Hablamos de Cristo

La carga se había quitado

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Después de haber sido víctima de abuso sexual cuando era pequeña, batallé por muchos años antes de decidir decírselo a alguien.

Hace poco, participé de una lección de la Sociedad de Socorro donde una hermana leyó una cita tocante a los efectos del abuso físico y sexual de los niños. Lo primero que pensé fue: “¡Qué triste!”; entonces, el Espíritu llenó mi alma y me testificó del milagro de la expiación del Salvador. Yo había sido víctima de abuso sexual a una edad muy temprana, y durante esa lección de la Sociedad de Socorro me di cuenta de que ya no sentía dolor ni temor relacionados con algo que me había consumido y atemorizado por años. Fue un milagro; de lo más profundo de mi corazón le di gracias al Salvador por sanarme.

De niña, tuve dificultades y sentí vergüenza por muchos años antes de decidir contarle a alguien que había sido objeto de abuso. Cuando tenía trece años, sentí la impresión de que ya era tiempo de hablar sobre ello. Después de una actividad de servicio de la Mutual, hablé con una líder de confianza; ella me habló con ternura y esa misma noche me llevó a ver al obispo. Me tranquilicé al ver la tierna expresión del semblante del obispo cuando me invitó a pasar a su oficina. Recuerdo que, mientras me escuchaba, sentí que se me quitó el peso de años de mantener secretos; y recuerdo sus lágrimas sinceras al oír mi historia. Sentí el amor de mi Padre Celestial, y sentí la tranquilidad de que el abuso no había sido culpa mía y de que todavía era pura y virtuosa. Ése fue el comienzo del camino hacia la sanación, un sendero que continuaría por muchos años.

No hubo un solo momento de sanación; fue un proceso de paz, entendimiento y respuestas que recibí a medida que estudiaba las Escrituras, oraba diariamente y llegaba a conocer mejor a Jesucristo. Al estudiar la vida del Salvador, sentí que mi amor por Él aumentaba; el Espíritu me testificó acerca de algunas verdades, entre ellas, mi propia valía como hija de Dios. Al entregar mi corazón al Señor, obedecer Sus mandamientos y procurar hacer Su voluntad, sentí consuelo y paz; a medida que llegué a conocerlo a Él, empecé a conocerme a mí misma. Con el tiempo, mi pasado ya no me hacía daño, la carga se había quitado, el Salvador me había sanado.

Ahora tengo una familia eterna con un esposo maravilloso y tres hermosas hijas. Tengo la bendición de trabajar con jóvenes y de testificar que la expiación de Jesucristo nos puede sanar del pecado, del dolor físico y de un corazón quebrantado. Lo sé por la misericordia que se me brindó, porque fui “[envuelta] entre los brazos de su amor” (2 Nefi 1:15).