Voces de los Santos de los Últimos Días

Voces de los Santos de los Últimos Días


Un minuto y medio bajo la lluvia

Jason Bosen, Utah, EE. UU.

Mientras crecía, era un joven del que no tenían que preocuparse. Siempre fui activo en la Iglesia, y fui presidente de mi quórum del sacerdocio y de mis clases de seminario. Iba a todas las conferencias de la juventud, los viajes al templo, las actividades de los Scouts y las noches de la Mutual. También tenía un testimonio del Evangelio. Sin embargo, cuando pasé a ser parte del quórum de los presbíteros, comencé a tener dificultades, aunque nadie lo sabía; después de todo, era uno de los jóvenes de los que no había necesidad de preocuparse.

Las primeras semanas y meses en el quórum hice lo que hacía siempre: fui a la Iglesia, a la Mutual y a las actividades de los Scouts. Sin embargo, en mi interior, batallaba. No me sentía parte del grupo ni sentía que los otros hombres jóvenes me quisieran allí; quería desesperadamente sentirme parte de ellos.

A medida que pasaba el tiempo, tenía preguntas y dudas en cuanto a si quería ser parte del quórum. Me mantuve activo, pero sufría en silencio y esperaba que algo o alguien me ayudara a sentirme aceptado.

Mi padre y yo acabábamos de arreglar mi primer auto, un hermoso Ford Mustang del año 1967. El hermano Stay, el presidente de los Hombres Jóvenes, de vez en cuando me preguntaba sobre el auto. Pensé que sus preguntas mostraban su interés por un auto clásico y no por un joven.

Todo eso cambió una tarde lluviosa después de la Mutual. Debido a que llovía torrencialmente, el hermano Stay nos llevó a todos a nuestra casa en su auto; a mí me dejó al último. Cuando vio el Mustang azul en la entrada de autos, nuevamente me preguntó sobre él. Lo invité a que viera el motor que me había pasado horas y horas arreglando.

El hermano Stay sabía muy poco de autos, y tenía la esposa y un hijo pequeño que lo esperaban en casa. Aun así, allí estaba, de pie en la oscuridad, bajo la lluvia, mirando el motor que apenas era visible. En ese momento me di cuenta de que no estaba haciendo lo que hacía para ver un auto clásico; lo hacía porque se interesaba en mí.

Gracias a ese minuto y medio bajo la lluvia, encontré lo que necesitaba. Finalmente me sentí bienvenido. Mis oraciones, ofrecidas en silencio, habían sido contestadas.

Desde entonces, he ido al templo, he servido en una misión, me he graduado de la universidad y he tratado de guardar mis convenios. El hermano Stay quizás no recuerde ese momento, pero yo nunca lo olvidaré.

Todos tenemos dificultades, pero todos podemos encontrar un minuto y medio extra cada día para mostrar amor hacia uno de los hijos de Dios. Puede que eso marque toda la diferencia, aun para aquella persona por la cual pensamos que no tenemos que preocuparnos.

Nuestra luz en la oscuridad

Susan Wyman, Georgia, EE. UU.

Se nos acababa de incendiar la casa, y mi familia, un total de ocho personas, estaba viviendo en una casa rodante de tres cuartos que colocamos frente a la casa incendiada. Durante ese tiempo afrontamos pruebas y desacuerdos.

En ese entonces, mi esposo no estaba activo en la Iglesia. Nuestros dos hijos adolescentes estaban tomando decisiones que sólo les causarían pesar. Al mismo tiempo, yo prestaba servicio como presidenta de las Mujeres Jóvenes del barrio, y varias de las mujeres jóvenes luchaban con tentaciones serias. Algunos de los padres de ellas también estaban pasando por pruebas y, por lo tanto, no estaban ayudando a sus hijas en esos tiempos críticos.

Yo sabía que esas jovencitas necesitaban que las ayudase con sus trampas espirituales; era consciente de que mis seis hijos me necesitaban y sabía que mi buen esposo dependía de mi fortaleza. Aun así, parecía que sólo había oscuridad a mi alrededor y me sentía vacía, débil e incapaz de guiar a esas queridas personas hacia la seguridad.

Una noche, ya tarde, mientras acunaba a nuestro niño en la quietud de la casa provisional, pensé en aquellos que necesitaban que yo fuese fuerte; sentí la gran oscuridad que los rodeaba. Angustiada, oré con todo mi corazón para que el Padre Celestial me mostrara la manera de ayudarlos a pesar de mis debilidades. Me contestó de inmediato y me mostró la manera.

Me pareció verme a mí misma en el salón cultural de la capilla, que era grande y no tenía ventanas. Era muy tarde en la noche y no había ni un destello de luz. Entonces encendí una pequeña vela de cumpleaños. Parecía insignificante; sin embargo, el poder de esa pequeñísima luz era suficiente para disipar la oscuridad.

¡Ésa era mi respuesta! La cantidad de oscuridad que nos rodea en el mundo no importa; la luz es eterna y es infinitamente más poderosa que la oscuridad (véanse 2 Corintios 4:6; Mosíah 16:9; D. y C. 14:9). Si nos mantenemos dignos de la compañía constante del Espíritu Santo, nuestras almas reflejarán suficiente luz para disipar cualquier cantidad de oscuridad, y esa luz en nuestro interior atraerá a otras personas.

Eso era todo lo que necesitaba saber. Esa simple noción me ha sostenido durante los últimos 25 años, sabiendo que, con la ayuda y la guía del Señor, podemos hacer —y ser— todo lo que Él necesita que hagamos y que seamos en este mundo de oscuridad.

Un mensaje del Padre Celestial para mí

Terumi Tuckett (con Jill Campbell), Japón

Cuando estaba recién casada y era miembro relativamente nuevo de la Iglesia, me mudé a Inglaterra con mi esposo. A pesar de que había aprendido algo de inglés en la escuela, mi marcado acento japonés hacía que mi inglés fuera difícil de entender, y a mí me era difícil interpretar el acento británico.

Mi esposo y yo éramos miembros de la Iglesia, pero no estábamos plenamente convertidos cuando nos casamos. Siempre nos íbamos a casa después de la reunión sacramental en vez de quedarnos en la capilla para el resto de las reuniones. Tampoco queríamos recibir ningún llamamiento en la Iglesia.

Un día, con el fin de ayudarme a participar más en las actividades de la Iglesia, una líder de la Sociedad de Socorro me llamó y me preguntó si estaría dispuesta a hablar un poco sobre mí en la siguiente reunión de actividades de la Sociedad de Socorro. Acepté participar, pero, debido a que mi inglés era limitado, no entendí que tenía que llevar algunas cosas para ponerlas a la vista.

Cuando llegué a la reunión, de inmediato me di cuenta de lo que se había esperado que hiciera. Se habían arreglado tres mesas con manteles y flores, y había un cartel que decía: “Conozcamos a las hermanas”. En una de las mesas había un rótulo que decía: “Hermana Tuckett”. Pero, yo no había llevado nada para poner sobre la mesa. Traté de disimular las lágrimas que me brotaron de los ojos.

De por sí, ya me sentía mal cuando asistía a la reunión sacramental pues no entendía por completo lo que se decía. A menudo pensaba: “¿Por qué estoy aquí?”. Así que, cuando llegué a la reunión de la Sociedad de Socorro y me di cuenta de mi error, sentí que no debía ir más a la Iglesia. Quería desaparecer, pero tenía que decirle a la líder de la Sociedad de Socorro que no estaba preparada.

“Disculpe”, dije. “No entendí bien, y no tengo nada que poner sobre la mesa”.

Ella me miró con una expresión de ternura y dijo: “No importa. Estoy contenta con el solo hecho de que esté aquí”. Luego me dio un abrazo.

Me sentí consolada y el Espíritu me dijo que lo que ella me había dicho era un mensaje del Padre Celestial: que Él me amaba y que estaba contento de que yo estuviera allí. No entendí muy bien el inglés, pero el Espíritu me permitió entender el mensaje de ella.

Debido a ese sentimiento, mi disposición cambió de inmediato. Me dije a mí misma: “Si el Padre Celestial me ama tanto y desea que vaya a la Iglesia, lo haré, sin importar lo difícil que sea”.

A partir de ese momento, mi esposo y yo asistimos a todas las reuniones de la Iglesia. También decidí aprender inglés; poco a poco, fui entendiéndolo mejor y aprendí a hablarlo.

Estoy agradecida por la hermana que me transmitió un mensaje del Padre Celestial en un momento crítico de mi vida. Ahora, quince años después, presto servicio en la presidencia de la Sociedad de Socorro en el distrito de habla inglesa en Japón y he recibido capacitación de la Iglesia para ser intérprete.

Defendí mi fe

Karlina Peterson, Idaho, EE. UU.

Durante mi primer año de universidad, se me abrieron los ojos en cuanto a que mi vida como estudiante no iba a ser tan resguardada como antes, y que no todos aceptarían las cosas que para mí eran de valor.

Me di cuenta de que llamaba mucho la atención cuando me negaba a participar en actividades que sabía que me dañarían físicamente o que perjudicarían mi relación con nuestro Padre Celestial. Sin embargo, tenía miedo de que se me criticara por ser miembro de la Iglesia y, por lo tanto, evitaba el tema.

Un día, en una clase de la tarde, el maestro dirigía un debate sobre cómo la juventud crece en medio de la constante discriminación. La muchacha que estaba detrás de mí respondió que la charla la hacía pensar en los mormones. Me sentí incómoda, ya que cuando en una clase se hablaba de la Iglesia, por lo general le seguían comentarios inapropiados.

Al prepararme para los comentarios despectivos, el maestro preguntó si había en la clase alguna persona que fuera Santo de los Últimos Días. Estupefacta por la pregunta, miré alrededor del cuarto y me di cuenta de que todos estaban haciendo lo mismo. Antes de pensarlo dos veces, mi mano se elevó de su cómoda posición sobre el escritorio, tras lo cual se dejó oír una explosión de murmullos por todo el salón.

“Una”, dijo el maestro. La palabra resonó en mis oídos. Después de un silencio largo, se me pidió responder al debate de si los Santos de los Últimos Días son cristianos. La pregunta no era nueva para mí, y estaba lista para contestarla.

“‘Hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo [y] predicamos de Cristo’” (2 Nefi 25:26), respondí con confianza. “Ciertamente, somos cristianos”.

Cesaron los murmullos, pero sentí que todos me miraban. Pensé que me sentiría sola; sin embargo, sentí como si el Salvador se hubiese sentado a mi lado y hubiese puesto Su mano sobre la mía. Nada más importaba, ya que me sentí llena de un gozo que fortaleció mi testimonio de Él. Había defendido mi fe.

En la clase, hablé más de por qué los Santos de los Últimos Días son cristianos. Entonces pensé en la ocasión en la que el presidente Thomas S. Monson compartió el Evangelio cuando viajaba en un autobús. A raíz de esa experiencia, él animó a los miembros a que “seamos valientes y estemos preparados para defender lo que creemos”1. Al pensar en sus palabras, me di cuenta de que había hecho lo que tenía tanto miedo de hacer.

No sé si las cosas que dije cambiaron la opinión de alguien acerca de la Iglesia, pero no tenemos que tener miedo de defender y compartir el Evangelio, dondequiera que estemos. Aun cuando no bendigamos a nadie más, siempre fortaleceremos nuestro testimonio y nuestra relación con nuestro Padre Celestial.

    Nota

  1.   1.

    Thomas S. Monson, “Atrévete a lo correcto aunque solo estés”, Liahona, noviembre de 2011, pág. 67.