentimientos de los demás nos conmuevan; que demos sin sentimientos de compulsión ni esperando ganar nada, y que sepamos que el sacrificio se vuelve dulce cuando atesoramos el gozo que trae a los demás.