Invitar para tener éxito

Por Richard M. Romney

Revistas de la Iglesia

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Si simplemente preguntas a los demás si están interesados en el Evangelio, puedes contribuir a apresurar la obra de salvación.

Compartir el Evangelio es muchas veces tan sencillo como extender una invitación, hacer una pregunta, o participar en una conversación. Al preparar nuestro corazón para compartir el Evangelio, el Señor nos dirigirá hacia aquellos que estén listos para oírlo.

“[El Señor] ha preparado los medios para que compartamos el Evangelio de muchas maneras, y Él nos ayudará en nuestros esfuerzos si actuamos con fe para llevar a cabo Su obra”, dijo el presidente Thomas S. Monson en la Conferencia General de octubre de 20131. A continuación aparecen varios ejemplos.

Devuelve la bicicleta

Cuando Nick Barton y su esposa, Morgan, se trasladaron a Arizona, EE. UU., donde él asistiría a la facultad de leyes, empezaron a orar para tener oportunidades misionales. “Le pedimos a nuestro Padre Celestial que nos ayudara a ser más sensibles a las impresiones del Espíritu Santo y a tener el valor suficiente para ponernos en acción”, afirma Nick.

Un sábado, Morgan necesitaba el automóvil para ir al trabajo, de modo que Nick se fue en bicicleta a la universidad; no obstante, cuando llegó el momento de regresar a casa, la bicicleta había desaparecido.

“Las bicicletas robadas eran algo tan común que la policía preguntó si había algo que sirviera para identificarla. Recordé que Morgan había pegado una etiqueta en el manubrio que decía: ‘Te amo’”.

Nick volvió a orar. “Supliqué que pudiese aprender algo de aquella situación”, dice. Entonces se subió al tren para acercarse lo más posible a casa antes de llamar a su esposa para que fuera a recogerlo.

“En la parada siguiente, vi que se subió al tren un hombre fornido que llevaba una gorra de béisbol al revés ¡y que llevaba mi bicicleta! Sobre el manubrio vi la etiqueta que decía ‘Te amo’, de modo que sabía que era la mía”, dijo Nick, quien le dio al hombre un golpecito en el hombro.

“Le dije: ‘Disculpe, ¿le molestaría decirme dónde consiguió esa bicicleta?’. Respondió: ‘En una venta de garaje en una calle’”. Nick le explicó que le habían robado su bicicleta. El joven contestó que él no era un ladrón y que Nick podría quedarse con la bicicleta.

“Le di las gracias y le dije que la policía se pondría en contacto con él a fin de que investigaran la ‘venta de garaje’”, afirma Nick. “Me dijo que se llamaba Harley y me dio su número de teléfono. Le dije que compartiría el costo de lo que había pagado, ya que a ambos se nos había tratado injustamente, y me bajé del tren, contento por haber recuperado mi bicicleta”.

Pero eso fue sólo el principio.

“Por curiosidad, llamé a Harley a la mañana siguiente; dijo que la policía estaba haciendo sus averiguaciones. Entonces preguntó si a mi esposa y a mí nos gustaría hacer algo más tarde ese día. Me di cuenta de que estaba tratando de entablar amistad.

“Como era domingo, le dije que iríamos a la Iglesia, pero que nos encantaría reunirnos con él en otra ocasión. Al colgar el teléfono, se me ocurrió que ésa era claramente una oportunidad misional. Volví a llamarlo y le pregunté si estaría interesado en acompañarnos a la Iglesia. ¡Estuvo de acuerdo! Asistió a todas las reuniones y después me hizo saber que sintió que los oradores y los maestros se dirigían directamente a él.

“Harley tenía familiares en el extranjero y se mudó poco después de que nos conocimos”, dice Nick. “Pero llegó a ser nuestro amigo, obtuvo respeto por la Iglesia, y recibió la seguridad de que su Padre Celestial está al tanto de él”.

Habla con el farmacéutico

“Un día, después de escuchar un mensaje de la conferencia, tuve la impresión de que necesitaba hablarle al farmacéutico de la tienda”, dice Hannah Rawhouser, también de Arizona. “Una voz interior me dijo: ‘Es una buena persona; necesitas invitarlo a una actividad de la Iglesia’”.

La próxima vez que Hannah pasó en auto por la ventanilla de la farmacia, lo buscó, pero él no estaba allí; no obstante, la impresión siguió presente.

“Unas semanas más tarde, volví a pasar por la ventanilla, y allí estaba. Sabiendo que mi tiempo sería muy breve, fui directamente al grano. ‘¿Asistes a alguna iglesia?’, pregunté. Él hizo una pausa, sorprendido, y entonces dijo que sí. Le alcancé mi tarjeta de presentación, diciéndole que me llamara algún día, y me fui. ‘Bueno, hice mi parte’, pensé, ‘ahora ya no tendré más sentimientos insistentes’”.

Para su sorpresa, él llamó al día siguiente y se presentó como Greg Eiselin. “Más tarde me dijo que, ya que ambos éramos jóvenes y solteros, pensaba que yo le estaba pidiendo que saliéramos juntos”, dice ella. “Pero terminamos hablando sobre religión durante tres horas, y él empezó a aprender acerca de la Iglesia”. Actualmente el élder Eiselin está sirviendo en una misión de tiempo completo en Montana, EE. UU.

Pregúntale al operador de los ascensores

Robert G. Ellis Jr., de 26 años de edad, trabajaba como oficial de policía en el edificio de oficinas del Senado, en Washington, D.C., EE. UU.

“Pasaba mucho tiempo pensando en lo que había aprendido acerca de Jesús”, recuerda él. “Mi padre y mi madre no asistían a ninguna iglesia, pero habían permitido que yo lo hiciera, y había disfrutado al asistir a más de una docena de confesiones religiosas”. Era un joven adulto recién casado y sentía que debía bautizarse, pero, ¿en qué iglesia?

“Me sentía afligido en espíritu; deseaba encontrar una iglesia que fuese fiel a las enseñanzas de Cristo. La gente decía que todas las iglesias eran la iglesia del Señor, pero no vacilaban en afirmar que otra religión estuviera en error. Oré: ‘Quiero ser bautizado, pero no sé a qué iglesia unirme’”.

Teniendo presente que Jesucristo dijo: “Pedid, y se os dará”, (Mateo 7:7), Robert siguió implorando. Un día, cuando estaba en el trabajo, se volvió a sentir perturbado, y los ojos se le llenaron de lágrimas.

“Me sentí atemorizado y no sabía si mis pensamientos eran correctos o incorrectos. Entonces me embargó un sentimiento de paz. Sin darme totalmente cuenta de la razón por la que estaba haciéndolo, me dirigí hacia el operador de un ascensor y le pregunté: ‘¿A qué iglesia pertenece usted?’”.

El operador era Norman Maxfield, un ex misionero que asistía a la Universidad de Georgetown.

“Apartó la vista de unos libros; pude darme cuenta de que estaba sorprendido; dijo: ‘Soy mormón, ¿por qué?’.

“Le dije: ‘Quiero ser bautizado, pero no sé a qué iglesia unirme’.

“Preguntó: ‘¿En qué cree?’.

“‘En Jesucristo’, fue la respuesta que di con orgullo.

“Me preguntó: ‘¿Puedo hablarle de mi Iglesia, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días?’. Cuando me dijo que la Iglesia de Cristo se había restaurado en la tierra, supe que mis oraciones habían sido contestadas. Lo que sentía en mi interior era maravilloso”.

Eso ocurrió en 1977. Actualmente el hermano y la hermana Ellis son miembros de la Iglesia en Virginia, EE. UU.

Confía en el Señor

El élder Dallin H. Oaks, del Quórum de los Doce Apóstoles, dijo que “Cuando seamos ‘testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas’ (Mosíah 18:9), el Señor abrirá nuevas vías para que encontremos y hablemos de forma apropiada con los que estén investigando. Esto sucederá cuando busquemos dirección y seamos motivados por un amor sincero y cristiano por los demás”2.

Nick, Hannah, Greg, Robert y Norman estarían todos de acuerdo de que lo que dijo es verdad.

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Notas

  1. 1.

    Thomas S. Monson, “Bienvenidos a la conferencia”, Liahona, noviembre de 2013, pág. 4.

  2. 2.

    Dallin H. Oaks, “Compartir el Evangelio”, Liahona, enero de 2002, pág. 9.

  3. 3.

    Russell M. Nelson, “¡Pregúntenles a los misioneros; ellos pueden ayudarlos!”, Liahona, noviembre de 2012, págs. 18–21.