Hasta la próxima

Esperar en el vestíbulo

Por Lori Fuller

Revistas de la Iglesia

Escuchar Descargar Imprimir Compartir

Me sentí decepcionada cuando tuve que esperar en el vestíbulo y afuera del templo debido a algunos errores administrativos.

Una tarde, llevé a tres de mis hermanos menores al templo para efectuar bautismos. Cuando el obrero del templo miró nuestras recomendaciones, descubrió que a la de mi hermana le faltaba la firma del obispo. Comencé a llenar un formulario para entregarlo al registrador del templo, quien llamaría al obispo. Entonces el obrero del templo revisó la recomendación de mi hermano y descubrió que no se había activado. En vista de que tenía la pluma en la mano, tomé el formulario que nos dieron y comencé a llenarlo también.

Sabía que mi hermano y mi hermana no podían entrar si había errores en sus recomendaciones, pero me sentía responsable de ellos, y hasta que los ayudara a solucionar los errores, yo tampoco podía entrar. Me sentí frustrada de que no me dejaran entrar. Salimos del baptisterio y subimos a la entrada del templo para explicar nuestra situación en el mostrador. El registrador del templo dijo que podría solucionar el problema en tan sólo unos minutos, de modo que los cuatro nos sentamos a esperar en el vestíbulo.

Al estar sentada allí, mi frustración se convirtió en desánimo. Teníamos que quedarnos afuera por culpa de errores tan sencillos, pero eran los que hacían la diferencia entre esperar en el vestíbulo y entrar en la casa del Señor. Había sido un día difícil y esperaba que el templo me ayudara a sentir paz. Los errores no eran mi culpa, pero a medida que la espera se alargaba, estaba a punto de ponerme a llorar. Estaba intentando ser buena al ir al templo y dar a mis hermanos menores un buen ejemplo de asistir al templo; entonces ¿por qué se nos mantenía afuera cuando quería tanto estar adentro?

En ese momento me di cuenta de algo: Si me sentía desanimada por tener que quedarme afuera del templo por unos errores administrativos, ¿cuán decepcionada me sentiría si tuviera que permanecer afuera a causa de mis propios errores, por no ser digna de entrar en el templo? Al pensar en ello, de pronto sentí calma. Sentí que había aprendido la lección que Dios quería que aprendiera. Le prometí que siempre trataría de ser digna de entrar en el templo. Prometí que nunca tendría que permanecer fuera de la casa del Señor por mis propios errores; nunca querría que mis acciones me mantuvieran simplemente en el vestíbulo.

Más tarde esa noche, tuve una cita con mi obispo para renovar mi recomendación del templo. Antes de ir, me cercioré de que no hubiera algún error en mí misma que no me permitiera entrar al templo. Cuando el obispo preguntó si era digna de entrar en la casa del Señor, estuve muy agradecida de poder decir que sí.