Necesita amor

Jay McFarland

Jay Mcfarland, Utah, EE.UU.


Yo no era una adolescente muy extraordinaria y dedicaba muy poco tiempo a prestar servicio a los demás. Durante esa época, mi madre me invitó a visitar con ella a una tía abuela en una residencia de ancianos.

Mi prima y su hija Stephanie nos acompañaron; Stephanie tendría entonces unos siete u ocho años. Cuando entramos en la residencia, ella saludaba a todos los que veía y a ellos se les iluminaba el rostro, como si les estuviera repartiendo rayos de sol y el arcoíris. Yo, por otra parte, evitaba mirarlos a los ojos.

Cuando entramos a la habitación que mi tía abuela compartía con otra anciana, hice todo lo posible por pasar desapercibida. Stephanie, en cambio, saltó a la cama de mi tía y comenzó a contarle historias.

Noté algo en cuanto a la habitación. En el lado de mi tía había indicios de amor y de familia: en la pared había fotografías y dibujos hechos en crayola, y en la mesa de luz había flores. Del otro lado, el cuarto estaba vacío, sin nada. No había señales de visitas, ni tarjetas ni fotografías en la pared.

La compañera de cuarto de mi tía estaba sentada sola en una silla de ruedas y no nos prestaba atención; tarareaba bajito una canción y daba golpecitos sobre el apoyabrazos de la silla, lo cual me hacía sentir incómoda.

Stephanie tiró del brazo de su madre y le preguntó: “Mamá, ¿qué le pasa a esa señora?”. La mamá de Stephanie se agachó y le dijo al oído: “Necesita amor”. Lo que sucedió después me tomó por sorpresa.

Sin pensarlo dos veces, Stephanie corrió y saltó al regazo de la señora. Comenzó a relatarle historias y a hacerle toda clase de preguntas. La mujer no contestó, pero las lágrimas comenzaron a correrle por el rostro y abrazó a Stephanie. Por unos minutos, Stephanie permaneció en su regazo, acariciándole el cabello y dándole besos en la mejilla.

Nunca antes había visto esa clase de amor tan espontáneo y traté de contener las lágrimas. Más tarde, al alejarnos de la residencia de ancianos, me maravillé de la forma en que Stephanie podía ser tan caritativa y tan llena de amor y compasión con una persona completamente extraña.

Con el tiempo, cambié mi vida y presté servicio como misionera de tiempo completo. Mientras prestaba servicio, Stephanie me escribió lindas cartas con dibujos, como los que había en el cuarto de mi tía en la residencia de ancianos.

Antes de regresar a casa, recibí la devastadora noticia de que una enfermedad terminal había reclamado la vida de Stephanie. Todavía lloro al pensar que su vida concluyó tan rápido, pero recuerdo con gratitud su ejemplo. Ella me enseñó lo que es el verdadero servicio.

No debemos nunca preguntarnos cómo servir ni si debemos hacerlo. Si nuestro corazón está centrado en lo correcto, entonces el servicio será parte de quienes somos, no sólo de lo que hacemos.